Los derroteros que van tomando los distintos juicios que en nuestro país están en marcha para juzgar a los múltiples truhanes que nos han estado robando descaradamente durante años son preocupantes. En algunos se estima que el delito ha prescrito, en otros no se encuentran fundamentos para considerar delito lo juzgado, en otros se reducen las penas irrisoriamente... Se tiene la sensación generalizada de que la impunidad campa a sus anchas entre los pertenecientes a esa determinada franja social que suele flirtear sin tapujos con los difusos bordes de la legalidad vigente. A ello contribuye el que puedan pagarse abogados sin escrúpulos que buscan y rebuscan las triquiñuelas legales para absolver a sus representados a sabiendas de que son culpables. Los medios de información también hacen lo suyo, silenciando con sordina los desmanes del encausado, cuando no apoyándolo pública y abiertamente, especialmente si el medio en cuestión coincide ideológica y políticamente con el procesado. A este circo ya casi nos tienen acostumbrados tanto los leguleyos como los que se dicen periodistas; tan acostumbrados que ya asimilamos como normal lo que no es más que una aberración. Ahora bien, lo que no deja de sorprender -aunque ya no debería sorprendernos nada a estas alturas- es que muchos ciudadanos de a pie defiendan a degüello en bares, parques, jardines, terrazas y demás lugares públicos al truhan de turno con el tan pobre y patético argumento de que es un "hombre de bien que lo ha dado todo por el país y que, por tanto, merece un respeto". Y si la justicia de la calle lo absuelve con tamaño argumentario, qué va a hacer la justicia de los juzgados sino seguir los pasos de la primera...
La justicia es ciega, se han hartado de repetirnos hasta la saciedad. Pues que se lo digan a aquel anciano que iba a por orégano a su propio campo y fue sorprendido por el guarda forestal, el cual le recriminó por arrancar el orégano de un paraje natural protegido. El anciano rebatió al forestal que el arrancar orégano le venía muy bien al monte y a la perpetuación de la propia planta, pues el orégano arrancado y transportado camino de casa iba esparciendo simiente por todo el monte, por lo que la planta iba creciendo a su paso. El forestal lo amenazó con denunciarlo si continuaba en su empeño de seguir arrancando orégano del monte, advirtiéndole que era un delito contra la naturaleza, penado, si se reincidía en ello, con la cárcel.
¿Os apostáis lo que queráis a que la justicia de hoy en día mete antes en la cárcel al anciano del orégano que al truhan de las corruptelas económicas?
Si es que en este país, para algunos, todo el monte es orégano, y, para otros, no hay orégano en el monte para coger, aunque sea de su propiedad. Y a la justicia, o bien se le ha caído la venda de los ojos, o bien la han operado de su ceguera con las nuevas técnicas de cirugía ocular.
El orégano, muy apropiado para el guiso de las aceitunas.

Manolo, como siempre, real como la vida misma.
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