Cuando escucho toda esta corrupción que asola a parte de nuestra clase política en torno a las mordidas en forma de comisiones por los negocios con las mascarillas y los pelotazos urbanísticos, y que afectan a diversos partidos de nuestro espectro político, no puedo sino recordar el cambio de la peseta al euro en los centros escolares. Era el año 2002 y la conversión de nuestra moneda de siempre a la nueva moneda europea no cuadraba. Era cuestión de céntimos, pero el asunto no cuadraba. Utilizábamos por entonces el programa de gestión económica GECE-Juntaex, una adaptación del GECE que el Ministerio de Educación y Ciencia había implantado en todos los centros de su gestión y que, a medida que las distintas comunidades iban cogiendo transferencias educativas, iban adaptando o cambiando por otros programas. En nuestra comunidad, recién cogidas las transferencias, los informáticos se afanaron en fabricar "parches" que instalábamos en el ordenador de la Secretaría del colegio para intentar cuadrar el descuadre del euro. Fueron, que yo recuerde, tres o cuatro "parches" y muchas horas de dedicación para que a nuestras cuentas de gestión se les diera el visto bueno. Como digo, era cuestión de unos céntimos por cada centro y que, en total en la región, no significarían más allá de 200 o 300 €. Por entonces yo me preguntaba si no resultaba más caro pagar a los informáticos que diseñaban los "parches" que perder los dichosos céntimos publicando un Decreto que nos permitiera redondearlos a la cifra más próxima. Pero no, nos hicieron trabajar de lo lindo hasta que todo estuvo bien cuadrado.
Después pasamos nuestras cuentas del programa GECE-Juntaex a Rayuela Gestión Económica. Nunca nos faltó un euro, ni en esos trasvases, ni en el día a día de la gestión económica de los centros. Ni siquiera cuando llegó la pandemia y nos ingresaron dinero procedente del Fondo Social Europeo, que había que justificar de manera especial a través de farragosos informes, asientos contables, programas especiales, etc. Con ese dinero compramos mascarillas, gel hidroalcohólico y toda una cohorte de productos y útiles para combatir el coronavirus. Nos cuadró hasta el último euro. Nadie se llevó nada. Nadie se lucró con el montón de dinero que gastamos el curso posterior al confinamiento. Tampoco nos dejamos engañar con mascarillas o cualesquiera otros productos defectuosos. Recuerdo a la secretaria de mi centro comprobando cada pedido a los pocos minutos de habernos sido entregado, punteando y contando al milímetro cada unidad recibida. Lo que venía mal, se devolvía y, por supuesto, no se pagaba hasta que no lo volvieran a traer en condiciones.
Os imaginaréis, después de leer esto, mi absoluta perplejidad y, sobre todo, la sensación de náusea que siento, cuando escucho las corruptelas económicas de los que, sin mover un dedo, se han embolsado unas jugosas, ilegales y millonarias ganancias a base de defraudar del erario público. Y más aún cuando esos personajes se han aprovechado de sus relaciones, cuando no confabulado, con políticos de todos los bandos -porque a día de hoy estoy convencido de que hay muchos contagiados en esta pandemia de corrupción- que se saben intocables por sus aforamientos, por sus amistades y por la tela de araña de favores, chanchullos y poder que han ido tejiendo con el paso de los años. Aquí nadie asume su culpa ni, por supuesto dimite; muchos a lo único que se dedican es a arrojarse la mierda propia y ajena a la cara, en un intento de despojarse de un hedor que no saben que ya tienen tan impregnado en la piel que ni la piedra pómez lograría sacárselo.
Lo más grave de todo esto, lo que más daño hace a los principios morales de nuestra sociedad, es que estos sinvergüenzas aparecen ufanos, sonrientes y sin un ápice de arrepentimiento ante nosotros; son portada de diarios, televisiones y radios, como si fueran héroes, sabedores de que nuestras garantistas leyes serán benévolas con ellos y, tras un corto periodo entre rejas, si acaso, saldrán a disfrutar del botín que tienen escondido en alguna parte para seguir pavoneándose con su estulticia.
Los miles y miles de ciudadanos honrados que cuadramos la conversión de la peseta al euro en cualquier consejería de cualquier comunidad autónoma en su momento; los que compramos las mascarillas para nuestros conciudadanos durante la pandemia, cerciorándonos de su calidad sin desviar un solo céntimo a nuestros bolsillos, esos, al parecer, no merecemos ni una sola línea de periódico, ni una sola reseña en televisión o radio. Así es esta puñetera sociedad que encumbra a los malhechores, vitoreándolos, y condena al ostracismo la honradez y el trabajo bien hecho. El ejemplo más claro lo vemos en esa jauría de perros rabiosos en que se ha convertido el Congreso de los Diputados, donde miembros de todos los partidos sin excepción jalean la estupidez, la bronca, la ocurrencia chabacana, la insensatez, la tontería y... "el y tú más", donde lo menos importante son los problemas del país y lo que más importa es denostar al adversario para conseguir el aplauso efímero de los suyos con tal de seguir ocupando su escaño, pero nada más, y, además, y es quizá lo peor, atraparnos en sus redes para ponernos de su parte, como si esta especie de estercolero político fuera susceptible de dividirse en partes.
Soluciones no se me ocurren, dada la alta polarización que han conseguido en la sociedad, que era su objetivo; solo se me ocurre una pregunta: ¿hasta cuando tendremos que tragar con todos estos sinvergüenzas?

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