lunes, 21 de octubre de 2024

La revuelta del hormiguero

 

La red fue poco a poco tejiéndose. Año tras año, discurso tras discurso, gesto tras gesto. De forma bien planificada, arañas de especies distintas iniciaron la tela cada cual por su rincón, extendiéndola poco a poco a base de paciencia, de esfuerzo, de trabajo, y también de odio. Antes incluso de terminarla, las hormigas, engañadas por las palabras que nos atraían como cantos de sirena hacia las tupidas redes, fuimos cayendo en la trampa, acercándonos, hasta acabar adheridos a la pegajosa seda que nos impedía volver a ser libres. Cada uno de nosotros se arrimó al cántico que mejor le sonaba -cuando sonaba melodioso- y, cuando lo sentimos desentonado y estridente, ya no pudimos alejarnos, porque la trampa funcionaba a la perfección y era imposible escapar de allí: nos habían alienado, o lavado el cerebro, o como queramos llamarlo. La estridencia del canto de la araña que nos atrapaba nos impedía escuchar las letras de otras canciones, por lo que nuestro pensamiento se tornó único e invariable. Y todo ello a pesar de sabernos engañados y de que la mentira usurpaba el espacio a la poca verdad que hubiera podido haber, si es que alguien hubiese sido lo suficientemente honesto -y valiente- para decirla. 

Una vez segregados por pensamientos unívocos, solo era cuestión de jugar con nosotros, que, aunque vivos, moríamos intelectualmente asfixiados por falta de reflexión, peleándonos por defender el insípido discurso de nuestra araña carcelera.

Ya se sabe que a los carceleros les gusta mucho divertirse, especialmente con sus prisioneros, de ahí que inventen numerosos juegos para pasar el rato y, al mismo tiempo, tener entretenidos a los reos para que no se solivianten.

Últimamente, en una ingeniosa vuelta de tuerca al tema del ocio, las arañas jefas han inventado un par de jueguecitos para entretenernos y, a la vez, crear corriente de opinión en torno a sí mismas. Tal es la popularidad de dichos juegos que cada uno defiende el juego que practica a muerte, en una especie de identidad corporativa a ultranza.

El primer juego de entretenimiento que se inventó se llama "El hormiguero" y el segundo se llama "La Revuelta" y sus seguidores son verdaderos fanáticos y, por supuesto, enemigos acérrimos: matarían por encumbrar su juego a los altares y mandar a los infiernos al del eterno rival, aunque no sepan muy bien de qué va el rollo. 

Los que aún no hemos caído en las telas de araña andamos con la mandíbula desencajada: ninguno de los dos juegos vale un pimiento; es más, rayan en la más absoluta banalidad y en los que la vulgaridad campa a sus anchas. Es poco entendible que a alguien con un poco de inteligencia puedan interesarle semejantes mamarrachadas, a no ser, eso sí, que esté narcotizado por el veneno de una de las arañas.

Así andamos en este país: las arañas están haciendo su agosto, inoculando odio, manejándonos, enfrentándonos y, lo que es más grave, manipulando nuestra voluntad a base de ese sibilino veneno que es la mentira repetida mil veces hasta que se convierte en verdad.

Estamos muy necesitados de una gran revuelta del hormiguero para sacudirnos la gran tela de araña que nos tiene atrapados en la estupidez.

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