Tengo en mi memoria la imagen de un cerdo siempre estabulado en la casa de mis abuelos. Mi abuelo había construido una pequeña cerca en el corral de la casa y allí tenían al cerdo. Se alimentaba con las sobras de nuestras comidas diarias, con las pieles de las frutas, con restos de verduras y con algo de maíz. En época de montanera íbamos al campo al rebusco de bellotas, que traíamos en sacos para ayudar al engorde final del cerdo. Muchas familias, las que no tenían un trozo de tierra en
propiedad, también tenían uno o dos cerdos en sus casas
para sacrificarlos en la época de la matanza. Era habitual escuchar por
los corrales vecinos sus gruñidos y padecer, cuando el calor apretaba,
sus malos olores. Recuerdo, también, que mi abuelo siempre andaba malhumorado cada vez que se hablaba del cerdo. Y siempre acababa la conversación meneando la cabeza y diciendo aquello de "a lo que hemos tenido que llegar". Yo, por aquellos entonces, no entendía muy bien la frase lapidaria de mi abuelo, hasta que un día me la explicaron -no sé si fue mi madre o mi abuela-: "El enfado de tu abuelo es por tener al cerdo siempre ahí encerrado, sin poder moverse libremente. Él dice que para que dé unos chorizos y unos jamones de calidad habría que sacarlo a menudo al campo". Ante mi cara de sorpresa, me explicaron: "Hace unos años, se le asignaba a uno de los hijos de la familia el cuidado de los cerdos. Con ocho o diez años, el niño o la niña -que de todo había- sacaba a los cerdos por la mañana, los llevaba a pastar a los campos cercanos y los devolvía al corral de casa a la hora de comer. Así, además de engordarlos gratuitamente con lo que había en el campo, se obligaba al cerdo a mover sus carnes. Evidentemente, al niño o a la niña se le quitaba de la escuela para dedicarlo a esas labores. Como ahora eso está muy mal visto, no hay otro remedio que criar los cerdos en el corral, ya que no hay nadie quien los saque de paseo. Y a tu abuelo eso no le entra en la cabeza".
Al poco tiempo de esto, las autoridades sanitarias prohibieron los cerdos en los corrales de las casas por motivo de salubridad e higiene y, con la evolución de la sociedad, los cerdos pasaron a criarse en el campo; aquella familia que quería hacer matanza tenía que comprarle un cerdo a un ganadero o entregar a este un lechón para su crianza junto a los suyos a cambio de una cantidad de dinero estipulada o de otro tipo de trueque.
Con el paso de los años, y como no me he dedicado al campo, se me escapa el estado actual en lo tocante a la cría de cerdos. No sé qué ha habido en el camino desde entonces hasta llegar a las macrogranjas actuales ni lo que diría mi abuelo de seguir vivo, pero se podrían extraer muchas inferencias al respecto. Lo que yo digo es que entre quitar a un niño de ir a la escuela para guardar un cerdo y las macrogranjas actuales podrá haber numerosos estadios intermedios. O tal vez no: quizá nos gusten los extremos.
Y es entonces cuando me veo, como mi abuelo, pronunciando la misma frase: "A lo que hemos tenido que llegar". Lo malo es que sigo sin saber lo que significa ahora que me toca a mí pronunciarla y tampoco sé si el asunto tiene solución. Lo que sí tengo claro es que, más pronto que tarde, las nuevas generaciones desconocerán el sentido de la expresión "del cerdo, hasta sus andares" porque, al paso que va la cosa, ¿dónde van a ver a un cerdo andar para saber si les gusta o no sus cadenciosos movimientos?
No hay comentarios:
Publicar un comentario