Acabados los embriagadores y multitudinarios fastos por el funeral de estado de la que fuera reina del Reino Unido, despedida en olor de multitud (prefiero lo de loor de multitud, pero parece ser que es incorrecto), izadas las banderas hasta arriba tras el luto oficial y olvidado, si se ha podido, el aturullamiento televisivo en torno al evento, procede realizar un análisis, aunque sea somero, al respecto.
Y es que una parte de la población no acaba de ver esto de la monarquía en pleno siglo XXI. Rechina, como rechinaría un engranaje oxidado y obsoleto si intentáramos ponerlo en marcha tras años de desuso a la intemperie. Y el chirrido no es tanto por el boato anacrónico en el que se envuelve, como por la confrontación de su esencia con los más básicos principios de cualquier democracia al uso. Ya sabemos que realidad e idealismo no suelen ir de la mano, pero en lo tocante a la monarquía, el principio en que se basa la realeza choca frontalmente con uno de los pilares de una sociedad avanzada. Este pilar básico es un derecho fundamental recogido en cualquier Constitución de un país moderno, el cual establece que todas las personas somos iguales ante la ley. Y una monarquía se pasa por el arco del triunfo tanto este derecho fundamental como los principios de igualdad, mérito y capacidad para acceder a cualquier cargo público, ya que el cargo de rey o reina se obtiene por "derecho de bragueta", que dijo el otro, es decir, "por ser hijo de...", que es lo mismo que decir "por ser vos quien sois", lo cual contraviene claramente los principios de igualdad, mérito y capacidad antes referidos. Pero es más, es que al rey se le aplica también el principio de inviolabilidad, que según el Derecho más básico debe entenderse como el privilegio en virtud del cual, ciertas personas, en este caso el rey o la reina, no están sujetas a responsabilidad penal alguna mientras ocupen su cargo. Es decir, que nacen con el cargo bajo el brazo y pueden cometer los desmanes que deseen, que no podrán ser castigados por ello. Tienen, pues, carta blanca y privilegios, muchos privilegios. Y lo saben y no lo ocultan; en cuanto tienen la menor oportunidad no la pierden para demostrarlo y marcar distancias con la plebe, que, según ellos, juega en otra categoría. Ejemplos pueden ponerse, pero no hace falta, pues el imaginario colectivo los tiene perfectamente localizados, bien sea porque se está a favor o en contra de la institución.
Todo esto todo suena a vestigios o reminiscencias medievales de los tiempos de maricastaña, que en el caso de nuestro país se aceptaron en su día como algunas veces se acepta pulpo como animal de compañía, es decir, como un mal menor.
Y es que una monarquía presupone para un país que, desde el nacimiento de sus componentes, unas personas son superiores a otras, unas mejores que otras, que hay clases de gente, vaya. Ideológicamente, esta presunción no se sostiene ya en términos democráticos.
Por todo esto, es difícil de entender que una muchedumbre asuma el rol de súbditos como principio de sus vidas sin hacerse ningún tipo de planteamientos más allá de una entrega abnegada a la causa, basada más en sentimentalismos lacrimógenos que en la necesaria reflexión que merece el sentido de la existencia de la institución monárquica en nuestros días.
Todas estas reflexiones, y no otras, son las que deberían surgir a raíz del fallecimiento de Isabel II, que en paz descanse, y no la reacción que tanto en su país como en muchos otros ha generado su muerte.

No hay comentarios:
Publicar un comentario