La llamada fue a primera hora, cuando aún no tenía despiertos algunos de sus sentidos. Había dormido mal toda la noche y, debido a ello, se había quedado traspuesto con los primeros rayos de la mañana. Por eso se demoró en atender la llamada; por eso y porque había recibido tantas el día anterior que no tenía ganas de responder ninguna más. Pero aquella, por más que le pesara, tenía que cogerla:
-Buenos días, Miguel.
-Buenas, José Luis. ¿Cómo andas?
-Pues jodido, ¿cómo quieres?
-Te comprendo.
-Tú no comprendes una mierda, Miguel. El que está en la picota soy yo, no tú.
-Le has echado un par de huevos, José Luis. El Pimpollo quería fulminarte, pero se ha quedado con las ganas. Hasta Alberto me lo ha comentado.
-¿Alberto sabe algo de los chorizos?
-Sabía que había matanza, pero no los pormenores. Él se contenta con unos cuantos chorizos de herradura. Con unos cuantos de aquí y otros cuantos de allá llena la despensa.
-Ya sabes, Miguel, que aunque los chorizos los hemos llenado entre unos cuantos, el adobo es cosa de todos...
-Explícate, José Luis.
-Que yo no pienso curar solo la presa. Que si la presa se echa a perder, pagamos entre todos los guarros. Y tú el primero... ¿Isabel está al corriente?
-No, esa no, por Dios, José Luis, que esa nos birla todos los chorizos y los vende en el Rastro a precio de oro. ¡Menuda es! Se llevó lo mejor del Sal-chi-chón aquel sin pestañear. ¡En una matanza ni se ensució las manos, José Luis! Es un puto crack.
-Pues ya sabes, o untáis con manteca la sartén de las migas o aquí pringa hasta el apuntador.
-De eso no tienes que preocuparte. Pero dile al Pimpollo que deje de mentar matanzas anteriores, que esos chorizos ya están curados y vendidos antes de que se pusieran rancios.
-Bueno, y del jamón, ¿qué me cuentas? Que ya sabes que tengo muchas bocas que alimentar... Entre manutenciones e hipotecas, no me llega, Miguel, no me llega.
-El jamón está a buen recaudo en un doblado seguro, pero por ahora eso no se puede tocar. Tendrás que apañarte con un poco de morcilla mondonga.
-¿Será, al menos, de cerdo ibérico, que valga en el mercado algo que me saque del apuro?
-Bueno, Luis puede adelantarte algo de lo que quedó de la gran matanza. Esa sí que dio buenos chorizos. Eran buenos guarros. Ha sobrado hasta para mí, que ni siquiera pelé un ajo ni lavé una sola tripa. Pero como quiero un implante capilar, Luis me ha repasado un par de chorizos gordos, para que no tenga que ir a Turquía...
-No sé cómo lo hacéis, Miguel, pero ya veo que entendéis de chacina más que nosotros.
-Nosotros... vosotros... Vamos a dejar esa ambivalencia. Aquí todos colgamos la presa.
-Sí, sí, pero solo a algunos nos quieren colgar...
-No llegará la pringue a la puerta... Por cierto, ¿cómo te va con tus nuevos amigos?
-Aquí no hay matanza, Miguel. Aburrido.
-Todo se andará, José Luis, ya sabes que del cerdo gustan hasta los andares...
-Ya, pero por un tiempo es mejor no tener montanera.
-Eso sí, hay que ser prudentes. No es bueno meter en la explotación más guarros de lo que permite la cartilla ganadera, que luego no hay bellotas para todos.
-Sobre todo, Miguel, cuando los veterinarios están ojo avizor.
-Entonces, José Luis, podemos confiar en tu discreción sobre el origen de los cerdos...
-Por ahora, sí. Si supieran, Miguel, que en vez de ibéricos eran vietnamitas...
-¿Vietnamitas o chinos, José Luis?
-Lo mismo da, Miguel, dieron buenos chorizos...
-Bueno, te dejo, José Luis; sé fuerte.
-¡No me jodas, Miguel!

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