martes, 21 de noviembre de 2023

A vueltas con los móviles



Andan las familias -no todas, ni tampoco muchas, pero tampoco pocas- en pie de guerra con el uso que de los móviles hacen sus hijos e hijas. Resulta que se han dado cuenta de que el móvil los absorbe tanto que no hacen ni un rayo: ni ponen la mesa, ni hacen la cama, ni levantan la vista de la pantalla cuando se les habla, ni juegan físicamente con sus iguales, ni se concentran en hacer las tareas de la escuela... en definitiva, que ni tullen ni mullen. Vamos, lo que les venían diciendo sus maestros y profesores desde el año catapún, a lo cual esos mismos padres y madres no hicieron ni puñetero caso porque a ver qué iban a saber los docentes de los peligros del uso de los móviles.

La utilidad del móvil es ciertamente extraordinaria: se le deja al bebé con siete u ocho meses para que deje de dar la coña y que sus padres se puedan tomar una cerveza en una terraza tranquilos; también se le deja al niño de dos o tres años para que vea unos dibujos animados mientras los padres echan la siesta -u otra cosa- y, de paso, que el niño también se quede dormido; luego se le deja al niño de cinco o seis años para que eche una partida en la red con el vecinito de enfrente de su misma edad porque los padres están muy ocupados con cosas del trabajo en casa y no pueden sacarlo al parque; y más tarde no se le deja, sino que algún familiar se lo compra cuando el niño o la niña hacen la Primera Comunión porque se ha convertido en el regalo estrella de esta celebración. Y aquí es cuando ya comienza el problema, cuando el niño o la niña es el propietario del aparato y dispone de él a voluntad para enviar mensajes por WhatsApp al grupo que han creado los compañeros y compañeras de clase para insultarse entre sí, insultar a su maestro o maestra o, sencillamente, para preparar el acoso al compañero o compañera de turno que no tiene móvil porque sus padres no se lo permiten y es considerado el rarito. Así las cosas, con tanto uso y abuso de redes sociales, acceso a contenido nada adecuado para sus edades (sexo, droga y rock and roll -bueno, esto a lo mejor no-), aumento de dioptrías por tanta exposición a las pantallas, poca socialización real y mucha virtual y, en general, un acusado atolondramiento generalizado, llegan los problemas académicos en forma de suspensos, así como líos y denuncias con las fotos, vídeos, insultos y acosos que se realizan en redes. Ante esto, las familias acuden a los centros educativos en busca de soluciones o a ver si le echan la culpa de las malas notas de su hijos e hijas o de los vídeos que estos suben a Tik Tok al profesor o profesora de turno (estas cosas se han visto, no son un invento). Y cuando el profesor o profesora de turno se encoge de hombros y les dice que a él o a ella qué les cuentan, que ya tienen bastante con aguantar la mala educación de la muchachada en clase, los padres se percatan, de repente, que el asunto se les ha ido de las manos con ese preadolescente de trece o catorce años que no aparta la vista del móvil ni para ducharse. ¿Y a quién recurren entonces los papis ante su desesperación? Al estado. Como lo oyen; ellos, que  desde siempre estuvieron en contra del intervencionismo del estado en materia socioeconómica  y que creen firmemente en que tanto los mercados como la sociedad en general deben autorregularse por sí mismos, le piden con insistencia al estado que regule -no les gusta decir prohíba, no sea que sus nenes se frustren al escuchar esta palabra- la utilización del móvil antes de los dieciséis años. Y se lo piden encarecidamente para que sea una norma general que afecte a todos por igual, pues si su uso lo regula -no quieren decir lo prohíbe, ya saben- cada familia a título individual, como muchas no lo van a hacer, sus hijos serían los señalados, los raritos de turno.

Y por ahí anda ahora el móvil, en ese inmenso tejado estatal bajo el cual nos gusta protegernos cuando vienen mal dadas,  que digo yo que con la que está cayendo políticamente en estos momentos no tendrá otra cosa en qué pensar el estado que en regular el uso de un aparato que, libre, voluntariamente y sin ningún tipo de coacción, los padres y madres ofrecen a sus hijos e hijas al poco de nacer. 

Y aquí, con la mandíbula desencajada, solo me queda decir una frase: ¡Manda huevos!

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