El asunto se venía barruntando desde hacía días, aunque no lo acertáramos a creer. A media tarde de ayer varias antenas de telefonía móvil colapsaron y, por unos instantes, se temió que la falta de comunicaciones diera al traste con el plan. Pero no fue así. Los móviles volvieron a recibir señal al poco y la operación bautizada como "La llamada" siguió su curso. En los mentideros de los grupos de Whatsapp docentes no se hablaba de otra cosa: la autoridad competente había dado luz verde para citar a "los sinvacuna" para inocularles la inmunización.
Fue una tarde ajetreada, pues cada cual iba radiando por Whatsapp o Telegram su llamada en tiempo real: "en mi colegio nos han llamado ya a doce"; "están llamándonos desde el número 630xxxxxxxx"; "no os despeguéis del móvil, que nos están llamando"...
Ante la inminencia de la llamada, cada cual arbitró las medidas oportunas para garantizar recibir la suya sin contratiempos. Yo, por ejemplo, desvié todos los teléfonos de mis familiares más cercanos al mío: me pasé media tarde explicándole a mi madre y a mi suegra cómo hacerlo. Y ahora que ya me han llamado para vacunarme no saben cómo anular el desvío de llamada y mi móvil no deja de sonar; lo mismo hablo con mi tía la de Barcelona, que no recordaba ni su nombre, que con la vecina del cuarto del bloque de mi suegra, que se ha quedado sin sal y quiere que le suban un poco. Un amigo se pasó toda la tarde con el móvil en la mano, bloqueándolo y desbloqueándolo constantemente, esperando la llamada y, sin darse cuenta, se fue quedando sin batería y, cuando la recibió, el teléfono se le apagó justo en el instante en que le iban a decir la hora del pinchazo. Se ha quedado traumatizado, pues no consigue que le digan la hora por muchos intentos que ha hecho tras recargar el móvil. Así que ha decidido acampar en tienda de campaña en las traseras del hospital donde ponen la vacuna para ser el primero mañana en acudir y, si hace falta, quedarse allí hasta que le toque.
Anécdotas ocurrieron por doquier, como la de la interina de Infantil que estaba en el baño justo cuando le sonó el teléfono y, con los nervios, se le cayó directamente al inodoro, de donde no dudó en recogerlo sin ningún tipo de escrúpulos escatológicos a pesar de haber hecho ya todo tipo de aguas: todo sea por la vacuna. O la del maestro itinerante de Música de un C.R.A. que, obsesionado con que lo llamarían al móvil, intentó por tres veces coger la llamada en su celular cuando en realidad lo que sonaba era su teléfono fijo: menos mal que una colleja de su mujer tendiéndole el teléfono correcto lo sacó de su error a tiempo de coger la cita.
O aquella otra a la que se le cayó el teléfono varias veces de las manos mientras atendía la llamada porque se intentaba remangar la camisa mientras le daban cita:
-Que eso es mañana, señora, le reconvino la operadora ante tanto ruido telefónico; hoy solo tiene que memorizar la cita.
Había ganas de recibir esta llamada especialmente. Tantas, que lo hemos voceado a diestro y siniestro: ¡que me han llamadoooooo! Y nunca nos han dado más aplausos virtuales que ahora:


Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarMuy buena descripción de la realidad actual. Mi móvil tampoco dejó de vibrar. El grupo de monitoras de comedor, que aún no habían sido vacunadas, fueron llamadas.por fin👏👏👏
ResponderEliminarEnvio esos saludos virtuales al autor de este texto tan significativo. Yo si creo en los milagros y apesar de este ostracismo vacunal...animo y adelante , ¡los maestros somos únicos!...
ResponderEliminar
ResponderEliminarManuel, como siempre, genial y certero.