Según Marx, las ideologías no nacen de la nada, sino que vienen determinadas por las condiciones materiales y, sobre todo, por las relaciones de poder establecidas en una época concreta de la historia. Siempre persiguen un fin: mantener un orden social que asegure el poder y la prevalencia de las clases dominantes de una sociedad, que lo son no solo por ostentar el poder económico, sino por controlar la ideología de esa sociedad. Con estas reflexiones y unas cuantas muchas más construye Marx la teoría de la "ideología dominante", con la que concluye que el grupo social que ostente el poder ideológico tendrá el control sobre la sociedad de su tiempo. A la clase dominante le hacen falta personas dominadas, pero también agradecidas; personas dominadas que reconozcan la superioridad de su dominador y que, además, consideren su condición como un tesoro para heredárselo a su descendencia como un valor moral conquistado a base de esfuerzo.
Evidentemente, para liderar moral o espiritualmente una sociedad hace falta un relato. Un relato sencillo, que cale fácilmente en las bases, especialmente entre las menos cultivadas; un relato que los aglutine como grupo social, como ocurre con los colores de un equipo de fútbol; un relato que se repita como un mantra, que se retroalimente de continuo y alimente, a la vez, la idea de pertenencia a ese grupo, a esa ideología, aunque dicho relato sea irracional, a veces infantil y, muchas veces, incoherente o basado en la mentira. Pero sin relato no hay ideología y, sin ideología, no hay dominación.
Y quizá esté aquí, en el relato, la clave del devenir político actual: un pensamiento político equivocó su relato porque presupuso una mayor madurez intelectual de la sociedad a la que iba dirigido y lo dotó de una mayor complejidad argumental, no repitió constantemente la misma idea, sino que lanzó muchas al mismo tiempo porque creía preparada a la gente para captarlas todas a la vez. Y se equivocó: la gente no compró un relato tan complejo porque no los aglutinaba en torno a una sola idea, no los cohesionaba como grupo social. Y eso que, durante años, esa misma gente sí que se mantuvo en el redil que se le ofrecía como resguardo tanto social como espiritual por parte de ese pensamiento político. E incluso podría decirse que estuvieron a gusto en dicho redil. Pero los pastores cambiaron el relato y el rebaño entendió que también cambiaban las condiciones y se sintió libre para cambiarse de redil al calor de otros relatos que comenzaban a proliferar a su alrededor y que cuestionaban el funcionamiento del redil en el que se encontraban.
Así fue como otro pensamiento político aprovechó la rebelión del rebaño para, a través de un relato más sencillo, más directo, con menos circunloquios y, sobre todo, más identitario, convencer a las masas de las bondades de su redil, aunque no sean tales como a simple vista pregonan, aunque esto todavía no lo sepan. Quizás las masas no tengan la capacidad de entender la letra pequeña del nuevo relato, que la hay, o tal vez ni se lo hayan planteado... Al fin y al cabo, ¿quién lee la letra pequeña de cualquier contrato? La música de este nuevo relato les suena bien y la letra les gusta porque la sienten con nostalgia, ya que les recuerda tiempos pasados y, en determinados momentos de la historia, perdidas la memoria y la capacidad de análisis, "cualquier tiempo pasado fue mejor". Establecido el caldo de cultivo propicio, es solo cuestión de tiempo un cambio en la ideología dominante. A la vista de los últimos resultados electorales, a las claras está que lo están consiguiendo.
Moraleja 1: las ideas de Marx siguen en vigor.
Moraleja 2: nunca estimes en demasía la inteligencia del rebaño, pero tampoco subestimes su capacidad de rebelión.
Moraleja 3: poseer la ideología dominante es una difícil tarea de gestión de masas que no hay que descuidar si se quiere mantener el poder, así como, y muy especialmente, no hay que descuidar el relato que se transmite.
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