sábado, 12 de diciembre de 2020

Iguales y desiguales


Los políticos sueltan cada vez más a menudo sus pensamientos en forma de píldoras que, como buenas píldoras, para nada pretenden ser inocuas, sino al contario, hacen su efecto en el imaginario colectivo intentando inocularnos sibilinamente sus ideas acerca de la gobernanza del mundo. Estas píldoras van directamente a nuestro subconsciente, como la publicidad subliminal, allí donde se alojan los posos de nuestras ideas que van conformando nuestra cultura. 

Yo no sé si algunos políticos tienen la suficiente capacidad intelectual para saber lo anterior, pero al menos lo parece, dada la cantidad de píldoras subliminales que nos lanzan a diario. El resto de los mortales nos tragamos sus píldoras de forma inconsciente, sin levantar la cabeza de ese invento del maligno que es nuestro teléfono móvil, que nos pone una especie de anteojeras que nos impiden analizar cualquier otra información que no aparezca en nuestra pantalla. 

Una de las últimas píldoras que nos han lanzado recientemente es la idea de que "no todos somos iguales ante la ley". Y nos hemos quedado tan panchos tanto los que lo han dicho como los que lo hemos oído. Y ello a pesar de que dicha frase contraviene el artículo 14 de nuestra Constitución: "Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social". Lo extraño de todo esto es que quienes lo dicen son unos declarados constitucionalistas. Entonces, ¿por qué lo dicen? ¿Qué subyace detrás de la intención de contravenir uno de los artículos más rotundos de nuestra Constitución?

El tema ha salido a colación a partir de la regularización que el rey emérito ha hecho ante Hacienda por el uso no declarado de tarjetas opacas. Parte del arco parlamentario se ha lanzado a degüello contra la Corona exigiendo el resurgimiento de la república; otros han salido en defensa de la monarquía, diciéndonos eso de que no todos somos iguales ante la ley. Ambas opiniones, por muy cargadas de razones que estén, van en contra de lo establecido en la Constitución.

Y esto da que pensar: ¿se antepone la Corona a la Constitución? ¿La Constitución está supeditada a la Corona? ¿Al rey emérito puede permitírsele todo por haber sido uno de los artífices de la transición? ¿Se debe seguir permitiendo la inviolabilidad del rey en una sociedad democrática?  ¿La república es la alternativa adecuada a la monarquía parlamentaria vigente? Alguien debería explicar todo esto abiertamente y sin circunloquios. Al fin y al cabo, los mismos que dicen ahora que no todos somos iguales ante la ley o que quieren urgentemente la república no hace mucho que juraban o prometían acatar la Constitución cuando fueron declarados diputados,  senadores o responsables de comunidades autónomas. ¿Juraron o prometieron en falso? ¿Sus declaraciones públicas pueden relegarlos de sus cargos? Muchas preguntas y pocas respuestas. Yo añadiría una pregunta más: ¿queremos vivir en el siglo XXI o continuar rememorando épocas pretéritas? 

¿Y no sería más fácil reconocer a tenor de lo que se sabe -y de lo que no se sabe, pero se imagina- que nuestro anterior rey ha metido la pata hasta el corvejón y que debe asumir judicialmente sus errores? Si no nos ponemos de acuerdo ni siquiera en esto, que parece más o menos objetivo, pues hasta el propio emérito ha pagado a Hacienda, reconociendo implícitamente que delinquió, cómo nos vamos a poner de acuerdo en presupuestos, leyes educativas, lucha contra la COVID y demás. 

En cuanto a los políticos y sus desbarres discursivos, que son muchos últimamente, yo les propondría a los científicos e inventores la creación de un artilugio detector de salidas de tono que pitase sutilmente para indicar al orador que se está metiendo en un jardín. El "Ayusómetro", podríamos llamarlo, en honor a quien lidera actualmente las estadísticas de tonterías políticas. El uso del "Ayusómetro" debería ser obligado para todo cargo público y debería llevar asociado además el deber del escolta de turno de propinar una ensalada de collejas al que insistiese en su línea argumentativa a pesar de los pitidos desaforados del aparato advirtiéndole del berenjenal en que se habría metido.

- ¡Quia ya, pamplinoso-a! -debería sentenciarse al tiempo  que se retira de un empellón al idiota de turno del estrado.

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