viernes, 8 de mayo de 2020

El odio



Confieso públicamene que odio profundamente. Es algo visceral que no puedo evitar. Es un odio a muerte. El enemigo lo merece. Me ha trastocado mi ordenada vida y ha puesto patas arribas mi profesión. Mi enemigo es el coronavirus, por si pensabais otra cosa. Lo odio como nunca he odiado a nadie ni a nada, porque, afortunadamente, no soy de odiar, no lo llevo en mi genética. ¡Hala! Ya os lo he dicho, a modo de confesión. Ya me podéis poner la penitencia. 

Ahora, que una cosa que no entiendo es lo que veo por ahí: gente que se equivoca de enemigo y vierte su odio hacia otras personas que no piensan como ellos en lo tocante al bicho este, como si los demás fueran los culpables de la pandemia. Es que no logro entenderlo. En lugar de odiar con todas nuestras fuerzas al virus, a ver si así, juntando mucho odio, somos capaces de matarlo de una vez entre todos, nos hemos empezado a odiar unos a otros, echándonos en cara qué sé yo cuántas pamplinas: que si se tendría que haber actuado antes, que si vaya ineptos que hay gobernando, que si no sirven ni para comprar mascarillas, que si Fernando Simón -hacía tiempo que no nombraba a este hombre y ya estaba tardando, con el juego que da- no sirve para nada, que si pitos, que si flautas. Si es que pareciera que el bicho hubiese mutado y, de ser microscópico, hubiese adquirido las formas humanas y las caras de los que no piensan como nosotros.

¡Que no, hombre, que no! Que podéis decir lo que os dé la gana porque la crítica es libre y el derecho a opinar también, pero por eso mismo yo os digo que os equivocáis: que nuestro enemigo es el virus, y mientras perdamos energías desollándonos unos a otros, tiempo que perdemos en aunar fuerzas para vencerlo. 

Ya sé que es difícil sucumbir ante el odio. Teje su tela de araña a través de las redes sociales, donde lentamente nos inocula su veneno: que si un comentario desafortunado en Facebook, que si una foto tendenciosa enviada a todo el grupo de whatsApp de la clase de tu hija, que si un reproche a un tweet que no ves con buenos ojos... Y ya tenemos el terreno abonado para que el odio eche raíces.  Y es como una planta trepadora: su ascensión es imparable.

Los medios de comunicación tampoco ayudan: se pasan los días y los días inyectándonos opinión, más que información. Y  dando noticias no contrastadas que, una vez que se demuestran que no son verdad, tampoco se molestan en desmentir. Y los partidarios de uno y de otro bando se enzarzan en absurdas discusiones sobre asuntos que el periodista de turno se ha inventado precisamente para generar polémica. Polémica y odio. Porque nos va ese rollito morboso de tener siempe a una persona en nuestra diana a la que tirarle nuestros dardos envenenados. Mal asunto. 

Y para colmo la política: ahí sí que el odio ya no es que se palpe, es que se mastica. Se asesinan con la mirada y con la palabra, se enredan en "el y tú más" y en la reunión que era para hablar sobre el coronavirus e intentar vencerlo con las aportaciones de uno y otro lado, nada, al final no se habla de la pandemia. Al contrario, seguro que afloran los ERE de Andalucía, la caja B y el ordenador de Bárcenas, Venezuela, los muertos deslocalizados, el Prestige, las mascarillas sin homologar, Cataluña, las banderas en los balcones, los aplausos y la madre que los parió a todos. Pero ni una sola propuesta al asunto que los reunía. El odio, que es muy malo. 

Hoy decían en la radio que si pronunciamos la palabra odio al revés nos da como resultado la palabra oído, que es justamente lo que nos hace falta para dejar de odiar: escucharnos los unos a los otros, atrapar lo positivo de cada cual y desechar -con argumentos y con buenas formas, eso sí- lo que no nos parezca adecuado. 

Pero para eso hay que ir a las reuniones sin el móvil, para poder mirarse a los ojos y escuchar al de al lado claramente, sin embotamiento mental, pero, sobre todo, para no poder consultar en el dichoso aparatito las redes sociales, pues según vamos consultándonas se nos introduce el odio en las venas y la reunión se echa a perder. 

Ya veis, entre las redes sociales, los medios de comunicación, los políticos y nuestra propia tendencia, nos hemos convertido en perfectas máquinas de odiar. Y en cuanto una adversidad salta a la palestra -ahora es el virus y mañana será otra cosa- nos falta tiempo para tirarnos los trastos a la cabeza. 

¿Tanta tecnología y tanto avance social para esto, para no conseguir entendernos porque nos odiamos? 

Ya no solo odio al coronavirus; también odio al odio.

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