sábado, 25 de febrero de 2023

Gente de bien


Gente de bien

Al calor de la nueva taxonomía social recientemente explicitada, me he comprado un geolocalizador muy especial: localiza sin margen de error a la gente de mal. Si dicen que hay gente de bien, por la misma razón debe haber gente de mal y no están los tiempos como para arrimarse a cualquiera. Yo voy por la calle, lo activo y, en cuanto me acerco a gente de dudosa reputación, comienza a pitar o a vibrar para advertirme de su presencia. Imagino que los programadores del invento habrán catalogado a todo quisque según un baremo objetivamente consensuado a partir de algún algoritmo basado en inteligencia artificial usando el big data como base.

Pues pensé que el invento me iba a solucionar la vida y evitar codearme con gente no recomendable y ser así más feliz, pero lo que no esperaba era terminar recluido en casa como al final ha ocurrido. Resulta que por todos lados por donde pasaba, el cacharrito se volvía loco pitando advirtiéndome de la mala yerba. Si entraba a desayunar en un bar y se acercaba el camarero a atenderme, pitidos, y ya no me tomaba el café pensando en lo mal que me iba a sentar un desayuno servido por un malaje. Lo mismo me ocurrió en el cine, de donde tuve que salirme ante la continua vibración del aparato avisándome de la presencia de rufianes a mi alrededor: ¿y si aprovechaban la oscuridad de la sala para hacerme daño? De la carnicería, de la pescadería y hasta del supermercado el aparato me ha alejado, pues no quiero que delincuentes me vendan nada. Al "chino" del barrio tampoco voy ya: yo sospechaba que, al ser inmigrantes, no eran de fiar, pero el aparatito me lo ha confirmado. Y así, poco a poco, me he ido aislando en casa del mal, porque yo me considero una persona de bien que no quiere cuentas con Satanás.

¿Y mis amigos? Yo que pensaba estar rodeado de la flor y nata de mi ciudad, todos ellos gente decente, y nada, el dichoso aparato enseguida los ha desenmascarado: todos, sin excepción, están en el lado malo de la historia. Desde que lo sé, les he puesto un montón de excusas para no quedar con ellos. Tampoco me atrevo a decirles abiertamente mi descubrimiento y soltarles a bocajarro que no tienen la más mínima catadura moral. Como he dicho antes, me considero gente de bien, y no tengo por qué juzgar a nadie, aunque sepa de sobra que no andan por el lado correcto.

Tanto me he aislado, que mis amigos, esos que ya sé que son gente de mal, se han empezado a preocupar por mí al ver que no salgo de casa, que he roto con mi rutina diaria y que no quiero saber nada de ellos; y a pesar de ser mala gente, han acudido a mi casa a hablar conmigo. Al principio no quería abrirles la puerta, pero han amenazado con echarla abajo si no les abría, así que, armándome de valor, los he dejado pasar y les he dicho a la cara lo que ocurre. Y todo ello con los pitidos del geolocalizador sonando de fondo, a los cuales no he hecho ni caso, haciendo un esfuerzo ímprobo de superación personal.

Uno de mis amigos se ha echado a reír de repente ante mi sorpresa y, antes de que pudiera evitarlo, me ha cogido el geolocalizador, ha pulsado un botón y el dichoso aparato ha dejado de pitar. Y ante mi sorpresa me ha dicho:

-Lo tenías puesto en modo de detección de "Gente de bien". Yo también tenía uno y me pasaba lo mismo, pero me di cuenta enseguida. Además, esto es una chorrada: ¿Quién es el aparato o quien esté detrás del aparato para decidir quién es bueno o malo? Anda, vamos a tomarnos un vino, hombre. 

Mi amigo me ha hecho ver mi estupidez, así que he dejado de usar el geolocalizador, aunque ahora sí que esté en el modo de localizar a gente indeseable.  No quiero depender de esta maquinita para catalogar a las personas en buenas o malas, especialmente ahora, que observo que,  cuando estoy a solas en mi casa sin nadie alrededor, el aparato no para de pitar.

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