Sepan ustedes que, aunque no se cuenta en el libro, Lázaro de Tormes tuvo otro amo además de los que en él se dicen. En realidad, antes de asentarse con el ciego, Lázaro estuvo acomodado con un adivino, quiromante y vidente, que de todo ello ejercía un poco, y del que el autor anónimo del libro no quiso reflejar su existencia por temor a la Inquisición, que no permitía ni nombrar a tales personajes. Sabemos, además, que Lázaro por aquellos entonces era un rapaz de corta edad, que no entendía ni un pimiento de las largas disertaciones de su amo, que machaconamente le repetía la misma letanía cuando, por la noche, se sentaban frente a la lumbre de su improvisado campamento:
"Has de saber, amigo Lázaro, que los pícaros y pillos que nos rodean son numerosos, pero no mayoría; que la buena gente abunda y se encuentra por doquier. Lo que ocurre es que las tropelías de los primeros son admitidas por las buenas gentes como parte del guion social, sin fustigamientos, con una media sonrisa de cierta envidia, porque en realidad todos aspiramos a ser pícaros si con ello nos ganamos la admiración del resto. Porque el pícaro muchas veces es pícaro más por hacerse notar que por necesidad. El problema, amigo Lázaro, surge cuando la picaresca se instala en el poder. Porque has de saber que el pillo es sobrellevable cuando sus correrías se quedan en el ámbito de los bajos fondos. Cuando el pillo consigue acceso al poder, el asunto puede adquirir tintes preocupantes, pues se convierte en un mal modelo a seguir por sus subordinados, que observarán con desconcierto los desmanes del pícaro, sin saber si oponerse a los mismos -que no lo harán- o mirar de soslayo ante ellos por temor a represalias. Es entonces cuando la ética se desdibuja y el mal ejemplo campa a sus anchas, contagiando a la gente a la velocidad de la peste.
Y hablando de la peste. Mis dotes adivinatorias, que muchas veces se muestran en sueños, me hacen predecir una pandemia de alcance mundial allá por los albores del siglo XXI, ocasionada por un bichito que no se podrá ver a simple vista y que generará mucha muerte y sufrimiento. Y entre el bichito y los pícaros que intentarán lucrarse con la crisis que llevará aparejada la pandemia, el mundo andará revuelto durante unos años. Y no se verá luz durante un tiempo al final del largo y tenebroso túnel en que se convertirá el camino de la vida. Y los gobernantes, unos darán ejemplo y otros no. Y todos se echarán las culpas de la gestión del bicho ese, enfangando la vida pública sobremanera. Y, Lázaro, yo te digo que la solución a ello pasará por expulsar a los pícaros de la gobernanza y evitar aplaudir sus despropósitos. La cuestión no es baladí, pues el gran dilema es decidir cómo y, sobre todo, ponerse de acuerdo en quiénes son los pícaros, que para todo habrá controversia.
Y bueno, Lázaro, que nosotros seamos pícaros para poder comer y malvivir, entiéndase, pero que se recurra a la pillería por querer acaparar cada vez más riquezas o hacerse notar, eso yo no lo apruebo. Y mucho menos si uno es responsable público de una comunidad de gentes. Y yo te digo, Lázaro... "
Pero Lázaro ya no escuchaba, sumido como estaba en un profundo sueño, en el que pergeñaba la pillería del día siguiente para conseguir un bocado que llevarse a la boca.
Picaresca versus códigos de honor. Por desgracia, de esto último, ya casi nada queda. Dicen que donde hay patrón, no manda marinero. Aunque los marineros eran los que más sufrían los avatares de los temporales, el código de honor prescribía que, cuando un barco estaba naufragado, el último que lo abandonaba era el capitán. Ahora los capitanes se cuelan y se vacunan antes que los marineros.
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