Sin embargo, este año, los vocingleros parecen acudir con energías renovadas, a tenor de sus soflamas y del escándalo que provocan con sus enfrentamientos verbales. Y todo para no decir nada, pues nada de su jerigonza es inteligible; solo algún exabrupto, alguna salida de tono, algún chascarrillo o alguna idea disparatada son entendibles, aplaudidas a rabiar por sus fieles acólitos. Si alguno de los alborotadores ha propuesto algo sensato, nunca se ha sabido ni ha sido tenido en cuenta, pues la bronca diaria ha ocultado cualquier conato de cordura. La reflexión serena ha sido sustituida por la impulsividad de los sentimientos, esos malos consejeros que impiden la objetividad necesaria para tomar decisiones importantes. Y con el paso de los días ha ocurrido que la barahúnda ha ensordecido tanto a los ciudadanos que sus tímpanos están a punto de reventar, incapaces de escuchar, agotados por el follón sobrevenido, con los nervios a flor de piel y un humor de perros que los hace enfrentarse dialécticamente entre sí imitando a los folloneros.
A pesar de todo, nadie ha pensado en pedir explicaciones de tal desvarío parlanchín: el asunto es asumido como un mal menor con el que hay que lidiar, como una especie de sarampión. Es el precio de nuestros tiempos.
Cuando todo pase, las aguas volverán a su cauce y podremos dormir con las ventanas abiertas de nuevo; hablar con los vecinos de tú a tú, sin resquemores; ver la tele sin sobresaltos y acudir a las redes sociales sin ser insultados por nuestras ideas. Y todo se recordará como una simple anécdota.
Pero aún no ha pasado; todavía queda mucha campaña electoral y, por ahora, el ruido sigue en todo su auge, porque es lo que interesa.
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