miércoles, 3 de febrero de 2021

¡Vacunados!

El martes pasado, por fin, llegó el día esperado: todos los docentes de nuestro colegio fuimos vacunados del coronavirus. Desde nuestro centro de salud de referencia se nos indicó que, a las 14 horas, una enfermera y un enfermero se desplazarían al colegio para inyectar la vacuna a todos aquellos que así lo hubiésemos aceptado mediante la firma de un documento que nos habían enviado previamente. 

Y allí estábamos, todos en fila, en el pasillo que da acceso al pequeño despacho donde nos iban a pinchar, con las mangas de jerséis y camisas arremangadas, deseosos de recibir la ansiada vacuna. Como hemos sido el primer colegio de la región elegido para recibirla, estábamos todos un poco nerviosos. También porque dos miembros del Servicio de Inspección se habían desplazado hasta nuestro centro para presenciar la primicia. Tan entusiasmados estaban los inspectores, que uno de ellos se vino arriba y nos arengó:

-¡Compañeros-as, este es un pequeño paso para vosotros, pero un gran paso para la humanidad de cara a vencer al virus!

Una ovación de júbilo atronó el pasillo tras sus palabras, que le habían salido del alma.

La enfermera entreabrió la puerta y llamó a la primera de la lista; en ese instante se hizo un silencio sepulcral. Apenas un leve cuchicheo se oía en el abigarrado pasillo, donde casi no se guardaban las distancias de seguridad. 

Tras unos instantes de espera, la primera maestra vacunada en nuestra región salió sonriente y dijo: ¡el siguiente! Y entró el segundo, y luego la tercera y luego Ernestina, que es muy aprensiva, pero que, a pesar de ello, se ha armado de valor y ha decidido vacunarse. Cuando ha salido, ha dado un leve traspiés en un conato de mareo y los que estaban cerca de la puerta del despacho la han tenido que sostener para que no se cayera al suelo; la han sentado en un banco cercano y la han abanicado con un improvisado abanico de cartón. Al poco, Ernestina ha vuelto en sí, nos ha mirado con los ojos muy abiertos, sorprendida, y ha exclamado:

-¡Han sido los nervios, que me han jugado una mala pasada!

Y la vacunación ha seguido sin más sobresaltos, sin más mareos ni demora.

Yo, que me había autodesignado el último turno para inyectarme, lo estaba pasando fatal. Tengo terror a las jeringuillas, pero he decidido sobreponerme porque le tengo aún más terror a contraer el coronavirus. No obstante, los nervios son muy traicioneros -que se lo digan a Ernestina- y te juegan una mala pasada cuando menos lo esperas, como es el caso. Mis compañeros se han dado cuenta enseguida de mi agobio, mi deambular errante pasillo adelante y pasillo atrás, mi sudor frío y mi cara congestionada por la tensión.

-¡Venga, hombre, que no es nada! -me ha dicho una compañera que acababa de salir de pincharse.

-¡Su turno! -me ha dicho firmemente la enfermera al ver que era el único que quedaba ya en el pasillo. 

-Yo no sé si voy a poder... -he balbuceado entre dientes.

-Lo que tiene que hacer es cerrar los ojos -me ha ido aconsejando la enfermera mientras me cogía levemente del brazo para hacerme pasar al despacho-, soplar mucho y hacer un poco de fuerza con todo el cuerpo y así no sentirá dolor alguno y no se enterará de nada.

Y eso he hecho, he soplado mucho cerrando los ojos y haciendo mucha fuerza con cada músculo de mi cuerpo, y en esto he escuchado:

-¡Cariño, despierta, que te lo vas a hacer encima de tanta fuerza que estás haciendo; te va a dar algo! 

Y creo que ha sido lo más cerca que voy a estar en un tiempo de ponerme la vacuna frente a la COVID. 

A ver si mi sueño se hace realidad un día de estos, ¡pero sin sufrir tanto!


5 comentarios:

  1. ¡Buenísimo!
    ¡Qué gran narrador eres!
    Me sugestiono fácilmente, lo mismo esta noche me lo sueño, jejeje.

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  2. Muy bueno Manuel. El mismo sueño que tienen algunos sanitarios que están en el hospital trabajando, operando codo con codo, sin distancias. Es un sueño que ya, por desesperación, han dejado de tener.

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  3. "El sueño de una noche de invierno"... Mucho mejor que "una noche de invierno sin sueño" y te aseguro que, durante esta tercera ola, más de un maestro/a tiene problemas de insomnio por temor a la posibilidad de coger el maldito "bicho" en el trabajo, cuando en su vida personal lleva un ritmo vital de anacoreta en el desierto.
    Muy ingenioso el lance del inspector que se presenta a hacerse la foto y adorna el evento con palabras grandilocuentes. Para nuestra desgracia, es muy fácil de imaginar.
    Al ritmo que vamos, cuando tú sueño se haga realidad, ya no quedará ni un sólo político, ni secretario general, ni director general, ni jefe de servicio, ni jefe de sección, ni nadie por encima de los "legionarios docentes " sin vacunar. Lo mismo, hasta los camareros nos pasan por delante.
    Brillante, Manolo.

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  4. Muy bueno Manolo, me estaba empezando a doler el brazo del pinchazo!!!

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  5. Seguiremos soñando con ese día es la única solución para tanta angustia. Esperemos que se acuerden de la escuela y sea pronto.

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