Alguien dijo al principio de esta crisis -y en eso parece ser que es en lo único en lo que estamos todos de acuerdo- que el coronavirus ha venido para cambiar nuestros usos y costumbres. Aun estando de acuerdo con la afirmación, creo que nos va a costar mucho hacerlo: lo veo complicado, aunque sea necesario.
Una de las cosas que se nos exigen que cambiemos es la distancia que debemos guardar entre nosotros. No sé si eso puede conseguirse así, de un día para otro. Somos descendientes de árabes y romanos, que precisamente no se caracterizaban por guardar las distancias. Nuestro concepto de distancia lo tenemos esculpido a sangre y fuego en nuestra forma de actuar: culturalmente nos lo han enseñado desde bien pequeños nuestros padres y lo hemos ido aprendiendo con la práctica del día a día y, genéticamente, me atrevería a decir que también lo hemos heredado como gen dominante.
Ahora se nos pide distancia, cuando somos un pueblo de besos y abrazos, de apretones de manos, de empujones, de saludos ostentosos, de caricias, de bares abarrotados y bulliciosos, de barbacoas con los vecinos, de mercadillos atiborrados de cosas y gentes, de ferias de verano, de jolgorio y celebraciones... Y se nos pide distancia. Mucho vamos a tener que cambiar y que sufrir para cumplir con el mandato.
A los hechos me remito. El primer día que se ha dejado salir a los niños a la calle ya nos están riñendo las autoridades porque lo hemos hecho mal. ¿Qué esperaban? ¿Que mes y medio de encierro sería suficiente para cambiarnos? No lo hemos hecho mal, lo hemos hecho como siempre, sin darnos cuenta, como gente programada para la convivencia que somos. La cabra tira al monte y, si tenemos que modificar nuestras costumbres, tendrá que ser poco a poco: o cambiamos la cabra, o allanamos el monte. Tendrán que educarnos y tendremos que autoeducarnos.
La distancia social es un concepto difícil para nosotros, pues cada cual tiene su vara de medir. Últimamente, las únicas distancias ya más o menos consolidadas que observo son las del gobierno catalán con el resto del país, las ideas xenófobas y maximalistas de algunos partidos extremistas para con inmigrantes, homosexuales y cualquiera que no piense como ellos, la que algunos nos quieren imponer ahora evitando los aplausos en los balcones -para algo en lo que todos estábamos de acuerdo y todos los españolitos hacíamos a la vez, como diría Mecano-, y, por supuesto, la que se palpa entre todos los partidos del arco parlamentario, que no logran dejar atrás sus diferencias y arrimar el hombro para sacar al país del fango.
Distancia: complicado. Igual terminamos enseñando su nueva definición y sus nuevas medidas en la escuela, que es donde se manda a enseñar y aprender todo lo que no se sabe dónde ni cómo encajarlo. ¿También habrá que mantener las distancias en la escuela? Me temo que sí, y eso sí que va a ser un problema, y no precisamente de Matemáticas.
Os dejo unos versos de Alberto Cortez que forman parte de su canción "Distancia" (clic para escucharla), a ver si vamos encontrando soluciones:
¿Dónde estarán los amigos, distancia,
Que compartieron mis juegos?
¿Quién sabe dónde se han ido... distancia,
Que compartieron mis juegos?
¿Quién sabe dónde se han ido... distancia,
Lo que habrá sido de ellos?.
Regresaré a mis estrellas... distancia,
Les contaré mi secreto:
Que sigo amando a mi tierra... distancia,
Cuando me marcho tan lejos.
Un corazón sin distancia quisiera
Para volver a mi pueblo.

...nos vemos con un metro para controlar los dos metros, un amplificador para poder entendernos a tal distancia, y a todo esto, la mascarilla, los guantes, el gel, el perro y los niños en la otra mano... esto va a ser muy divertido...
ResponderEliminarAfortunadamente, todo pasará y volveremos a nuestro espacio y a nuestras malas/buenas constumbres...