La cosa está que arde. Nunca viví un frenesí igual desde aquel curso en que alguien decidió quitarnos el conserje y tuvimos que estar abriendo y cerrando puertas, cogiendo el teléfono a todas horas y atendiendo a todo y a todos sin descanso. Y ahora que ya nos habían repuesto el conserje y comenzábamos a respirar un poco, nos cae esto del coronavirus. Mala suerte la nuestra. El día termina igual que empieza: con la sensación de que no has parado en toda la mañana, pero que no has hecho nada de provecho. Empiezas empapando de viricida las alfombras de la entrada y terminas empapado en sudor después de una jornada intensa, pasando por haber tenido que reponer los dispensadores de jabón que continuamente se vacían, los dispensadores de gel hidroalcohólico que han ido por el mismo camino, así como los sprays desinfectantes para mesas y sillas. Entre medias has tenido que llevar a un niño o niña a la sala de aislamiento porque tenía fiebre y te has quedado con él o ella hasta que sus padres han venido a por la criatura. También habrás contestado a multitud de mensajes por Rayuela -se han multiplicado por diez desde que empezó la pandemia-, te habrás reunido con la orientadora del centro, con la jefa de estudios y habrás respondido a 25 llamadas por teléfono como mínimo. También habrás tramitado las ayudas del M.E.C., entregado el penúltimo lote de libros de becas a una familia que acaba de regresar de vacaciones y habrás tramitado la baja de una compañera que se tiene que operar. Habrás aguantado las quejas de algún compañero por los horarios tan pésimos que hemos confeccionado este año, las de las compañeras que reclaman mascarillas FFP2, las de las madres que dicen que ellas mismas se arremolinan en las entradas del colegio y que algo habrá que hacer para evitarlo y un largo etcétera más de reclamaciones y menudencias. Lo mismo ha venido el operario de mantenimiento y has tenido que explicarle lo que hay que reparar o has tenido que llevar la mochila de un niño cuya madre se quedó con ella en la mano charlando en la puerta del colegio tranquilamente o entregar una merienda porque el padre se olvidó de prepararla por la mañana temprano y la trae a la hora del recreo. Igual has tenido que recibir y colocar los paquetes del último pedido hecho o has tenido que escribir un correo a tu inspector interesándote por cómo vamos a organizar las AA.FF.CC. Todo eso y mucho más. Y cuando llega la hora de irse a casa no te vas contento, porque no has hecho nada pedagógico ni relacionado exactamente con la labor educativa por la que se supone que te pagan. Pero aquí no ha terminado todo. Porque por la tarde la cosa continúa. Igual tenemos un "meet" para coordinar si mandamos o no tareas para casa o si los libros van y vienen o qué sé yo. O te pones delante de ese geolocalizador -siempre estás o en casa o en el colegio cuando lo usas: estás, por tanto, localizado- que se llama Rayuela y actualizas datos de profesores, secciones bilingües y demás proyectos del centro. Y cuando tu mujer te dice que ya está bien, que es hora de cenar, recibes un mensaje comunicándote un positivo y ya no cenas, sino que te dedicas a informar a las autoridades sanitarias rellenando un anexo de notificación y te sientas a esperar respuesta, que a lo mejor ya no llega esa tarde-noche y entonces llamas a tu inspector y le preguntas que qué hacemos, que si confinamos la clase o qué. Y él te dice que sí y tú vuelves al geolocalizador y escribes a las familias afectadas comunicándole la nueva mala. Y sigues esperando, porque has dado el número de tu móvil -de tu propio móvil, porque no tenemos móvil de empresa- como responsable COVID del centro y eso ha sido tu perdición, porque tienes que tenerlo operativo por si te llaman de Salud Pública, de Educación o del mismísimo Vaticano, pero que seguro que te llaman. Y te sientes disponible; disponible y de guardia localizada, pero sin que te la paguen y sin derecho a día de asueto cuando la termines. Porque la guardia no termina cuando termina el día, sino que continúa al siguiente, cuando te vuelven a llamar para que localices a las familias del curso afectado para que les comuniques cuándo les hacen las PCRs. Y, cuando te has dado cuenta, ya es otro día y estás empapando de viricida las alfombras de la entrada. ¡Como para que alguien venga entonces a decirte que esta o aquella función no es de su competencia, que no le corresponde hacer tal y tal cosa! Y entonces te acuerdas de que no existe ni Estatuto del Docente ni Convenio Colectivo ni nada que se le parezca. Y que tus competencias como funcionario docente están tan indefinidas como difuminadas. Y, si además de funcionario docente, eres director de un centro educativo, tu competencia es camuflar la incompetencia de otros para que la escuela abra mañana como si nada hubiese pasado hoy, porque para eso estamos disponibles las veinticuatro horas del día. Así me lo ratifica, a las doce y diez de la noche, justo cuando estoy terminando este artículo, el mensaje por Rayuela de un padre que sabe que aún no me he acostado.
Así que ya saben, si necesitan a un chic@ para todo las veinticuatro horas del día, no lo busquen en los periódicos ni por Internet: llamen a cualquier centro educativo, que allí encontrarán un@; seguro que les soluciona su problema dignamente y con una sonrisa en el rostro.

Tiempos recios querido amigo, tu buen hacer, servicio y entrega a tu comunidad educativa tendra su recompensa.
ResponderEliminarAnimo y adelante con el nuevo dia
Real como la vida misma. Ahora mismo, mientras unos observan, mandan o critican. Otros se dejan la piel en el intento de supervivencia, la propia y la ajena. Malos momentos amigo.
ResponderEliminarMadre mía!
ResponderEliminarEs terrible!😔😔😔
Haced un escrito todos los directores. En algún momento tendréis que decir ¡basta! Creo que estáis dando el 200% y hacéis muchas cosas que no OS corresponden. Yo, como compañera, sé que esto que cuentas es más que cierto y en algún momento te dréis que plantaros. ¡Ánimo compañero!
ResponderEliminarY algunos te dirán en la cara "qué bien vives maestro".
ResponderEliminarNo importamos a nadie, la educación no importa y, sin embargo, seguimos solucionando a costa de nuestra Salud, de nuestra dignidad. Y no, no tendremos recompensa .
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