La deriva en la que ha entrado la enseñanza no es casual, sino más bien el resultado de unas políticas y de una evolución de la sociedad en la que se ha puesto en el centro al niño, cosa que no es nueva, ni estaría mal si no fuese porque últimamente se está haciendo de forma totalitaria, poniendo al niño no solo en el centro de su aprendizaje, sino en el centro de todo, lesionando así gravemente la equidad que debe regir en ese difícil equilibrio de derechos y deberes de los distintos pilares que conforman la educación: padres, alumnado y profesorado. Este paidocentrismo a ultranza está originando no pocos problemas en las aulas, donde gran parte del alumnado se comporta de forma displicente y melindrosa, por decirlo de forma suave, agitando la bandera de sus archicacareados derechos, olvidando de forma ostentosa sus deberes y el respeto a los derechos de compañeros y profesores. Gran parte del profesorado anda desmotivado porque ni sabe ni tiene herramientas para atajar el descontrol de las trincheras en que se han convertido sus clases, en las que no se sabe por dónde vendrá el próximo disparo de los francotiradores de enfrente. Tampoco ayuda la nefasta actitud de muchos padres, que defienden a capa y espada a sus impúberes vástagos, a sabiendas a veces de no tener razón, con tal de denostar y hacer hincar la rodilla al cuerpo docente y, de paso, no crear un trauma al que siempre se sale con la suya.
Si las familias no ayudan, qué decir de la administración educativa, que da por defecto muchas veces por verdadera cualquier reclamación presentada contra un docente aunque no haya evidencias demostradas de la veracidad de la misma. ¿Qué tipo de equidad es esta en la que para poner una mínima sanción a un alumno por una falta probada se le exige al cuerpo docente un buen legajo de informes, audiencias y reuniones varias, mientras que la queja de una familia acerca de un profesor se investiga ipso facto sin necesidad alguna de pruebas?
La justicia, evidentemente, imbuida de este totum revolutum paidocentrista, en el que todo se soslaya si la falta procede de una de las partes - el alumno-, no solo no ayuda, sino que, en cualquier litigio en el que esté involucrado un menor, sentencia casi siempre en favor del interés superior de este, cosa que no está mal como filosofía garantista hacia el más débil, pero que en la práctica no resuelve nada y se da la sensación de impunidad, ya que si las fechorías de un menor no son acordes con las normas establecidas, habrá que tomar alguna medida, al menos contra quienes son los responsables legales de su mala educación, para así atajar la problemática; y ahí es donde el sistema hace aguas: todo se diluye derivando el asunto a unos servicios sociales desbordados por las circunstancias que poco o nada pueden hacer.
Así las cosas y en vista del fracaso escolar existente y de la dificultad en enderezarlo, la administración educativa se saca de la chistera el conejo de la promoción o la titulación sin haber aprobado materias. Y ahí es donde el profesorado siente en su nuca la puntilla del descabellamiento: porque en teoría, la idea puede tener su punto de buenismo y de dar salida laboral al que no quiere estudiar, pero en la práctica la pregunta que se hace el docente es que para qué sirve su labor en un sistema educativo en el que todo da lo mismo: estudiar, no estudiar, comportarse con educación, no tener educación ni para comportarse, esforzarse, pasar de todo y hasta afrentar al profesorado en público sin que al sistema le crujan las cuadernas.
Nadie sabe si el péndulo ha llegado al final de un extremo o todavía le queda recorrido hasta él. Mucho no le debe quedar, a tenor de las circunstancias. Cuando lo haga, con seguridad volverá a gran velocidad en sentido contrario llevándose por delante cualquier atisbo de sentido común y de equilibrio y entonces veremos si el personal soporta el envite.
Lo que sí está claro es que este paidocentrismo papanatas no está dando los resultados esperados. Es más, igual hasta los resultados son negativos en el corto o medio plazo, si no lo son ya. ¿Lo mantenemos o nos acogemos a una nueva teoría que, mientras se prueba o no, nos deja jubilarnos sin sobresaltos y con un poco de dignidad?

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