¡Albricias, majestades! No dejan de sorprenderme año tras año con su inmensa generosidad y
que este concretamente, con la que está cayendo en forma de pandemia, se atrevan
a ponerse en marcha con el reparto. Cuídense y no se quiten para nada sus
mascarillas, miren que ya tienen una edad y el virus acecha en cada recodo del camino. Imagino que ya habrán recibido la tercera dosis de la vacuna, pero aún así, hay que ser precavidos.
En fin, aquí
seguimos, instalados en nuestra triste sociedad material, que, sarcásticamente,
hemos bautizado como la del bienestar, término que siempre se me antoja
incompleto, pues a mi juicio le faltaría añadirle aquello de “a costa del
sufrimiento ajeno”. E inmerso en su vorágine, que a veces anula el
entendimiento y la capacidad de discernir, no puedo evitar caer de nuevo en la
tentación de dirigirles mi misiva en busca de los acostumbrados presentes. Este año
he decidido solicitarles regalos menos materiales, aunque no por ello menos
importantes de cara a la consecución de encontrar el camino hacia la felicidad,
pues ya se sabe que a lo único que se puede aspirar es a recorrerlo,
que no a alcanzar su etéreo destino. Por eso, uno que nació allá por la última
década en que el carámbano todavía cuajaba en los recipientes expuestos al
recencio durante el invierno y que se crio envuelto en la austeridad que
imponía la escasez -que es el mejor antídoto contra el derroche, dicho sea de
paso, aunque nos duela- no querría abusar de su ya universalmente aceptada
generosidad, por lo que he decidido reducir mi lista de regalos a estos pocos,
verbigracia:
-A los niños y niñas de acá no les traigan ningún regalo: ya se asumirá
como se pueda el azote en forma de traumas que sus padres y algunos psicólogos,
psicopedagogos y demás pelagaitas de dudosa credibilidad -a los creíbles los
excluyo, que a buen seguro coincidirán conmigo- intentarán inflingirme por mi
petición. Traumas tan irrisorios que sólo existen en
nuestras acomodadas mentes adultas y que son transferidos a la de los infantes
toda vez que se explicitan cacareados por doquier, pregonados a bombo y
platillo entre una muchedumbre aborregada que no se para en analizar la veracidad de los mensajes que le llegan.
A cambio de privarles de sus acostumbrados regalos, tengan a bien concederles
uno de mayor enjundia, como es la capacidad de apreciar y de disfrutar de los
incontables que ya tienen, que a buen seguro me lo agradecerán, si no ahora,
quizá cuando tengan un poco más de uso de razón. Por cierto, si ya tuvieran
cargados sus camellos, cosa más que probable dadas las fechas que son, cambien
el rumbo de su expedición y diríjanse a aquellos hogares donde, no ya la
presencia de ellos, sino el significado mismo de la palabra regalo es
desconocido por sus moradores. Seguro que les recompensarán con la mejor de sus
prontas sonrisas.
-Para los
papás y mamás de acá sólo pediría un poco de paz y tranquilidad para sus vidas,
que parezca que vivan atormentados por el trajín que impone la vida moderna,
cosa que no parece que sea nada sana para la salud ni para el disfrute. Porque
ese estrés, que es el esnobismo con el que ahora denominamos a lo que siempre se
han llamado prisas, no los deja centrarse consigo mismos, que es la mejor forma
de no ser feliz y de andar siempre malhumorados.
-Para los
papás y mamás de allá os pido que los dotéis de la fuerza, la entereza y la
salud suficientes para afrontar sus problemas diarios, que no son pocos, y que
sería prolijo enumerar aquí, así como que evitéis que caigan en la
desesperanza, a pesar, ya sé, de la poca luz que se ve al final del túnel.
-Para nuestros gobernantes, os pediría grandes dosis de humildad y humanidad,
que dejen de enzarzarse en guerras económicas y de poder, que no suelen sino
incrementar los males del mundo y el sufrimiento de quienes las padecen y, por
contra, se dediquen con todas sus fuerzas a llevar a cabo políticas más justas,
más solidarias, más centradas en las personas y menos en el vil metal, que, si
así lo hacen, a buen seguro que vivirán con menos remordimientos y con la
conciencia del deber cumplido. Y si no fuera mucho pedir, hagan el favor de
hacerles entender que son unos tristes mortales más, que pareciera al escucharlos que hubiesen encontrado la Piedra Filosofal: que
no, que se van a terminar muriendo igual que todos y no van a poderse llevar ni
su peculio ni su poder allá donde vayan a parar sus huesos.
-Por último, si pueden hacer algo por este asuntillo de la pandemia: algún fármaco curativo, alguna fórmula magistral que atonte al bicho y deje de importunarnos... Entiendan que esto va ya para dos años y la cosa cansa. En fin, a ver qué pueden hacer.
Gracias de antemano por su tiempo y buen reparto.
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