domingo, 3 de mayo de 2020

La alegría de vivir




La eclosión de la primavera nos ha pillado confinados este año y no nos habíamos percatado de ella hasta ayer mismo, que hemos salido de estampida a la calle, donde hemos encontrado, esperándonos, los nuevos tallos, tiernos aún, de la arboleda de parques y jardines. El colorido de rosas y demás flores de temporada nos ha aplaudido a nuestro paso, embriagándonos con su fragancia. Jardines, parterres y arriates se esmeraban en presentar sus mejores galas para dar la bienvenida a nuestro regreso. Hasta el césped, mustio y amarillento otros años por esta época, aún conservaba la humedad de las últimas lluvias y nos ofrecía su alfrombrada y apetecible vista. 

Cuando la rutina nos aplasta y la vida sigue su curso repetitivo año tras año, la llegada de la primavera pasa la mayoría de las veces desapercibida. Pero cuando esa misma vida se para durante casi dos meses y, de forma repentina, nos enfrentamos a ella, sabemos saborearla de otra manera, haciéndola significativa, apreciándola en todo su esplendor. Este año, la primavera ha venido en mayo porque, como diría Sabina, alguien nos robó el mes de abril.

Personas que corren o caminan, que montan en bici, que escuchan música, que consultan sus móviles, que sudan... se cruzan en nuestro camino. Y de pronto nos paramos a observarlas como nunca antes lo habíamos hecho, como si nunca hubieran existido a nuestra vista aunque siempre estuvieran ahí. Y una leve sonrisa se nos escapa, un brillo repentino ilumina nuestros ojos: hemos vuelto a la calle, aunque sea durante un breve lapso de tiempo, y el mundo estaba ahí, no se había ido. Y hemos vuelto a sentir la alegría de vivir.

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