domingo, 31 de mayo de 2020

Antilíderes



¿Quién dijo que ser líder era fácil? Yo creo que nunca lo fue. Si le pudiésemos preguntar a Jesucristo, ya veríamos a ver qué opinaba al respecto. Además de conocimientos, ideas, empatía social y dotes para convencer a los demás de esas ideas, se necesita, a mi juicio, una tremenda fuerza personal de la que no todos disponemos. El ser capaz de echarse a la espalda la crítica furibunda, el odio, los ataques personales y familiares, las zancadillas, el insulto, etc., etc., no debe ser fácil. Hay que tener unas buenas espaldas para ello.

Por otra parte, también está el público al que quieras liderar. No es lo mismo liderar a un grupo social poco formado, al que puedes domeñar con un grácil discurso basado en una palabrería superior a la media de tus seguidores, que intentar convencer a una sociedad formada y leída, con ideas propias, librepensadora.

Tampoco es lo mismo liderar en tiempos de crisis que en tiempos de bonanza. En los primeros, es más fácil convencer al enfadado con la situación -necesitado incluso de los recursos más básicos-  diciéndole lo que precisamente quiere escuchar, aunque sea un disparate lo dicho. En tiempos de bonanza, la gente exige menos porque tiene la barriga -y la cuenta corriente- llena y no necesita de líderes para que se la llenen.

Y es esta confluencia de falta de formación y crisis socioeconómica la que crea un caldo de cultivo ideal para que surjan determinados líderes mundiales cuyo auge sería difícil en otro tipo de situaciones.

En relación con la formación, y después de haber conseguido a lo largo del pasado siglo XX un aumento considerable de la tasa de alfabetización a nivel mundial, creo que hay que replantearse una nueva realfabetización que vaya más allá de saber leer y escribir. Porque saber leer y escribir ya sabemos, pero ¿sabemos entender lo que leemos y escuchamos?; ¿sabemos realizar un análisis más o menos crítico de lo leído o escuchado? Ahí está la clave de la formación.

Los tiempos, desde luego, no son buenos. La inmediatez, el cada vez menos esfuerzo -tanto físico como mental- que nos exigen los adelantos tecnológicos, el bajo umbral de frustración que demostramos y la escasa paciencia instalada en las personas a consecuencia de un mundo que va demasiado rápido no son buenos aliados para intentar inocular en la sociedad la semilla de una formación basada en el análisis y la reflexión. A lo mejor es que ni interesa siquiera.

Y esta falta general de capacidad de análisis  y una coyuntura social en crisis en muchos aspectos, han propiciado la aparición de lo que yo llamo "antilíderes". Personajillos de tres al cuarto, fanfarrones, caraduras, parlanchines y embusteros que han aflorado vociferando lo que la gente quiere escuchar, como decía antes. La cuenta corriente vacía nos nubla el pensamiento y abrazamos el populismo vocinglero como nuestra nueva religión. Y ahí los tenemos, dirigiendo o aspirando a dirigir los designios de nuestros países, ufanos, sonrientes, diciendo la primera chorrada que se les ocurre, aplaudida ipso facto por la plebe, cuyos aplausos y votos los retroalimentan cada día más, lo cual los anima a seguir berreando las mayores tonterías jamás oídas. Y el problema no es lo que dicen, sino lo que hacen. Y ahora ponte tú a razonar con el personal que lo que les están diciendo es una solemne barbaridad.

El asunto no tendría mayor trascendencia si no fuera porque las decisiones de estos tipos están haciendo o harán a medio plazo sufrir a mucha gente, seguidores incluidos, que a ver cómo justifican a posteriori su aplauso y su voto. Ellos sabrán.

A mí, las patochadas de estos "antilíderes" me recuerdan a aquel chiste en el que le preguntaban a un señor por qué se tocaba sus partes íntimas cuando se le preguntaba la hora, a lo que él, con cierto desparpajo, respondía que, como no tenía reloj, decía lo que le salía de... Pues eso.

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