Puede ocurrir que las susodichas se hayan agotado en cocina, a pesar de exhibirlas en el menú, y haya que recurrir al proveedor de urgencias de turno para que, a la mayor brevedad posible, nos las suministre. Y también puede ocurrir que este no disponga de ellas y se tenga que recurrir al mercado negro para no quedar mal ante uno de los mejores clientes; mercado en el que tampoco hay ni rastro del producto ante la avalancha internacional de demanda del mismo, por lo que no quedará más remedio que acudir a la típica jugada mafiosa de desviar de destino un cargamento, ya pagado, que iba rumbo al puerto de Bristol, descargarlo del barco, transportarlo en camiones hasta el continente y vuelta a descargarlo y volverlo a cargar en tren para traerlo a nuestra patria, y así satisfacer las necesidades de este cliente tan preferente por el que se hace esto y mucho más.
Ante tanto vaivén de carga y descarga, no es de extrañar que el producto llegue deteriorado, así como que no sea de la calidad requerida en un principio, ya que la finalidad de traer el producto a toda costa y lo más rápidamente posible condena a un segundo plano el requisito de calidad.
Tampoco es de extrañar que, ante tantos intermediarios, piratas del mercado negro, mafiosos de guante blanco y demás traficantes y contrabandistas que quieren sacar tajada por su trabajo, cuando se pida la cuenta, esta sea más abultada que de costumbre. El que paga hace un amago de reclamación del importe, pero el que cobra muestra la carta y, al lado del producto consta el consabido S/M (según mercado), y esta vez el mercado estaba por las nubes. Por lo que no queda otra que encogerse de hombros y abonar la estafa.
Una vez pagado y puesto en las fauces, se constata que los cubrebocas ni tan siquiera reúnen los estándares mínimos requeridos para evitar que el bicho penetre por los orificios buconasales, pero ya es tarde, la mascarada ha sido pagada y los enmascarados se han embolsado la guita. Además, cómo reclamar al dueño del restaurante, si siempre te consigue la mejor mesa y el mejor producto en cuanto levantas el teléfono. Pero es que además es tu primo y, claro, a la familia se le protege, no se le toca ni un pelo. Mejor dejar correr el asunto, que por una vez no pasa nada. Si al fin y al cabo el dinero no ha salido de tu bolsillo: lo has pagado con la Visa de la empresa. Un tupido velo. La patria sabrá perdonarte este pequeño desliz. Los tuyos te dirán que, si sale a la luz el asunto, recurras a la vieja estrategia de asegurar con cara compungida, seriedad impostada y voz segura que tú eres una víctima en este escarnio, que has sido estafado con malas artes, para terminar asegurando que eres un patriota de rompe y rasga, que lo das todo por tu país cada día.
Y, por último, te reconfortarás recordando lo bien que te tratan en este restaurante, que nunca te engañan, que esta vez ha sido una excepción por lo revuelto que anda el mundo, que siempre te avisan cuando el producto no es de la calidad que se le presupone, como cuando pediste no hace mucho tiempo "¡Una de patriotas!" y el camarero, antes de decir "¡Marchando!", te advirtió al oído que el producto era de criadero, que los de mar abierto y pescados con anzuelo ya escasean por el cambio climático, pero que el precio marcado en el menú era abultado para que los clientes picaran y creyeran que consumían lo que en realidad no era. Y tú decidiste seguir el juego y pagar por "lo que no era" con tal de contribuir al sistema, aunque se te quedara una cara... que no consigues disimularla ni tapándotela con la mascarilla defectuosa que el pícaro comisionista, a través de un primo tuyo, consiguió metérosla doblada hasta el corvejón.

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