Cuando creíamos que lo habíamos visto todo en esta deriva de guerra de guerrillas en la que está inmerso el país en materia política, salta a la palestra el ínclito Mario Vargas Llosa para intentar aleccionarnos acerca de cómo, según él, hay que "votar bien". Dice el premio Nobel de literatura que es más importante votar bien que tener la libertad para votar al partido que cada cual considere oportuno. En ningún momento ha definido qué es votar bien, ni, por supuesto, ha fijado los criterios en que se basa su afirmación. Sólo se ha limitado a apoyar públicamente a un determinado partido político; no sabemos sin con eso nos está mostrando tácitamente a qué partido votar si queremos, según él, "votar bien". Y se ha quedado tan pancho.
Mire usted, señor Vargas Llosa, a estas alturas de la película no creía yo necesario explicar lo que no es más que una torticera y espuria tergiversación por su parte de los principios democráticos que tenemos ya bien consolidados y que gente como usted pretende alterar con un claro y peligroso interés electoralista y populista con sus declaraciones públicas. El derecho a votar a quien cada cual estime oportuno es un derecho objetivo e inalienable. Punto. Faltaría mas. En cambio "su votar bien" es tan subjetivo como el gusto por los colores. Su "votar bien" puede ser para otros "votar mal", igual que el voto de esos otros puede ser para usted una gran equivocación. Pues muy bien, así es la democracia y así nos hemos dado las reglas para respetar lo que la mayoría libre y democráticamente vote, aunque a otra parte de la población no le guste lo votado por esa mayoría. No intente usted cambiar esas reglas, tergiversando y empantanando el discurso democrático, amparándose en la cobertura mediática que le ofrece su premio literario.
Usted podrá ser un brillante premio Nobel de literatura, pero eso no le da derecho a faltar al respeto a los valores democráticos.
Nos sobran charlatanes que intentan confundir a la población con su palabrería interesada. Y, sobre todo, nos sobran trileros en materia política.
El ser un Premio Nobel de Literatura sólo es garantía de que es muy bueno en lo suyo, que es escribir novelas, pero de nada más. Siempre ha sido un clasista reaccionario. Ni en su país le quieren. A estas alturas ya sólo está para salir en el papel "couché" junto a su también ínclita esposa y para protagonizar algún derrape neuronal como el que acaba de protagonizar.
ResponderEliminarMuy acertada tu entrada, Manolo.