lunes, 28 de noviembre de 2022

Los partidos del mundial

Los partidos del Mundial se están desarrollando muy enredados, marrulleros, sin mucho toque de pelota; todo el juego es a base de patadas sin sentido y la afición se aburre -y se enfada- sobremanera en el graderío. El equipo ruso, por ejemplo, sigue en sus trece con su afán ofensivo, haciendo morir de frío a la población ucraniana a base de restringirle la energía para calentarse. Y ningún centrocampista es capaz de desviar el juego hacia otra parte del terreno en  la que se vislumbre un atisbo de paz. Los presidentes de estos dos "equipos", como los de muchos otros, no pretenden dar su brazo a torcer por más que el sufrimiento de sus gobernados clame otra cosa. 

En Brasil, la banda derecha anda cabizbaja porque a sus componentes los han mandado al banquillo y ellos se resisten a abandonar el terreno de juego argumentando que no hay derecho a su sustitución, con lo bien que estaban jugando; y ahí andan, demorando su salida del campo: hasta el capitán se resiste a entregar su brazalete a su sustituto. 

Peor está la cosa en la selección de USA, que se ve que no tiene mucha cantera cuando un jugador ya retirado, que ya demostró sus pocos y nefastos dotes para este deporte y que incluso la afición aplaudió su retirada, pretende volver a formar parte del equipo para volver a hacerlo grande otra vez. 

En la selección de nuestro país, la cosa también anda complicada, pues el centro del campo ha basculado hacia la derecha y los de la banda izquierda intentan, sin mucho éxito, recomponer el juego del equipo en un ambiente hostil, con fuego cruzado de insultos y escaramuzas diarias en forma de broncas y descalificaciones entre los propios jugadores. Así las cosas, nuestra selección anda a trancas y barrancas, jugando mucho por la izquierda, pues el centro ha desaparecido y los delanteros apenas reciben la pelota, quedándose la mayoría de las veces en fuera de juego. Así no hay quien marque gol y el público increpa a los jugadores, recriminándoles cualquier acción que lleven a cabo, a base de pitidos, voces y cánticos hirientes. Incluso entre la afición hay fricciones y enfrentamientos verbales y hasta físicos entre los que opinan que hay que jugar más por la izquierda o por la derecha; la opción de jugar por el centro no parece cuajar en la afición: igual es que no disponemos de buenos centrocampistas. Así las cosas, podríamos decir sin lugar a equivocarnos que los partidos de nuestra selección se han convertido en un circo romano donde se pide sangre, no importa de quien venga, para desagraviar la frustración del respetable. Y cuando se llega a este estado de furor y ceguera colectivos, ya puede el entrenador introducir los cambios más oportunos en el terreno de juego, que de nada servirán si a la afición no se le sirve en bandeja la cabeza de alguien, a ser posible la del propio entrenador, especialmente si los aspirantes a ese puesto andan  jaleando al graderío inventando bulos y creando mal rollo.

De cabeza anda la FIFA haciendo malabarismos para justificar el desarrollo del mundial en un país donde no se respetan los derechos humanos, pero al parecer a los aficionados al balompié esto les trae sin cuidado mientras sobre el césped vean rodar un balón, aunque en ese mismo lugar antes hayan rodado cabezas: se ve que este juego es mucho de pies y poco de cerebro. A esos malabarismos se les ve mucho el plumero en forma de petrodólares, y eso que muchos de esos malabares se realizan bajo las túnicas de algunos acaudalados habitantes del país anfitrión, aunque los delata el tintineo del vil metal que esconden bajo sus faldas; faldas a las que tienen recortados los derechos más básicos cuando no las visten el sexo adecuado, según ellos.

Ahora que, el vestuario con más problemas es el de la selección china. Menos mal que no participa en este Mundial, pues los jugadores se han cansado de que sus dirigentes les cuenten cuentos -chinos- y se han sublevado contra ellos, pues, tan celosos andan en ese país con lo del COVID, que quieren que los jugadores jueguen con EPIs. Ellos, y también su afición, simplemente han alzado su voz contra esta medida, pues opinan que se sienten asfixiados y no pueden jugar con libertad de movimientos.

Con este panorama, y solo con el ánimo de ahorrar en energía  dado el recorte que nos ha impuesto la guerra, algunos, que no somos muy aficionados a esto de pasarse la pelota, hemos decidido hacerlo apagando la televisión cada vez que ponen un partido de fútbol de este campeonato del mundo. Pero que conste que solo es por ahorrar energía, no porque consideremos que en torno al Mundial de Catar haya un gran contubernio pecuniario cuyo mal olor nos produce náusea y al que, si se siguieran las reglas del juego, habría que sacarle una gran y merecida tarjeta roja.

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