jueves, 7 de enero de 2021

Flirteando con el fanatismo

 





El fanatismo es lo que tiene, que no atiende a razones ni a argumentos que no sean los suyos, pues considera que su razón es la única y verdadera. No escucha, no dialoga, no empatiza... Así ha sido siempre, es y será, pues el fanatismo lleva -y seguirá- conviviendo con nosotros desde el principio de los tiempos. La alarma salta cuando su mensaje cala en un porcentaje considerable de la población y sus líderes y sus ideas son vitoreados a coro por la multitud. Cuando ello ocurre, y dependiendo de la fuerza con la que se sientan los fanáticos y de la respuesta del resto de la población a las provocaciones de aquellos, el fanatismo puede convertirse en un problema de consecuencias impredecibles y muy difícil de parar. Ejemplos cercanos en el tiempo los tenemos en la extinta Yugoslavia o en el Holocausto nazi; pero también las cruzadas y la Inquisición son puestos como ejemplos de fanatismos en su época; y cómo no reconocer el fanatismo en los atentandos terroristas en nombre de alguna religión.

Voltaire decía que “cuando el fanatismo ha gangrenado el cerebro, la enfermedad es incurable”. Y yo añadiría que puede extenderse -ahora que la estamos viviendo- como una pandemia. 

Viene todo esto al hilo de los acontecimientos vividos en el Capitolio de los Estados Unidos de América, donde numerosos fanáticos han entrado por la fuerza alentados por lo que su líder ha ido inoculándoles: odio y mentiras. Y parece eso, mentira, que hombres y mujeres hechos y derechos, que diría mi abuela, se hayan podido dejar engañar por un mastuerzo del calibre del presidente saliente de ese país hasta el punto de dar la vida por él y sus temerarias ideas. 

No aprendemos. El fanatismo es tóxico y, como de todo agente tóxico, hay que alejarse lo máximo posible, pues en cualquier momento salta la liebre y nos salpica su toxicidad. Hay que hacerle lo que hoy en día está tan en boca de todo el mundo debido a la pandemia: un cordón sanitario. Y de ello somos responsables todos, sin excepciones. Si no queremos sufrir la perversión de sus ideas hechas realidad, lo mejor es enfrentarse al fanatismo sin titubeos. Una actitud timorata, un reírle las gracias, un agachar la cabeza cual avestruz, un silencio cómplice y otras actitudes cobardes no harán sino darle alas.

En darle alas son -desgraciadamente- expertos algunos periodistas y medios de comunicación, que justifican las ideologías extremistas en sus columnas de opinión o en los platós de televisión a los que son invitados -esa es otra- por programas de gran audiencia. Flaco favor hacen a la democracia con sus memeces y su tibieza, pues mucha gente, sin pararse a hacer un análisis profundo de lo que dicen, cree a pie juntillas sus medias verdades, o sus posverdades, como malintencionada y erróneamente se denomina ahora a lo que no son más que mentiras. Otros que no hacen ningún favor a la convivencia democrática son los partidos políticos que, para obtener el poder, flirtean con otros partidos con propuestas xenófobas, supremacistas, homófobas, extremistas y radicales: no implantan el cordón sanitario y, tarde o temprano, caen en el fanatismo de los otros por querer atraer con sus mensajes al electorado que les han robado los fanáticos. Y es que los flirteos siempre fueron peligrosos en materia política, pues suelen traspasar esa delgada y difuminada línea que separa lo aceptable de lo inaceptable. 

Si se ha llegado a un gran acuerdo de tolerancia cero con el maltrato a la mujer, ¿no sería también muy conveniente llegar a otro de tolerancia cero con el fanatismo? A buen seguro que nuestra sociedad presente y futura lo agradecería.

No flirteemos con el fanatismo; con la de ideologías democráticas que hay para todos los gustos en la escena política... 

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