sábado, 30 de mayo de 2020

Tribus víricas



Si algo ha venido a poner de manifiesto este virus, por si acaso alguien no se había percatado de ello con anterioridad, es la gran cantidad de tribus humanas que han surgido en nuestro mundo. Les voy a llamar tribus por realizar una taxonomía diferente a la que puede realizarse en función de su raza, religión, ideologías, etc., que eso ya está bastante estudiado por antropólogos, sociólogos y demás estudiosos del asunto.

Estas tribus que han salido al calor del virus son diferentes. Sus individuos pertenecen a una u otra en función de la forma que hayan tenido que enfrentarse, protegerse,  gestionar, criticar, padecer o morir a causa del dichoso bicho.

Por tanto, ha habido -y sigue habiendo- un antes y un después de la pandemia a la hora de pertenecer a una tribu u otra. Los que se fueron pertenecen a esa gran tribu que luchó con todas sus fuerzas por quedarse, pero cuyos organismos no soportaron la embestida del tsunami. Requiescat in pace.

Entre los que seguimos aquí se encuentra la tribu de los valientes: los sanitarios que han estado y siguen estando en primera línea de fuego y que deberían merecer nuestro agradecimiento eterno por su entrega.  Sin apenas protección personal en un principio, han logrado conseguir que muchos sigamos estando vivos, que no es poco. Esperemos no olvidar nunca su tesón y su arrojo.

Otra tribu en primera línea ha sido la de los pertenecientes a las profesiones que han estado al pie del cañón para poder garantizar los servicios básicos y nuestra seguridad: cajeras de supermercados, dependientes de puestos de pan y fruta, policías, bomberos, camioneros, farmacéuticos, barrenderos, agricultores, ganaderos, repartidores y un largo etcétera que sería prolijo nombrar. Pertrechados apenas con una mascarilla y un par de guantes han conseguido que sigamos comiendo y bebiendo y durmiendo tranquilos sabiendo que los teníamos ahí.

Otra gran tribu hemos sido los que hemos estado encerrados en casa, cumpliendo también la misión de no esparcir el virus, manteniéndonos en un confinamiento obligado. Podemos decir lo que queramos, quejarnos de estrés, de trastornos psicológicos y del sueño, de aguantar a pequeños y mayores, pero, lo queramos reconocer o no, hemos sido los menos expuestos al virus.

Dentro de esta última tribu está, por un lado, la subtribu "de la cabaña", los que padecen el síndrome que les impide salir de casa porque han encontrado una zona de confort dentro de sus hogares alejados del enemigo. Por otro lado está la subtribu "de la terraza", los que, habiendo estado encerrados, han salido de estampida a terrazas, calles y comercios  en cuanto los han dejado, obviando las más mínimas normas de seguridad

Una tribu que ha padecido en sus carnes los embates del virus ha sido la de los que han perdido sus puestos de trabajos a través de EREs, ERTEs o, simplemente, porque han sido despedidos de sus empresas. Un fuerte golpe del que tardarán en recuperarse y para los que deberíamos mostrar toda nuestra solidaridad y apoyo -el económico también-. Y no estamos hablando de caridad.

La tribu de los afortunados, entre la que me encuentro, es aquella formada por todos los que hemos seguido cobrando nuestra paga mensual a pesar del virus. Hemos estado teletrabajando, confinados, hartos de encierro, cabreados con el gobierno, muertos de miedo por pensar siquiera salir a la calle, con estrés, con ansiedad... Pero cobrando a final de mes y a salvo en nuestras casas. Y pienso que deberíamos "darnos una vueltita alrededor", como diría mi abuela, para saber ponernos en lugar de otros que a buen seguro lo han pasado  y lo siguen pasando mucho peor que nosotros. Ahora toca arrimar el hombro y dejarnos de pamplinas, que tenemos muchas.

La dificultad de esta clasificación tribal radica en que los grupos no son puros como en otras clasificaciones. Un individuo puede pertenecer a dos tribus al mismo tiempo. Verbigracia: el funcionario que sigue teletrabajando puede pertenecer a la tribu de los afortunados, al mismo tiempo que se atrinchera en la tribu de la cabaña durante el día y se desparrama por la noche junto a la tribu de la terraza. Es lo que tiene esto de las tribus víricas, que sus componentes mutan constantemente, en una suerte de metamorfosis constante. 

Se me olvidaba, y no por ser menos importante, la tribu de los leones: una tribu autóctona de la Carrera de San Jerónimo que anda por ahí dando bandazos legislativos, pactando contra natura, embarrada en el acoso y derribo, empeñada en el "y tú más", instalada en la bronca permanente, el rédito electoral, el bochorno público y la holganza basada en la palabrería. Por muy criticada que sea, es necesaria para seguir gobernando las riendas de los caballos que tiran de este carromato desbocado en que se ha convertido nuestro país. Pero esta tribu exige un estudio más en profundidad para el que ahora no tengo ni tiempo ni conocimientos.

2 comentarios:

  1. Otro excelente artículo.
    Nunca había resultado tan fácil pertenecer a varias tribus. Me entristecen y enfadan todas, unas más que otras.

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