Como el responsable no acababa de llegar, los presentes se dedicaron a comentar, para hacer tiempo, pero nada más, los acontecimientos más destacados del panorama nacional e internacional: los ecos de las declaraciones del ministro de consumo sobre las macrogranjas -¡qué inoportuno, el tío!-; la tensión en la frontera de Ucrania -que les importaba un pimiento, dicho sea de paso-; el folletín de la aprobación de la reforma laboral -¡uff, menos mal!; las elecciones en Castilla y León -¡que subimos en las encuestas, coño!-; el familicidio de un joven de quince años en Elche -¿qué estaremos haciendo mal para que ocurra esto?-... Con desgana, la junta de asesores, cansada de pandemia, de protocolos COVID, de reparto y justificación de fondos de la Unión Europea y de problemas varios, se desperezaba ojerosa esa mañana de febrero sin entrar en muchas profundidades en los temas, como engrasando las gargantas para la inminente reunión.
El responsable se hizo de rogar aún otros quince minutos. Cuando se sentó a dirigir la reunión confesó sin ambages que mucho contenido no había en el orden del día. Así que solicitó a los presentes que lo sorprendieran con alguna propuesta deslumbrante para llevar a cabo en las aulas de la región a fin de desentumecer la galbana impuesta por la pandemia ahora que la sexta ola parecía que remitía. Una asesora propuso el impulso del lenguaje inclusivo en las nuevas aulas de Educación Infantil de 0 a 2 años para inculcárselo desde bien pequeñitos; otro, el fomento de la felicidad en las aulas como elemento vehiculador de aprendizajes; otra, la implantación de un ciclo formativo de Formación Profesional de extracción, usos y comercialización del litio en un instituto de Cáceres y otro ciclo formativo de demolición de edificios en el entorno de Valdecañas; y una última propuesta fue la supresión del C.E.I.P. Juan XXIII de Mérida, por falta de alumnado: al fin y al cabo no era viable económicamente mantener un centro con tan solo treinta y nueve alumnes -y le hizo un guiño a la proponente del lenguaje inclusivo-. Se podrían recolocar en otros centros públicos de la ciudad -y subrayó lo de públicos haciendo énfasis en la pronunciación del adjetivo- y la operación se podría argumentar como de inclusión social de un alumnado desfavorecido en un ambiente normalizado.
Nadie opinó acerca de ninguna de las propuestas, esperando la opinión del responsable, que fue breve y concisa: "Me gustan todas. Adelante con ellas". Y en ello se está. Así, como si nada.
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