lunes, 1 de junio de 2020

Teletrabajo y terraza

Siempre fue la coherencia una virtud difícil de atesorar. Y en los tiempos actuales no iba a ser menos, inmersos como estamos en un mundo cambiante, de valores difuminados, de prisas, de falta de reflexión y de sosiego.

Viene a colación lo de la coherencia cuando su falta se echa de menos en muchas facetas de la vida. Y ello es preocupante, máxime cuando nuestro argumentario puede variar del blanco al negro en cuestión de horas a lo largo de un mismo día.

Estamos viendo cómo el personal se afana en aferrarse  a su seguridad y a la de los demás para continuar su teletrabajo desde casa, retrasando lo máximo posible su reincorporación a su puesto de trabajo físico. Y no me parecen mal sus argumentos: el virus anda por ahí suelto todavía y no es cuestión de tomarse a broma el exponerse innecesariamente si se puede realizar desde casa un trabajo similar al que se haría desde la oficina, el despacho, etc. Hasta ahí, nada que objetar.

El problema surge cuando, en sesión vespertina, el personal se desparrama alegremente en las terrazas de los bares olvidando la apelada seguridad propia y ajena que se exige para el trabajo en sesión matutina,  sin observar las más mínimas medidas de protección que esgrime para no incorporarse al curro. En las terrazas ya no pedimos geles hidroalcohólicos, ni jabón de manos, ni usamos mascarilla ni exigimos mamparas protectoras. En las terrazas lo único que pedimos es una caña de cerveza fresquita, un buen vino de la tierra o un gin tonic con nuestra ginebra favorita. Y aquí ya se nos olvida el miedo a contagiar o a ser contagiados.

Y aunque el asunto sea de lo más humano -igual la terraza es el psicoanálisis que nos libera de los miedos adquiridos- a mí no me deja de sorprender la doble vara de medir que tenemos para enfrentar la obligación y la devoción. En la obligación, hasta el sindicalismo nos ampara, atribuyéndose el papel de garante de la seguridad de la clase obrera, exigiendo altisonante protocolos de actuación, medidas de seguridad y un largo etcétera de parafernalia sanitaria. En la devoción, ese mismo sindicalismo alterna en la terraza sin mascarilla siquiera. ¡Qué tendrán las terrazas de los bares que ahuyentan el miedo, relajan al estresado y nos cambian de parecer de la mañana a la tarde? Si hasta los cayetanos han dejado de ondear su bandera -que no es de ellos, sino de todos- en cuanto les han permitido tomarse un cubata sentados en una silla de un bar.

A la vista de que esta dualidad moral es irrefrenable, pues parece intrínseca a nuestro carácter ibérico, mediterráneo y charanguero, no estaría mal que las distintas administraciones y empresas se plantearan un cóctel -hablando de terrazas- que combinara los estadíos éticos del personal a lo largo de un mismo día. No sería, pues, descabellado proponer que se teletrabajara de la mañana a la noche desde las terrazas. Igual así se ahuyentaba al virus, se incrementaba tanto el rendimiento como el número de horas dedicadas al trabajo, que se realizarían entre caña y caña casi sin darnos cuenta, y, sobre todo, se acabaría con la incoherencia en la que actualmente estamos inmersos. Ahí queda la propuesta.

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