El irlandés Samuel Becket fue uno de los máximos exponentes del teatro del absurdo, corriente literaria que se desarrolló a finales de la primera mitad del siglo XX. Su obra, de profundas raíces existencialistas, intenta poner de manifiesto al lector lo absurdo de la existencia humana, entroncando así con la filosofía nihilista de la época.
Si Becket viviera hoy en día, a buen seguro que ya habría escrito, no una, sino varias obras de teatro a cuenta del esperpento que estamos viviendo con la pandemia de coronavirus. Mientras uno se dedican por la mañana a poner todos los medios a su alcance para evitar la proliferación de contagios, otros, por la tarde-noche, hacen todo lo que pueden para echar por tierra la labor de aquellos sin ningún tipo de comedimiento.
Por no hablar de los bandazos de nuestra clase política con tal de pisar la yugular al contrario en lugar de pisársela al bicho. El absurdo elevado a la enésima potencia vestido de traje y chaqueta y con un micrófono delante.
Se podrían poner muchos ejemplos de esto, pero si nos centramos en el sector educativo, que es donde me muevo, el asunto está meridianamente claro: mientras los docentes nos esforzamos por mantener las distancias de seguridad, conservar los grupos burbuja y propiciar una adecuada higiene de manos entre nuestros alumnos, estos, en horario de tarde, y con la aquiescencia de sus progenitores, se juntan en parques y jardines sin mascarilla, sin guardar la debida distancia de seguridad, conviviendo con amigos y amigas de otros cursos y de otros colegios de la ciudad, e incluso de fuera de ella, asistiendo a cumpleaños, a comuniones los fines de semana, etc., etc. Para luego enviarlos al día siguiente al colegio exigiendo las más estrictas medidas de seguridad para sus vástagos. La releche en polvo.
Para colmo de males, se acerca el frío; y ya la tenemos otra vez liada porque primero se envió al alumnado a la escuela y ahora se buscan las fórmulas para mantenerlos en ella con el frío llamando a la puerta y las ventanas abiertas para ventilar. No faltan propuestas de máquinas purificadoras del aire con filtros HEPA y, por supuesto, tampoco podían faltar las consabidas recomendaciones
de la autoridad educativa a propósito del frío: niños forrados de varias capas de ropa, cortavientos incluidos, calcetines polares, zapatos de suela aislante, gorros y bufandas. Un completo, vamos.
Lo crean o no, la propuesta de la autoridad educativa, además de un intento de suavizar la rasca, tiene su puntito didáctico para dar de lado un poco a las pantallas de ordenadores y tablets y centrar la acción educativa en la más pura realidad, que es lo que se denomina aprendizaje significativo, a saber:
Matemáticas: resolución de problemas del tipo "si cada uno de nosotros traemos cinco capas de ropa y nos quitamos tres, ¿con cuántas capas de ropa nos quedamos en total los miembros y miembras de esta clase?".
Lengua: narra con tus palabras -y con gestos- la riña que has tenido esta mañana antes de venir al colegio con tu madre -o con tu padre- para ponerte tantas prendas de abrigo encima.
Ciencias Naturales: calcula la temperatura exterior mojándote un dedo con saliva, sacándolo por la ventana y observando si la saliva se congela o si el dedo se pone morado.
Ciencias Sociales: recorre el centro orientándote por el plano del mismo y comprueba en qué punto cardinal sientes más frío. Argumenta por qué.
Educación Física: calentamiento consistente en quitarse y ponerse las capas de ropa en el menor tiempo posible. Coordinación óculo-manual: lanzar el gorro de lana al aire e intentar atraparlo con una sola mano mientras te quitas la bufanda con la otra. Salto a la comba con la bufanda como comba y el gorro por montera.
Religión: rezo de las oraciones más indicadas para ahuyentar enfriamientos, constipados y gripes. Confección de cordones de San Blas para protegerse la garganta.
Inglés: clothes, seasons, weather, temperature...
Plástica: coloreado de dibujos con colores cálidos para contrarrestar las bajas temperaturas.
Valores: aprender a no discutir en casa por las mañanas antes de venir al colegio por motivos de exceso de vestimenta. Empatía con las capas de ropa. Cómo aguantarse la risa ante la extraña mezcla de colores de los tres pares de calcetines del compañero de la mesa de al lado.
Afortunadamente, en las indicaciones de la autoridad educativa quitaron aprisa y corriendo y a última hora la recomendación de llevar guantes puestos en clase. Porque no habría sido posible coger ni el lápiz, ni la goma, ni, por supuesto, realizar el test de temperatura ambiente con saliva en el dedo. Un avispado asesor dio la voz de alarma: "Quitad lo de los guantes que se van a reír de nosotros".
Lo que no consigo es hacerme una idea de esos miles y miles de funcionarios del resto de la administración sentados en sus puestos de trabajo ataviados de la guisa que recomiendan las autoridades, ateridos de frío y quitándose y poniéndose capas de ropa según las condiciones termohigrométricas -¿se decía así?-. Vamos, que no me lo creo. Que estas pamplinas son solo para los colegios. Porque si fueran cosas importantes tendrían que ser para todos, digo yo.
A estas alturas del relato, Becket se retuerce en su tumba pugnando por salir y escribir su más excelsa obra del absurdo basándose en nuestra pandémica actualidad. Él, que murió "En attendant Godot" sin lograr verlo y nosotros aquí, "En attendant la COVID", medio muertos de frío antes de que este llegue o aquella nos mate. Ya veremos lo que ocurre primero. Samuel, quédate en tu tumba que se está más calentito y, además, a ti el virus ya no puede hacerte nada: sería absurdo.

Cada día, escribes más 😀😜te tengo que leer despacito.
ResponderEliminarBuen descanso el fin de semana.