A las tres de la tarde
de un domingo cualquiera
el volcán de su sueño
de repente despierta.
Por su boca incansable
fuego, cenizas y piedras
arroja montaña abajo
arrasando sus laderas.
Los palmeros hoy no han podido
dormir reposados la siesta
y toda su vida en minutos
meten en una maleta,
que arrastran desconsolados
sin saber dónde ponerla.
Con un grito en la garganta
y el rastro de lágrimas secas,
sus rostros lo dicen todo:
sus rostros son un poema.
Cientos de futuros inciertos,
cientos de vidas deshechas,
cientos de sueños rotos
por la fuerza de la naturaleza.
Reminiscencias atávicas
de los dioses de la Tierra
pasan por sus mentes
buscando alguna respuesta
que todavía no ha dado
ni tan siquiera la ciencia.
El dolor los consume
y la pena les anega
el corazón destrozado
por perder su vida entera.
Los palmeros se refugian
en la solidaridad verdadera
que les ofrecen los vecinos
que no perdieron sus tierras.
El futuro es impreciso,
al futuro ya lo esperan;
no se resigna el palmero,
aunque sabe que se enfrenta
a la dura reconstrucción
a partir de una maleta.

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