miércoles, 15 de abril de 2020

Julio no es mes para escolares


Con las cortinas recién terminadas bajo un brazo, con cuya mano agarra la bolsa donde lleva un ventilador, y una nevera pequeña con varias botellas de agua congelada en la otra, el monitor se dirige al colegio donde da clases de recuperación COVID-19, como las llaman entre los que las imparten. Hoy se le ha olvidado el sombrero; seguro que lo echa de menos a la hora del recreo y, sobre todo, de vuelta a casa. Las cortinas son para su clase, pues da mucho el sol y algunos niños se le han mareado en días anteriores. Con ellas ha calculado que rebajará un par de grados los 36 que marcaba ayer el termómetro de la pared. Hoy hay menos niños en la puerta. Alguno viene ya con la camiseta en la mano porque el bochorno nocturno sigue en el ambiente. El monitor saluda sin mucho afán. Viene sudando y son las nueve de la mañana.
Deja las cosas en el suelo y abre la puerta del colegio con desgana.  Mientras los niños pasan a su lado, observa que todos han traído las chanclas de goma que les pidió ayer. Hoy se van a remojar un buen rato con la manguera en el patio. Qué demonios de Lengua ni de Matemáticas: lo que piden los cuerpos es ponerse a remojo. Así que, decidido, hasta las diez y media lidiarán con las asignaturas y, luego, al agua, patos.
Hasta las doce y media, que subirán fresquitos al horno en que se habrá convertido la clase para esa hora. En ella fabricarán el abanico de papel de todos los días, para, cuando el calor de la clase sea irrespirable, bajar al comedor a abanicarse antes y durante la comida. El abanico también vale para enfriar la sopa o las lentejas que sirve el catering de vez en cuando, sin contemplaciones.
La siesta será soporífera, si es que se consigue dormir.
Hoy vendrá el periódico al colegio, a entrevistarlos, y mañana podrán leer y analizar en clase lo bien que están funcionando y lo mucho que están aprendiendo los niños en estas clases de recuperación COVID-19 durante el mes de julio. El monitor se morderá la lengua para no perder su trabajo, pues lleva cuatro meses sin cobrar un euro. Pero en su interior pensará que preferiría tener el virus a estar dando clase en en este infierno. Al menos estaría fresquito en el hospital.

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