La que está liada con lo de Vinicius. Pareciera que es ahora cuando estamos descubriendo que al fútbol acuden cada semana un montón de energúmenos dispuestos a liarla parda, cuando hace más de un siglo que asistimos impertérritos a unos espectáculos lamentables. “Fútbol es fútbol", sentenció Vujadin Boskov en su tiempo. Ya lo creo que lo es. Desde bien pequeño tomé conciencia de lo que era este deporte. No del fútbol al que jugábamos en las calles, paseos o en los campos, sino del FÚTBOL con mayúsculas, el que cuya mínima expresión, pero no por ello fuera de la maquinaria oficial, empezaba con la ficha federativa en el equipo local y los partidos en el campo municipal. Lo de la calle era un juego de niños, con sus reglas callejeras adaptadas a las circunstancias; lo del campo municipal eran palabras mayores: era ya un deporte y, como tal, sujeto a otras "reglas", algunas de ellas explícitas y otras más implícitas. A medida que se subía un escalón en la taxonomía federativa, el deporte dejaba poco a poco de serlo para, poco a poco también, irse convirtiendo en un negocio. Un negocio que sobrevive gracias al consumo: el consumo de fútbol por parte de las masas en forma de carnés de socios, ingresos de taquilla, publicidad, venta de camisetas y abalorios varios, compraventa de jugadores, pago por ver los partidos en televisiones privadas, etc., etc. El fútbol necesita a las masas igual que las masas necesitan el fútbol. Las unas le dan el capital para que el negocio siga existiendo y el deporte proporciona a las masas un espectáculo donde desbravar y echar fuera todas sus frustraciones.
Siempre ha sido así, un quid pro quo, una relación simbiótica, una dependencia mutua, un "las que entran por las que salen", que diría José Mota. Hasta hace poco, la entente funcionaba más o menos de forma correcta: el público pagaba, asistía al espectáculo, expulsaba sus frustraciones en forma de aplausos, olas comunitarias perfectamente coordinadas, cánticos multitudinarios, insultos al árbitro, insultos a los jugadores del equipo contrario e incluso a los del propio si no jugaban bien, insultos al entrenador -los insultos siempre muy presentes-, peleas con la hinchada contraria, agresiones al árbitro si, a juicio del respetable, no pitaba a favor de sus intereses... Lo normal en su más absoluta anormalidad, todo ello regado de grandes dosis de testosterona y, últimamente, también de progesterona.
Por otra parte, los jugadores también forman parte de este tinglado, pues además de ser entrenados tanto física como tácticamente para enfrentarse al equipo rival, también son adiestrados en las más variopintas técnicas de la marrullería de cara a favorecer al equipo al que representan y les paga: perder tiempo cuando interesa, hacer o simular faltas, "tirarse a la piscina" en el área del rival para conseguir penalti, amedrentar al contrario diciéndole por lo bajo todo tipo de barbaridades, enfrentarse a la grada, meter bronca... Todo un dechado de "fair play", vamos.
Pues a pesar de ello, el circo futbolístico ha seguido funcionando durante años, ya que nadie, al parecer, se cuestionaba la anormalidad del espectáculo. Hasta que los valores sociales han cambiado y los comportamientos del público en los campos de fútbol han comenzado a ser reprobados por considerarse contrarios a las más elementales normas de convivencia, al respeto personal, a la tolerancia y a un montón de valores más acordes con la evolución de una sociedad del siglo XXI. Pero ahora, después de tantos años de inercia, de haberle ofrecido al pueblo pan y fútbol para mantenerlo tranquilo, a ver quién es el guapo que le pone el cascabel al gato; a ver quién contiene a esa masa furibunda que reclama su parte del trato, que no es otra que explayarse en forma de exabruptos hacia quien considere que va contra los intereses de los colores de su equipo del alma, expulsando todo el odio y la rabia contenidos en su interior (algunos sociólogos hasta han considerado durante años el fútbol como una especie de terapia social, parecida a la función de un psicólogo).
Ya están tardando en decir que esto que ocurre en los campos de fútbol es culpa de la escuela, que no ha sabido educar bien a la plebe. ¡Esa sería buena! Con tal de echar balones fuera...
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