No me cabe la menor duda de que el conspicuo García Márquez, de seguir entre nosotros y vivir esta pandemia, hubiese reescrito el título de su famosa novela a la vista de lo que está ocurriendo con los docentes que aún no hemos sido vacunados. Y no solo el título, lo mismo hubiese reescrito la obra entera.
En ella, la figura del coronel seríamos los cientos -si no hay más de mil- de docentes que vivimos pendientes de una llamada telefónica que nunca se produce para citarnos para inyectarnos la vacuna contra la COVID. Y en ello estamos. Nos comieron el coco de que éramos trabajadores esenciales y que seríamos los primeros en vacunarnos tras los sanitarios y las personas mayores, pero a las primeras de cambio, en cuanto vinieron mal dadas, la autoridad sanitaria nos cortó los galones de nuestra esencialidad sin explicación alguna. Y ahora ya no sabemos si nos fastidia más no haber sido vacunados como el resto de nuestros compañeros de profesión o que hayamos dejado de ser de repente esenciales. Porque esa es otra: ¿todos los docentes hemos dejado de ser esenciales o solo hemos dejado de serlo los que no hemos sido vacunados? ¿Unos sí lo son y otros no lo somos? ¿De qué va esto?
Lo que está claro es que se está produciendo una clarísima discriminación entre miembros de un mismo cuerpo docente e incluso entre distintos cuerpos docentes. Al menos, mereceríamos una explicación, pero el teléfono, como el correo del coronel, no acaba de dar señales de vida. Porque a ver cómo se explica que a docentes de un mismo centro vayan pronto a completarle su pauta de vacunación, que comenzó hace ya casi tres meses, y a otros no se les haya citado siquiera para ponerles la primera dosis.
Y a ver cómo se explica también que a millones de funcionarios con tareas administrativas se les haya protegido del contagio al coronavirus ofreciéndoles el teletrabajo y restringiendo al máximo el acceso de la ciudadanía a sus oficinas, y a un gran número de docentes, que debemos trabajar de forma presencial obligatoriamente dadas las características de nuestra profesión, se nos hurte la única protección que se nos podía ofrecer: la vacuna.
Y es que da la sensación de que nos hemos quedado como en la película de Danis Tanovic, "En tierra de nadie", esperando que algún mando intermedio contravenga las órdenes de la superioridad y se decida a echarnos un cable. O que alguien haya decidido jugar con nosotros al teatro del absurdo, como bien lo reflejó Samuel Becket en su obra "Esperando a Godot", donde "los Sinvacuna" seríamos los vagabundos Vladimir y Estragon y Godot, pues ya sabéis qué.
En todas las épocas hubo señalados, aunque por razones muy diversas; a principios del siglo pasado fueron "las Sinsombrero" y ahora somos "los Sinvacuna": unas se significaron por rebelarse contra el orden social establecido y otros no significamos nada para nuestras autoridades, a pesar de haber estado durante todo el curso dando el callo con nuestros alumnos de manera presencial.
Hay cabreo entre "los Sinvacuna", pero más que cabreo hay decepción por comprobar una vez más -y van muchas- el incumplimiento de lo prometido por nuestras autoridades y la discriminación a la que se nos somete. Y esta vez no es una promesa cualquiera: esta vez es la salud y la propia vida lo que anda en juego.
Suena el teléfono. Lo miramos de reojo, pero no es un número de los largos, de los que ya sabemos que son los que dan cita para vacunarnos. No lo cogemos, no vaya a ser que mientras tanto llame el de la vacuna. Hoy tal vez no, pero a lo mejor mañana... Quizá antes de que acabe el curso... Los coroneles no pierden la esperanza, a pesar de todo.

Como siempre, la razón te asiste. Incomprensible. Y, a mi que, jubilada, me han vacunado, no siendo esencial, no entiendo nada de nada.
ResponderEliminarMás de un año de pandemia y se siguen cometiendo errores muy graves, no aprendemos o, algunos no deberían ocupar los cargos que tienen. Me siento enfadada, como dice Facebook.
ResponderEliminarQue razón tienes amigo en todo lo que escribes, El coronel estaría de tu parte pero sobretodo no pierdas la esperanza.
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