martes, 1 de noviembre de 2022

El chacachá del tren

Mira que ha habido -y sigue habiendo- paradas intempestivas del presunto AVE extremeño en medio del campo o en la estación de cualquier ciudad o pueblo, pero nunca, ni la policía ni, por supuesto, ningún subdelegado del gobierno se acercó a acompañar a los sufridos viajeros que, sin agua, en pleno agosto o en el frío enero, se veían obligados a permanecer dentro de los vagones sudando la gota gorda o a surcar los campos, maleta en mano, a dos grados de temperatura y el campo lleno de escarcha. Y eso que los pasajeros no tenían culpa alguna de su apeo del tren, achacable solo a la mejorable calidad de las infraestructuras y de los propios trenes; pues ni por esas policía ni político alguno acompañó a los apeados en su particular calvario.

Lo sorprendente es que al subdelegado del gobierno de Palencia y a la policía de allí les haya faltado tiempo para acompañar a un puñado de mozalbetes que habían sido apeados en esa provincia del tren donde viajaban debido a su presunto -cuidado con los calificativos- mal comportamiento. Ríos de tinta se han escrito sobre el desalojo de los mozalbetes en un sentido y en otro: que si muy bien por el revisor del tren, que requirió tanto a los niños como a sus monitores que se comportaran correctamente y que al final optó por desalojarlos al hacer tanto unos como otros caso omiso a sus reiteradas peticiones; que si muy mal por el revisor, que no tuvo en cuenta la edad de los menores al proceder a su desalojo... El revisor ya tiene lo suyo por haber tomado esa decisión y lo mejor es que le deseemos la mejor de las suertes, pues seguramente lo tendrá crudo. No obstante, todas las opiniones coinciden en la sorpresa tanto del comportamiento de los menores como de la incapacidad de sus monitores para corregirlo. Sin entrar a valorar si el revisor actuó correcta o incorrectamente al expulsar a los niños y a sus monitores del tren,  a mí lo que me sorprende es que el personal se sorprenda por el comportamiento melindroso de unos impúberes de apenas nueve años. Para entender tanto su mal comportamiento como la incapacidad de sus monitores para controlarlos hay que echar un poco la vista atrás, pues estos lodos vienen de aquellos polvos.

Todo procede de una mala interpretación que se hace por muchas partes de los derechos y deberes del menor. Todas esas partes, entre las que se incluyen padres y madres, pero también administración educativa, pedagogos, sociólogos, maestros y maestras y hasta jueces de menores, pusieron toda su atención y empeño en el apartado  de  los  derechos, obviando -¿premeditadamente?- el tema de los deberes. Así, nos encontramos a padres y madres que paulatinamente han ido poniendo el grito en el cielo cuando según su criterio los derechos de sus hijos eran lesionados, mientras aplicaban la sordina cuando sus vástagos no cumplían con sus deberes o, lo que es peor, lesionaban los derechos de terceros, en un claro ejemplo de sobreprotección nada ecuánime. Igualmente ha actuado la administración educativa, que ha elaborado leyes y normativas muy garantistas con los derechos del menor - como debe ser-, pero muy laxas con sus deberes -como no debe ser-. En este sentido, y por poner un ejemplo, el ímprobo esfuerzo que hay que hacer para imponer una mínima sanción a un alumno que ha infringido las normas conlleva una carga burocrática que quita las ganas de imponerla al más pintado.

Así las cosas, la realidad del día a día es que muchos maestros se ven inermes para corregir la mala actitud de muchos alumnos, los cuales se saben perfectamente protegidos tanto por sus progenitores como por la bondad legislativa hacia ellos. Muchos maestros y maestras se ven atosigados por los padres por haber regañado a sus hijos, por haberles impuesto un mínimo castigo, por haber hecho algún comentario sin importancia en clase que ha ofendido al chico o por no haberles prestado la adecuada atención -según ellos-  que merecía el infante. El maestro de hoy en día debe sopesar muy mucho las palabras con las que se dirige al aulario, pues cualquier término puede ser usado en su contra como un boomerang. Los niños pueden decir lo que les venga en gana, que para eso son niños; los maestros, no. Incluso cuando el alumno ha cometido alguna falta de disciplina, los padres pueden darle la vuelta a la tortilla para aliviar la culpa de su hijo y que esta recaiga sobre el maestro por no haber atajado a tiempo el asunto con la debida diligencia que se le presupone, que para eso le pagan. La cuestión es preservar la inocencia del niño a costa de lo que sea... y de quien sea.

En esta misma deriva entró hace mucho tiempo la administración educativa, en el sentido de responsabilizar, cuando no culpar, al maestro de todo o casi todo lo que hace mal el alumnado -lo que hace bien es mérito exclusivo del alumno-, pidiendo explicaciones, señalando con el dedo, presionando, dudando de su desempeño...

Lo del tren no es más que el resultado del cacareo desmedido de los derechos del menor en detrimento de sus deberes. Ya se sabe que cuando la balanza se inclina siempre hacia el mismo lado, esto indica un desequilibrio. Y ese desequilibrio hace tiempo que se viene observando. 

De esta forma, muchos maestros se han resignado a enseñar de puntillas, con alfileres, sin involucrarse mucho, asépticamente, intentando pasar cada curso en un difícil equilibrio inestable, intentando llegar a buen puerto a bordo de ese tren que llamamos educación y del que apearon el otro día a los mozalbetes, por falta de ella. 

Y al ritmo del traqueteo del chacachá de ese tren viajamos rumbo a alguna parte. Esperemos que el maquinista sepa adónde nos dirigimos, porque igual los pasajeros lo desconocemos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

La escuela: cronología de un engaño

A poco más de un año vista de la jubilación, hago memoria, analizo la evolución de la escuela a lo largo de los últimos treinta y cinco años...