jueves, 7 de abril de 2022

Striptease facial

Ya nos han avanzado que el próximo diecinueve de abril nos podremos quitar la mascarilla en interiores y ya está el lío montado otra vez: unos porque no se la quieren quitar ni que se la quiten los demás; otros porque consideran que se debería haber quitado ya; y otros porque están que muerden, tanto si se la quitan como si se la dejan puesta. Y es que cualquiera gobierna a esta jauría en la que nos hemos convertido con o sin bozal. 

Al margen de polémicas, lo que sí nos vamos a sorprender es con las nuevas caras y situaciones que nos encontraremos una vez que hagamos nuestro striptease facial. Unos que tenían barba, ya no la tendrán, o viceversa; a otras les habrá crecido pelusilla en el bigote porque han descuidado la depilación con la mascarilla puesta; unas aparecerán con los dientes perfectos porque se han hecho la ortodoncia mientras ha durado lo del cubreboca; a otros les habrán salido granos por todo el rostro como reacción alérgica por haberlo tenido tapado; unas nos parecerán más feas sin el atributo que con el atributo que se retira; otros nos parecerán más guapos; unos nos parecerán más listos que antes, pues con el bozal no abrían la boca y ahora nos deleitan con sus palabras; en cambio otros nos parecerán un plomo porque andan desatados con la liberación bucal. A otros a lo mejor nos cuesta reconocerlos, o tal vez no queramos hacerlo... En fin, es lo que tiene esto de taparse parte del rostro durante más de dos años.

Los que sí presiento que van a hacer su agosto son los psicólogos de turno. Ya inventaremos un nuevo trauma con esto de la retirada total de la mascarilla. Yo lo bautizaría como "el síndrome de bocalaire". Los síntomas se van poco a poco inventando y lanzándose a las redes sociales, que actúan como altavoz, y, en breve, un montón de gente afirmará padecerlos. Por ejemplo, uno de los síntomas podría ser ansiedad ante la sensación de desprotección frente al bicho; otro síntoma: fobia a mostrar el rostro a los demás; otro: el no poder combinar el color de la mascarilla con el del jersey; otro más: sensación de violación de la intimidad facial; y aún puede ser peor: trastorno obsesivo al intentar comprobar cada dos minutos de forma compulsiva si se lleva o no bien ajustada la mascarilla y frustración al comprobar que ya no se lleva. Un filón para los psicólogos. No habrá psicólogos suficientes para atender a tanta pamplina de tanta persona angustiada por el fin de las mascarillas.

Otros -pocos- también andarán angustiados por el fin de los bozales, pero por causa bien diferente: ya no podrán seguir obteniendo pingües ganancias siendo conseguidores de mascarillas chinas de mala calidad para la administración autonómica donde su cuñado es jefe del servicio de suministros. Estos no irán al psicólogo: se agarrarán a otro producto con el que seguir estafando al erario público sin dar palo al agua.

Por comunidades autónomas, la cosa también anda regular: mientras unas hubieran quitado la obligación de llevar mascarillas hace meses para darle la manida libertad al personal, otras, en cambio, consideran que la decisión es aún precipitada. Y ahí andan, a la gresca, incluso comunidades gobernadas por el mismo partido no se ponen de acuerdo con el tema de las mascarillas y tienen unas discusiones de narices -y nunca mejor dicho- ante su retirada.

Siempre se dijo que una retirada a tiempo es una victoria, pero no sé si este es el caso. El intríngulis está precisamente en el tiempo: ¿es tiempo de retirarlas o estamos a tiempo aún de mantenerlas y seguir evitando el contagio? Malos tiempos para las mascarillas, que diría el poeta.

El que sí se retiró hace ya tiempo de la primera línea fue Fernando Simón, aquel señor -ya casi no nos acordamos de él- que salía a los ruedos a darnos el parte pandémico y que no había mascarilla que lo protegiera de un buen baño de aerosoles en forma de críticas dijera lo que dijera. Pues dejó de salir y ya nunca sabremos su opinión sobre la retirada de las mismas en interiores. Su interior a buen seguro que lo tiene mucho más relajado ahora que cuando daba las famosas ruedas de prensa sobre el coronavirus.

Cómo un simple aditamento facial ha podido dar para escribir tantos renglones de opiniones diversas, la mayoría de las veces encontradas, cuando no deliberadamente tergiversadas. Y es que a veces escribimos con renglones torcidos: seguramente las mascarillas nos empañan las gafas y no nos dejan tener una correcta visión. A lo mejor es hora de irlas retirando. O no. El striptease facial está a la vuelta de la esquina y no todo el mundo ve con buenos ojos la impúdica desnudez del rostro que se avecina, ni la propia ni la ajena. Para contentar a todo quisque yo propondría hacer zonas de enmascarados y zonas de desenmascarados. Así sabríamos, por lo menos, a qué atenernos. 

1 comentario:

  1. Pues yo soy de las que creo que es demasiado pronto. En Extremadura llevamos varias semanas con unas cifras de fallecidos por covid que no son para darnos estas alegrías.Ni me planteo el quitármela ( y no por los motivos que das, sino porque el miedo al contagio puede conmi. go. No está la salud para bromas ni experimentos, porque eso es lo que es... un experimento. De hecho, los expertos descartan la eliminación en centros asistenciales, en el transporte público y ( ¡ oh sorpresa!) en los centros sanitarios, justamente donde trabajan los suyos. En el resto de edificios de uso público y en las aulas (masificadas), valor y al toro.

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