miércoles, 29 de junio de 2022

Lleno, por favor

Los usos y costumbres que hemos tenido durante mucho tiempo han comenzado a cambiar por la fuerza de las circunstancias. Una de esas circunstancias ha sido, evidentemente, el encarecimiento del coste de la vida en general, y, de manera particular, los productos básicos, los combustibles y la electricidad.

El otro día, sin ir más lejos, llegué a la gasolinera a repostar con el depósito casi vacío y le pedí al empleado un "lleno, por favor"; el empleado enchufó la manguera en el depósito de mi coche y se fue a atender a otros clientes mientras yo me quedaba relajadamente mirando como pasaban los litros y los euros en el contador. De repente, mi relajación cesó cuando observé que el importe superaba los setenta y cinco euros y aquello no paraba de aumentar. Llamé con grandes aspavientos al empleado gritándole que cómo se paraba aquello, que ya no lo quería lleno, que el asunto se me iba de presupuesto. Por mucha prisa que se dio el empleado en acudir a mi llamada, la cosa superó los noventa euros, causando un estropicio en mi economía semanal. Y entonces recordé melancólicamente aquellos días en que daba igual que el combustible subiera de precio, pues siempre echábamos veinte euros y no pasaba nada. Y deseé un cambio a un combustible más respetuoso con el medio ambiente, más económico y, sobre todo, menos generador de conflictos y de desigualdades mundiales.

Otro aspecto que también ha cambiado es el nivel de llenado de los carros de la compra. Antes, cuando éramos ricos, se veían carros atestados de productos nada saludables; ahora, los carros van a medio llenar y, por lo menos, los consumidores llevan menos productos nocivos que llevarse a la boca. En eso hemos salido ganando con esta crisis: está claro que no necesitábamos consumir tanto producto procesado. De lo que sí necesitamos llenar nuestras despensas es de productos ecológicos y de proximidad, que reactiven la economía local y eviten el transporte de larga distancia.

Otra cosa que siguen llenas, incluso más que antes, son las terrazas de los bares, que por cierto empezaron tímidamente a invadir las aceras y, al calor de esa falta de intervención que propugna el neoliberalismo que empapa la sociedad, han terminado adueñándose de ellas, impidiendo la libre circulación de las personas, como sucede en otras partes del planeta bien localizadas. Además de ocupar las aceras a sus anchas, se ha puesto de moda reservar mesa hasta para tomarse una cerveza, por lo que, a determinadas horas del día y de la noche, es casi imposible decidir sobre la marcha tomarse una si te encuentras de repente con un amigo, pues lo que no encontrarás seguramente sea sitio para sentarte a charlar con la cerveza por delante. Igual estamos ahorrando en combustible y productos ultraprocesados para dedicar ese ahorro al refrigerio y así apoyar a la hostelería a subsistir, perdonándole incluso la invasión de las aceras. Tengo mis dudas que en la mente del personal esté esto último, pero si es una consecuencia de la subida de los precios de combustibles y alimentación, bienvenida sea la tendencia. Pero, vamos, que no me cuadra del todo el asunto, pues los precios en hostelería también andan subiendo bastante. Quizá solo sea una cuestión de prioridades, sin más.

Llenas, según dicen, van a estar las playas y los lugares de vacaciones este verano, pues tras dos años de pandemia, y una vez la población vacunada casi en su totalidad, se prevé una estampida, ya que nos vienen advirtiendo que será el último que lo podamos hacer masivamente por la profunda crisis que se avecina debido a la guerra de Ucrania. La gente, al parecer, no quiere seguir la moraleja de la cigarra y la hormiga -aquello de guardar para cuando no haya- y se va a lanzar a un verano desaforado de salidas y dispendio como si no hubiera un mañana. Somos así, no hay término medio, o nos quedamos en casa aplaudiendo a los sanitarios sin salir a nada por miedo al COVID, o nos olvidamos de los aplausos, los ponemos a parir por las colas en los Centros de Salud, que no son achacables a ellos, y permanecemos en casa lo justo para dormir porque le hemos perdido el miedo al virus. 

Lo que sí llenamos son las redes sociales con nuestras críticas a diestro y siniestro. Dichas  redes se han llenado de doctores en todología, pues entienden de todo sin haberse formado nunca en nada, arrojando improperios malsonantes, burdos y groseros, llenos de faltas de ortografía y, lo que es peor, faltos de argumentos serios. Toda una invasión de mediocridad de la más baja estofa.

Y es que, igual que los depósitos de los coches, los carros de la compra, las terrazas de los bares, las playas y hoteles o las redes sociales, hay veces que vemos la botella medio vacía y otras medio llena, tanto en un sentido como en otro, según de claro u oscuro nos lo vaya poniendo el vaivén de las noticias o, lo que es peor, de los influencers de turno. Esperemos que la botella no se rompa un día de estos y ya no esté ni llena ni vacía, sino, simplemente, rota.

Mientras tanto, lleno, por favor, no vaya a ser que mañana tenga que vender el coche y no tenga ni para echarle gasolina, dirán los que piensan como la cigarra; yo, por si acaso, voy a guardar un poco como la hormiga, no vaya a ser que el invierno sea crudo. 

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