Algunas pinceladas al respecto, aunque en un sentido muy distinto, ya nos dio Pedro Almodóvar en su película que da título a este artículo. En ella ponía en solfa la educación impartida en determinadas instituciones allá por los años 60 y 70 del siglo pasado -parece que da cosa denominarlo así para los que en él nacimos-.
Cuarenta años después, y salvando las distancias temáticas, creíamos haber superado el eterno paradigma de que la educación era algo más que la impartición de una serie de conceptos, temas, fórmulas, operaciones matemáticas, vocabulario, etc. Pensábamos que la "chapa" de valores, ejemplos prácticos, modelos de vida y demás ocurrencias pedagógicas habían conseguido superar el lastre memorístico que la educación arrastraba y que estábamos formando integralmente a la mayor parte de niños y jóvenes para la vida -con mayúsculas- en todas sus facetas.
Y vino el bichito del COVID19 y dio al traste con todas nuestras expectativas. Porque digo yo que esos valores y esa educación integral para la vida, aparte de cacarearse, deberán demostrarse también en el día a día, en la calle, en nuestros gestos con nosotros mismos y con los demás, pues, de no ser así, quedarían aparcados en el irrisorio estadio del desideratum. Y en cuestión de conciencia personal y social en relación con las medidas de protección propia y hacia los demás en esto de la pandemia andamos aún en pañales educativamente hablando. Gozamos, por decirlo de manera suave, de muy mala educación.
Está claro que la concienciación individual y colectiva son el mejor ejemplo de haber interiorizado cualquier valor. Pero, ¿qué porcentaje de la población española podemos decir que ha subido al monte Olimpo de esos valores? Los resultados son visibles: no hay más que escuchar las noticias o acudir a las estadísticas de las causas de los rebrotes víricos para percibir que algo está fallando.
Luego, ¿son suficientes la verbalización o la ejemplificación para conseguir conciencias cívicas? ¿O se necesita algo más? ¿No será necesario aplicar también un puntito de repercusión económica en el bolsillo de quien no conoce -o no quiere conocer- las normas? O igual no estaría de más un "Tío la Vara" de José Mota que recondujera al, llamémoslo despistado, por dulcificar la propuesta. Porque
-llamadme represor o lo primero que se os ocurra- el asunto es una
cuestión de vidas humanas y, en cuestión de vidas, no está la cosa para laxitud normativa ni para
experimentos educativos.
Para experimentos ya tenemos suficiente con los planes de contingencia que debemos elaborar los equipos directivos de los colegios en plena sofoquina veraniega -parece ser que no hubo tiempo antes- para afrontar el próximo curso escolar. Unos planes tan inútiles como inasumibles: inútiles porque mientras fuera del horario escolar no se ponga cota a los desmanes sociales de adultos e infantes, cualquier intento de protección escolar matinal es como querer ponerle puertas al campo; inasumibles porque con los recursos tanto humanos como físicos -incluidos los espacios educativos- que tenemos, es como pedirnos una lucha titánica para la que no tenemos ni fuerzas ni capacidad organizativa.
Por lo que la mala educación seguirá campando a sus anchas. ¡Sálvese quien pueda!

Amigo mio...o
ResponderEliminarTendrá q venir el tío de la Vara...esto no hay quien lo arregle...
Per, ¡ animo, tu sigue haciendonos reflexionar aunque sea en plena sofoquina