Me decía el otro día un amigo en plan de broma, hablando del cambio horario, que retrasar la hora el último fin de semana de octubre no era una medida para ahorrar energía eléctrica en términos generales.
-¿Ah, no? -me sorprendí-, ¿entonces, para qué se hace?. Y él me respondió con mucha sorna que era en realidad una medida para ahorrar energía eléctrica en los hogares, empresas y edificios públicos para dedicarla a la competición en la que participan todos los años los Ayuntamientos de numerosas ciudades del país en ser los primeros en iluminar sus calles, encender el mayor número de bombillas posible, colocar las más vistosas, artísticas y llamativas decoraciones navideñas callejeras y levantar el árbol de Navidad más alto.
-Ahora los alcaldes de determinadas ciudades no se eligen por su ideología política ni por su programa electoral; ahora se eligen en función de quién promete poner más luces en las calles en Navidad y poner el árbol más alto -afirmó mi amigo...- y se quedó tan pancho.
Yo me quedé con la boca abierta, pensativo... y en esto que él volvió a la carga:
-¿Pero tú te has creído que ese rollo de la ecología que el Ministerio de Educación hace que los maestros-as enseñen en las escuelas e institutos es en realidad en beneficio del planeta? ¿Tú piensas que las medidas propuestas en el COP29 van encaminadas de verdad a la disminución de los gases de efecto invernadero y al ahorro energético? ¡No, hombre, no! Ese ahorro va a las bombillas que los Ayuntamientos ponen por las calles en Navidad. Y con el aplauso de la ciudadanía, además.
Más tarde, en casa, seguí dándole vueltas al asunto y llegué a la conclusión de que no le faltaba cierta razón a mi amigo, a tenor de lo cada vez más pronto que se instalan y se encienden las luces navideñas. Y escuchando más tarde las noticias, la teoría de mi amigo tomó fuerza cuando escuché anonadado cómo tres ciudades españolas compiten por tener el árbol de Navidad más alto: los alcaldes -todos varones- de Vigo, Badalona y Cartes, un pueblo de Cantabria, aparecían muy ufanos en pantalla alardeando de ser el que la tenía más larga... ¡perdón!, de tener el árbol más alto. Y allí que salían los vecinos de esos municipios jaleando la ocurrencia de sus alcaldes.
¿Pero cómo es posible que el summum de la política local de un Ayuntamiento sea encender el primero de todos las luces navideñas en sus calles en el mes de noviembre o colocar en su plaza mayor el árbol de Navidad más alto? Decididamente nos estamos volviendo majaretas. ¡Y lo peor de todos es que a los administrados nos gusta esta carrera de egos hacia ninguna parte! ¡Como para creerse algo de las campañas en pos de la ecología que lanzan a la ciudadanía esos mismos Ayuntamientos! ¿De verdad que no puede haber representantes públicos con más luces -y no precisamente de las de un árbol de Navidad- que los que tenemos? Hay que ser bobo para creer en estos tipejos. O igual es que lo somos...
Con la mandíbula desencajada, sin poder creer lo que estaba oyendo en las noticias, decidí llamar por el móvil a mi amigo:
-¡Oye, que vas a tener razón con lo de la luz, que entre bobos anda el juego!
-Pues eso, lo que yo te decía -me contestó él.

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