Se viene observando desde que pasamos a la Fase III de la pandemia que al funcionariado y al personal laboral que realiza funciones administrativas en las distintas administraciones locales, provinciales, autonómicas y estatales se les permite el teletrabajo, si no durante toda la semana, sí al menos unos cuantos días de ella. Además de teletrabajar, han recibido instrucciones concretas de sus superiores de pertrecharse en sus despachos protegidos por mamparas, atención telefónica, cita previa y demás fosos defensivos, protegidos por el segurata de turno, que no levanta el puente levadizo que da paso al interior de sus fortalezas a menos que se le diga el santo y seña de la dichosa cita previa. Todo un dechado de añagazas para proteger al sufrido funcionariado del contagio del virus, del que se puede presuponer portador a cualquier ciudadano que pretende realizar cualquier trámite administrativo.
Todo muy loable y todo con muy buenas intenciones si no fuera porque, con la excusa de la prevención y el retorcimiento funcionarial que se hace de ella, se está generando un terrible atasco administrativo que ya es vox populi en todo el país. Alguien tendrá que poner coto en algún momento a la hipocondria administrativa, pero ese alguien a lo mejor también padece de la misma y, a río revuelto, pertrechados los pescadores.
Otros, que también somos funcionarios, pero del cuerpo docente, al que por lo visto se le presupone mayor inmunidad ante el virus -como también se le presupone a los sanitarios-, no solo no disponemos ni de mamparas ni de puentes levadizos ni de citas previas, sino que nos han echado a las trincheras a cuerpo gentil, con una mascarillita de tres al cuarto como escudo protector y un "arréglatelas como puedas" por arenga: eso sí, a través de mensajería electrónica. Se nos exige presencialidad. Y allá que estamos tan contentos, recibiendo a nuestro alumnado todas las mañanas, porque entendemos que es nuestra labor y los niños y niñas no deben permanecer confinados en casa, pues además de los contenidos curriculares, una labor fundamental de la escuela es la socialización, la cual no se consigue si no es de forma presencial. Es nuestro trabajo y así lo asumimos.
Lo que ya no nos parece tan normal es que en las horas complementarias, en aquellas en las que el alumnado ya se ha marchado a casa, no se nos ofrezca por parte de la administración educativa el mismo trato que se le da al resto del funcionariado y se nos obligue a permanecer en los centros educativos pese a haber unas instrucciones claras que dicen que se intente estar el menor tiempo posible en ellos. Sabíamos hasta ahora que había diferentes clases de funcionarios; lo que no sabíamos era que había también funcionarios con clase y otros sin ella.
Analizando todo este maremágnun de incoherencias, despropósitos, vaivenes y bandazos que ha traído aparejados la pandemia, yo creo que con los docentes hay un acuerdo del CSIC con el Ministerio de Educación y con las distintas Consejerías de Educación de las Comunidades Autónomas para realizar un experimento para atajar la expansión del coronavirus: en realidad nos han echado al frente de batalla para analizar genéticamente a los más resistentes a la enfermedad, que serán los que irán quedando en pie sin padecerla por tener el sistema inmune más fuerte. Luego les harán una punción medular o algo similar que ya tendrá inventado la ciencia para inocular dicha fortaleza inmunitaria al resto de pertrechados, para que puedan bajar sus puentes levadizos y poner un cartelón en la puerta que rece "Sin cita previa". Y ese será el final de la pandemia porque en toda la administración se habrá garantizado la presencialidad. Al tiempo.

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