Algo estaremos haciendo mal cuando multitud de ciudadanos de raza negra tienen que salir a la calle a expresar que sus vidas importan. Y el asunto no tendría la relevancia que tiene si no fuera porque al decir que sus vidas importan, lo que quieren decir en realidad es que se ha puesto de manifiesto que a otros muchos ciudadanos las vidas de los primeros les importan una mierda. "Malos tiempos para la lírica", cantaría Golpes Bajos. Y para la igualdad racial también.
Cuando muchos creíamos que Martin Luther King había puesto los cimientos para la coexistencia armoniosa y en igualdad entre hombres y mujeres de distinta raza, parece ser, a tenor de los acontecimientos, que el "I have a dream" aún no se ha hecho realidad.
Más de siglo y medio después de que Abraham Lincoln aboliera la esclavitud, el país con la democracia más antigua del mundo tiene aún una asignatura pendiente con el tema del racismo, que no ha conseguido abolir, como el que es considerado uno de los mejores presidentes de su historia sí hizo con la esclavitud. Pero no solo ese país, sino muchos otros el resto del mundo cosechan igualmente suspensos en esa asignatura, que no logran aprobar en las muchas repescas a las que se presentan.
El movimiento "Black lives matter" viene a poner sobre la mesa la sinrazón en que se ha convertido un mundo que presume de modernidad, pero que sigue despreciando a un ser humano por el color de su piel. Un mundo en que en buena parte del mismo los valores éticos esenciales han sido sustituidos por la violencia, la xenofobia, la homofobia y el desprecio de todo lo que sea diferente a "nosotros", que, por cierto, también somos diferentes a "ellos".
Pero no solo la raza, también la religión nos separa. No aceptamos a los que profesan un credo diferente al nuestro. Los consideramos nuestros enemigos, como si fueran de pronto a demostrar que su Dios es el único verdadero, cosa que no podemos consentir. Es curioso, lo que debería ser nexo de fraternidad entre civilizaciones también lo hemos convertido en excusa para tirarnos los trastos a la cabeza. Quien mejor explica todo esto es Jorge Drexler en su "Milonga del moro judío".
Pero no solo la raza, también la religión nos separa. No aceptamos a los que profesan un credo diferente al nuestro. Los consideramos nuestros enemigos, como si fueran de pronto a demostrar que su Dios es el único verdadero, cosa que no podemos consentir. Es curioso, lo que debería ser nexo de fraternidad entre civilizaciones también lo hemos convertido en excusa para tirarnos los trastos a la cabeza. Quien mejor explica todo esto es Jorge Drexler en su "Milonga del moro judío".
El auge de partidos políticos con ideas extremistas, nacionalistas, populistas, ultraortodoxas y contrarias a la convivencia pacífica ha puesto de manifiesto que la educación no ha servido ni está sirviendo para insuflar los valores de tolerancia y de convivencia que deberían ser, a estas alturas de la evolución de la especie humana y de la cultura transmitida de generación en generación durante años, los ejes en torno a los cuales debería girar cualquier sociedad moderna.
Pero la historia del hombre es siempre la historia del tropiezo. Por mucha experiencias negativas habidas a lo largo de esa historia, por muchas promesas de no volver a repetir errores pasados que llevaron al sufrimiento a gran parte de la población mundial, no acabamos de aprender, y aquí seguimos, escuchando los cantos de sirenas de líderes infames, a los que llevamos en loor de multitud, entre aplausos y banderas, dirigiéndonos hacia nuestra propia autodestrucción como sociedad.
El grupo de agropop "No me pises que llevo chanclas" ya nos advertía contra este tipo de líderes en su canción "Presidente" con su habitual retranca andaluza.
El grupo de agropop "No me pises que llevo chanclas" ya nos advertía contra este tipo de líderes en su canción "Presidente" con su habitual retranca andaluza.
Nuestra torpeza congénita nos hace pensar que somos más listos, más fuertes, más guapos y más aptos que otros. Y esa torpeza, aderezada con cantos de sirena, adoración de banderas y promesas de una vida mejor mediante la repetición hasta la extenuación de dos o tres ideas tan simples como espantosas, termina haciéndonos caer en la red del discurso supremacista. Y ya podemos usar el argumentario más lógico y sesudo que encontremos, que la sinrazón y la tozudez, una vez instaladas en las mentes simples, serán difíciles de doblegar.
Malos tiempos para la lírica, continúa aún cantando "Golpes Bajos". Para la lírica han sido siempre malos tiempos. Igual que para la igualdad racial. Son cosas que no acaban de gustar. No calan. Cuesta un potosí inocularlas en las personas. Igual es porque apelan a los sentimientos más profundos del ser humano y éste, al parecer, está aún en pañales en cuestión de sentimientos.
Y así nos va. Si escuchásemos un poco más de música y pusiésemos un poco más de atención en lo que dicen las canciones... A ver si acaso.

Así nos va...hacia la autodestrucción. Yo sigo enfadada, ahora mismo...con casi todo.
ResponderEliminarChapeau
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ResponderEliminarPues si el Covid no actúa como el peor de los radicalismos... Cual será el punto de inflexión para reaccionar???
ResponderEliminarTu entrada, además de magnífica en la forma y acertada y oportuna en el fondo, me lleva a pensar, al igual que tantas otras cosas de un tiempo a esta parte, que la especie humana es el mayor de los fracasos de la Naturaleza. Al menos, si nos atenemos a la tesis evolucionistas.
ResponderEliminarEs desolador comprobar cómo parece que llevamos los genes marcados con la intolerancia ante las diferencias, el miedo ontológico , el instinto de imponer lo nuestro: nuestras creencias, nuestra ideología, nuestras costumbres y modos de vida, nuestra raza...
Sin embargo, no podemos caer en el fariseísmo de criticar lo que está ocurriendo en EEUU, mientras apartamos la vista o peor, justificamos lo que está ocurriendo en todos los países europeos, España entre ellos.Hasra no hace mucho tiempo, los españolitos nos jactábamos de ser un país no racista, que trataba por igual a todos los que llegaban, con independencia del color o la raza. Nos engañábamos a nosotros mismos y pretendíamos engañar a los demás. Sólo había que ver la consideración social que tenía la etnia gitana, que malconvivía con nosotros. Pero nos autojustificábamos diciendo que eran ellos los que no se querían integrar, pues nuestro concepto de la integración sólo pasa por la necesidad imperiosa de que el otro asuma todo nuestro sistema de creencias y costumbres. El campo estaba abonado para que, cuando llegara una crisis de la magnitud de la del 2008, toda esa supuesta solidaridad, empatía y buena fe se fuera por el mismo desagüe que desapareció se mundo casi ideal en que creíamos vivir. De ahí al resurgimiento de partidos políticos y movimientos, que creíamos enterrados, y cuyas ideas y eslóganes nos producen naúseas a más de uno, hubo sólo un paso.
Y aquí y ahora estamos, sin esperanza de que algún día, ese atavismo que nos hace mirar con recelo y rechazar al que no es "de los nuestros ", llegue algún día a ser superado.