jueves, 7 de mayo de 2020

La belleza de los guapos



Si mi abuela hubiese vivido esta crisis del coronavirus, las primeras expresiones que habrían salido de su boca hubiesen sido: ¡Es chica la que nos ha caído! ¡A ver quién es ahora el guapo que arregla esto: cualquierina! Pero, de estar viva, se tendría que haber mordido la lengua, a tenor de los numerosos guapos y guapas que cada día opinamos acerca de lo mal que lo están haciendo otros y lo fácil que sería que hicieran esto, aquello y lo de más allá. 

Si ya había visto yo por la calle mucha belleza de esta, pero hasta ahora no me había fijado en que éramos millones los que aspirábamos a Miss y Mr. España. Vamos, que suelta mi abuela sus frases lapidarias en cualquiera de las ahora concurridas plazas de este país y le salen candidatos hasta por debajo del alquitrán -porque las calles ahora ya no son de piedra-.

Y, además, son guapos y guapas con vocación de continuidad: sueltan el latigazo, lanzan lo suyo y esconden la cara, no vaya a ser que se la partan y así perder su inmaculada belleza. "¡Así cualquiera!" -les espetaría mi abuela- "Así lo hago yo también". 

La mayoría de las veces, las propuestas de los guapos y las guapas sobre un asunto no guardan coherencia alguna con las críticas que acaban de lanzar contra ese mismo o parecido tema. Puedo poner un ejemplo tan sencillo como fácil de entender para explicar esto: la prórroga del estado de alarma y su influencia en el regreso del alumnado a las aulas. 

He oído a multitud de compañeros-as de profesión despotricar sobre la prórroga del estado de alarma: que es una dictadura, que no hay derecho, que para qué otra prórroga, que es un recorte de libertades... Yo no sé qué opinar al respecto: por un lado me fastidia continuar con la movilidad restringida, pero por otro lado me parece que hay que seguir observando una serie de medidas de seguridad para no volver a las andadas. Evidentemente, si no se prorroga el estado de alarma, todo el mundo volvería a llevar la vida que llevaba con anterioridad al mismo, incluida la vuelta al trabajo, pues ya no habría amparo legislativo para justificar nuestro confinamiento en casa ni, mucho menos, el de los niños.

Pero hete aquí que esos mismos que critican la prórroga también critican que los niños tengan que volver a clase -y ellos al trabajo- antes del verano por temor a un contagio, tildando el asunto de una auténtica barbaridad. ¿Entonces en qué quedamos? ¿Queremos o no queremos el estado de alarma? ¿Queremos o no queremos volver al trabajo? ¿Queremos seguir cobrando o...? -bueno, esta segunda opción no la escribo porque es obvia su respuesta. Porque -y volviendo a mi abuela- en misa y repicando no se puede estar.

Y es que los guapos y guapas se creen muy listos, pero a veces tienen estos pequeños despistes que, no sé cómo decirlo, hacen que sus subconscientes los traicionen. 

Y ya me estoy imaginando a mi abuela apretándote los dos cachetes con una sola mano, haciendo pinza con el pulgar y el índice y soltándote aquello de "si es que estarías más guapo con la boquita cerrá".

¡Es chica! ¡Cualquierina nos gobierna!




2 comentarios:

  1. Claroooo es la libertad de expresión de barbaridades y hay que encajarlas con mucho temple, además.
    Buen escrito y mejor reflexión, cómo siempre.

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