miércoles, 22 de junio de 2022

La tortura del exministro

La lectura bíblica del día en la liturgia de la palabra era del Santo Evangelio según San Juan (1,1-18). El sacerdote, con su voz engolada, derramó su discurso sobre los asistentes: "En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios. Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres..."

El exministro se removió en su asiento, bien escogido en un lugar discreto del templo, apartado de las miradas de los curiosos, sobre todo tras la aparición de esos dichosos audios comprometedores. Se inclinó sobre su mujer, dejando ver sus encaracolados rizos en la nuca, marca de su clase social e ideología, y le susurró al oído:

-Tenía que elegir precisamente esta lectura. ¡Joder, él sabe que hoy venía a la iglesia para confesarme tras la misa! Y tiene que elegir esta lectura que habla del verbo, de la palabra, justo por lo que se me está ajusticiando públicamente, porque un cabrón decidió grabar mis palabras de forma ilegal.

-Jorge, cálmate y guarda la compostura y atiende a la misa, que está todo el mundo pendiente de nosotros, coño -fue la tajante respuesta de su mujer.

Pero la cabeza del exministro era una jaula de grillos. Miles de fogonazos venían a su mente al mismo tiempo, martilleándole las sienes. "¿Y si, además de esos audios, ha grabado también todo lo demás?" era el pensamiento recurrente del exalto cargo de Interior. Sudaba. Su elegante traje azul oscuro evitaba que se viera su abundante transpiración, pero él la notaba a borbotones, resbalando por su piel, con la incómoda sensación de una pegajosa y fría membrana añadida.

La misa transcurrió con su monótono ritmo habitual. En un momento dado, el móvil del exministro emitió las primeras notas del himno de España: era un whatsApp que le acaba de llegar.

-¡Por Dios, Jorge! ¿quieres poner el móvil en silencio? -lo recriminó su mujer.

El exministro echó mano de su móvil y, en un desliz, pulsó sobre el vídeo que acababa de recibir en su teléfono, cuyo audio atronó en medio del silencio del templo. Con los nervios, el móvil terminó en el suelo desgranando todo el contenido de la grabación en la que se le oía confabular con el mayor espía de toda la historia de este país:


Fue su mujer la que tuvo que agacharse a recogerlo y, con una sonrisa llena de dientes lanzada a los feligreses, que contenían la risa y el asombro ante la mirada furibunda del oficiante, manipuló hábilmente el aparato y lo dejó mudo.

-¿Podemos continuar con la palabra de Dios? -intervino el sacerdote recalcando y silabeando la palabra "palabra".

El exministro ya no sudaba; se había convertido en un charco de sudor en el que navegaba un hombre. Pero tirando de años de oficio y saber estar, supo recomponerse, al menos exteriormente, pues interiormente el totum revolutum en que se había convertido su cabeza volvió a las andadas. Al menos, pensó, mis contactos en las altas esferas han hecho su trabajo y han conseguido que nuestros medios afines no saquen en primera página la noticia de los audios; solo esos periodicuchos  socialcomunistas  la han sacado a bombo y platillo. Pero, ¿quién hace caso ya a esos tendenciosos de extrema izquierda? Esto no va más allá de unos cuantos días de fuegos artificiales en la prensa -se intentaba autoconvencer.

Ensimismado en sus pensamientos se olvidó de ir a comulgar. Su mujer le dio un codazo para recordárselo, pero él le aclaró:

-No... no puedo comulgar sin antes confesar la culpa que arde en mi interior.

Y a ello se dirigió cuando terminó la misa. Dejando salir a todos los feligreses, que lanzaban al matrimonio miradas a hurtadillas, el exministro se deslizó hasta la sacristía, donde el sacerdote estaba ya guardando la casulla, la estola y el cíngulo en un armario.

-Ave María Purísima -dijo el exministro a modo de saludo.

-Sin pecado concebida -contestó el cura, que lo estaba esperando tal y como habían acordado-. ¡Anda que, menudo espectáculo habéis dado durante la misa! -lo amonestó.

-Perdón, padre, son los nervios -se disculpó el exministro.

-¿Qué tienes que confesar?

-Mentí en Sede Parlamentaria, padre.

-¿Eso es todo? -inquirió el sacerdote.

-Eso es todo, padre -respondió lacónicamente el exministro.

-No es tan grave. Entonces Ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti.

-Gracias, padre. ¿Y mi penitencia?

-Te la envío por whatsApp. Te va a emocionar.

-Como usted lo vea, padre. Gracias otra vez.

Reconfortado, el exministro salió como un hombre nuevo y limpio del templo; su mujer lo esperaba en un banco de la plaza cercana. Cuando iba hacia su encuentro, los conocidos acordes del himno nacional sonaron de nuevo en su móvil. La penitencia del cura no se había hecho esperar:




Mientras leía el whatsApp del cura, un nuevo mensaje entró en su teléfono:


-¿Pero qué puta tortura es esta? -exclamó el exministro lanzándole el móvil a su mujer para que viera por sí misma los mensajes.

-Las cloacas del Estado, cariño, cuyo olor persigue a uno aunque haya salido de ellas.

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