
Cuando mi mujer me conoció -de eso hace ya casi cuarenta años- me dijo que tenía pinta de holandés y que seguramente debía tener ascendientes noreuropeos, dada mi piel rosácea, mi entonces pelo claro, mis pecas y mi tendencia a quemarme a la más mínima exposición al sol. "A ver si no vas a ser español", me dijo la tía. Y, aunque no he investigado mi genealogía, siempre he andado con el runrún de mi ascendencia desde entonces. Mira que si mis antepasados eran inmigrantes y yo no lo sé... Quede claro que yo me siento español, extremeño y ciudadano del mundo, pues eso de los nacionalismos no va conmigo. Nunca compartí la idea del independentismo catalán, pero ni siquiera el procés provocó en mí un sentimiento anticatalanista: a mí los catalanes, como los vascos o los gallegos, me caen bien, especialmente porque hablan un idioma diferente, y a mí los idiomas me encantan. No entiendo que quieran independizarse, pero de ahí a tenerles ojeriza..., pues no. Como tampoco se la tengo a los que forman parte del colectivo LGTBIQ: ya tienen ellos lo suyo con encontrar su identidad en un mundo en el que nacemos y se nos educa con etiquetas predefinidas y en el que la heterosexualidad pelea denodadamente por no perder su supremacía, aunque la realidad demuestre lo contrario. Allá cada cual con su forma de entender y poner en práctica su sexualidad. Mis amigos homosexuales, que los tengo, gozan de una calidad humana que ya les gustaría a muchos machos alfa... Quizá esta forma de pensar me venga de una cierta tendencia progresista en mi modo de ver el mundo, en el que considero muy importantes tanto la justicia social como la igualdad de oportunidades entre las personas. Pero vamos, que ni tengo filiación política ni soy fiel en el voto siempre al mismo partido. Aclaro esto porque igual, con la que está cayendo a nivel político en nuestro país, enseguida se me considera un socialcomunista bolivariano, y nada más lejos de la realidad.
Esa leve tendencia al progresismo me hace también posicionarme en favor de la defensa del planeta en materia de ecología, de intentar contaminar lo menos posible, reciclar lo que puedo, reducir los combustibles fósiles y evitar el calentamiento global. Por ello, suelo desplazarme en bicicleta por la ciudad, he instalado placas solares en mi tejado, e intento no consumir mucho, sobre todo, cosas superfluas. Me sale solo, no tengo que hacer grandes esfuerzos.
Y, como tengo dos hijas, pues me gusta que se las trate en igualdad de condiciones que a los hombres, que no se las discrimine por el hecho de ser mujeres y que no sean agredidas ni física ni psicológicamente por pertenecer al 51% de la población española.
Con todos estos pensamientos en mi cabeza, cosa que imagino que tendrán otras muchas personas más que yo, pues no me considero tan original, me ha chocado un montón un cartel que un partido político ha instalado en un edificio de Madrid, en el que se aprecia una mano simulando arrojar a una papelera el feminismo, la bandera de Cataluña, la agenda 2030, el colectivo LGTBIQ, el comunismo... Automáticamente he dado un respingo: ¡hostia, que indirectamente esta gente me está insinuando que soy basura! Y si encima no tengo claro ser español de pura cepa -castellano viejo, que decía Larra- pues todavía más en mi contra...
Pero no penséis que me jode que me consideren basura -bueno, un poco sí-; lo que más me jode es que privaticen el servicio de su recogida. Igual ni me reciclan.
No hay comentarios:
Publicar un comentario