lunes, 20 de abril de 2020

Reivindicando la palabra




¿Cuándo empezamos a dar más importancia a la imagen que a la palabra? Yo creo que fue allá por la invención de la expresión "Más vale una imagen que mil palabras", que en el tiempo en que se inventó era muy adecuada a la época y a lo que concretamente quería definir: que la ilustración de una situación concreta se entendía mejor con una imagen que descrita con palabras, pues de esa descripción cada cual se hacía una idea propia que a lo mejor no tenía nada que ver con la realidad. 

La expresión ha ido ganando muchos enteros desde la reciente revolución tecnológica y digital hasta nuestros días. Tantos, que ya no entendemos el mundo sin soportes audiovisuales. Y ello está bien: jamás habíamos visto las pirámides por dentro y ahora lo hacemos; lo mismo ocurre con todo tipo de documentales de la fauna salvaje, del interior de accidentes geológicos, de noticias que se apoyan fundamentalmente en imágenes y sonidos, sin necesidad casi de texto oral o escrito, etc., etc. ¿Quién se sustrae hoy en día de la posesión de un teléfono inteligente o de un ordenador para estar conectado las veinticuatro horas del día al mundo virtual?

Sin embargo, el abuso sin control de la imagen y el sonido también tiene sus inconvenientes. En lo cotidiano, cuando la saturación audiovisual es tan elevada, el cerebro se embota, se anestesia, no puede concentrarse y se vuelve tan adicto a esas imágenes y sonidos que no hay manera de que sea capaz de analizar otros contextos menos digitales, pero enmarcados en la más pura realidad. ¿Les suena la hiperactividad? Es una consecuencia de ello, de la cantidad de estímulos que llegan al cerebro y que este es incapaz de procesar al mismo tiempo, perdiendo la capacidad de concentración. 

Nuestros cerebros se han acostumbrado a esa zona de confort en la que prácticamente se lo dan todo hecho: lo audiovisual los ha hecho perezosos; están desentrenados para enfentarse a tareas que requieran un mínimo de esfuerzo intelectual, ya no son capaces de imaginar porque la imagen y el sonido se lo dan ya todo imaginado. La lectura, la audición, la expresión oral y la escrita requieren de un sobreesfuerzo para nuestros cerebros que no siempre están dispuestos a realizar. ¿Para qué, si ya se lo ofrecen por otra vía de una manera más cómoda? 

El problema surge cuando esa falta de músculo cerebral nos impide realizar una mínima crítica de lo que ocurre a nuestro alrededor. Cuando nos creemos a pie juntillas lo que las redes sociales nos lanzan machaconamente sin hacerlo pasar por el tamiz de nuestra inteligencia, cuando lo "fake" es comprado como verdad cuando dista mucho de serlo, cuando la crítica fácil y ramplona se instala en el tejido social como autoridad moral indiscutible y damos por cierto lo primero que llega a nuestros terminales. Tan poco dispuestos estamos a verificar su autenticidad, que en pocos segundos lo hemos reenviado a cientos de contactos, que a su vez harán lo mismo y así indefinidamente.

Para luchar contra esto -y ya sé que es una lucha titánica- se impone una vuelta a dar valor a la palabra, tanto oral como escrita, para fortalecer el músculo cerebral e irlo entrenando poco a poco para volver a ser los Homo Sapiens Sapiens que fuimos algún día y poder volver a gozar de la acribia necesaria para entender el mundo en su justa medida. Mientras no lo hagamos, seguiremos engañados y engañándonos a nosotros mismos, por muy listos que nos creamos. Porque lo que no se expresa con palabras no existe o no queremos que exista y lo que no existe -o no queremos que exista- es irreal, o virtual, como se llama ahora. 

Igual son otros los que opinan en nuestro lugar y son sus palabras las que están llegando a nuestros cerebros en forma de imágenes y sonidos y ni tan siquiera somos conscientes de ello. Y esas palabras transformadas en imágenes y sonidos plasman ideas que las hacemos pasar por nuestras cuando nunca nos habíamos parado a pensarlas. Y así somos manipulados. Y aquí ya es cuando me he quedado sin... palabras.

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