San Pedro estaba ya esperándolo a las puertas del cielo, jugueteando con las llaves entre sus manos, cuando el Papa Bergoglio apareció ante él.
-Hola, ¿qué hacés vos por aquí? -bromeó el guardián celestial.
-Dejáte de pavadas, Pedro, y abríme esa puerta, que vengo cansado y quiero sentir la paz celestial.
-No te enfades, Mario, que aquí tendrás todo el tiempo del mundo para descansar. Pero no tengas tanta prisa, hombre, que estamos haciendo una porra para adivinar el resultado del cónclave y nadie mejor que tú para orientarme en mi apuesta sobre quién será tu sucesor.
-No seás boludo, Pedro, ¿a qué pendejo le va a interesar saber sobre los triviales asuntos terrenales pudiendo disfrutar de la perfección eterna?
-Ya veo que vienes con una idea equivocada de este concepto espacio-temporal en el que vas a residir "in aeternum". Aquí, en realidad, no pasa nunca nada, pues vivimos en una felicidad permanente y aprovechamos cualquier novedad de la Tierra para hacer nuestras conjeturas, siempre, claro está, bajo la observancia del eterno Creador, que relaja un poco las costumbres sabedor de nuestra ascendencia humana, proclive a chismes, crítica y tonterías varias.
-No jodás, Pedro, que vengo huyendo, harto del quilombo que he dejado allá montado, y vos me decís que los de aquí no hacés otra cosa que mirar para abajo para vuestro entretenimiento.
-Lo has descrito a la perfección, Mario. Y ya verás cómo, en menos que canta un gallo, no me negarás tres veces, sino que me darás la razón. Bueno, ¿qué?, ¿me cuentas un poco tus impresiones?
-¿Impresiones de qué, Pedro?
-¿De qué va a ser? ¡De la quiniela!
-¿De qué quiniela me hablás?
-De la quiniela de los papables, Mario. De sobre quién piensas que caerá el marrón del pontificado.
-¡Y yo qué sé, Pedro! ¡Bastante tengo yo con lo mío! Tener que cambiar la idea que uno tenía del cielo no me va a ser fácil...
-Para eso estoy yo aquí, a sus puertas, para iluminarte y que te vayas haciendo a la nueva idea que debes tener de este sitio...
-Bueno, dale, acabemos rápido, que me quiero tomá el palo. ¿Qué querés saber?
-Todo.
-¿Cómo que todo, che? ¿Qué es todo? Esto no me repinta nada bien, ¿eh?
-Bueno, es que dicho así de golpe, te puede parecer mucho, así que te lo pregunto por capítulos. Yo te pregunto por los candidatos y tú haces un pequeño comentario de cada uno de ellos.
-Andá, dale, pero no pienso levantá la perdiz más de la cuenta, que si todo lo de allí se sabe acá, también ocurrirá lo mismo al contrario, y no quiero yo influí en el resultado ni tirá manteca al techo contando lo que no debo.
-Ya vamos estando de acuerdo, ¿ves? Por ejemplo, Pierbattista Pizzaballa.
-Volá de acá, ese no tiene edad para el oficio. 59 años. Es un pibe. ¡Menuda tortura! Si con tan solo doce años he acabado más quemado que una fumata negra, imaginá treinta años de papado: acabaría rogándole al mismísimo Satanás que lo sacase del Vaticano. Vos no sabés la de intrigas que hay allá... Además, con ese nombre de comida rápida... Pizzaballa. No, ese no me cuadra.
-Entonces, ¿los menores de 70 años quedan descartados?
-Por mí, descartálos. Son demasiado jóvenes para tamaña responsabilidad.
-Pero el filipino suena con mucha fuerza y solo tiene 67 años.
-Vos me pedís opinión, yo os la doy. Pero yo solo he sido Papa, no adivinador. No digás luego que fue por mi culpa que perdiste esa quiniela.
-Entonces el negro, descartado...
-No te llegá el agua al tanque, Pedro. El negro no llega a 70 y ya sabés la profecía... No querrás que se acabe de repente el mundo y se nos llene esto de gente...
-¿Algún español?
-¡Ni de broma! No saben manejá la luz; ¿no te enteraste del apagón y del bochinche que allá se formó? Este es un oficio donde las tinieblas no son bienvenidas...
-Nos quedan los americanos...
-¡Querrás decir los estadounidenses! Esos chamuyan demasiado y están agarrados a la mosca. Pero en realidad son de madera. Por mí, que pase ese cáliz.
-Jorge Mario, pero entonces nos hemos quedado sin candidatos y no has apuntado ni a uno solo como favorito.
-Pedro, el elegido no lo elijo yo, ni siquiera los cardenales que se creen que lo eligen. El elegido es elegido por fuerzas ocultas que entran al cónclave por no se sabe dónde. Como para hacer quinielas...
-Pero eso entonces es un sindiós...
-Calláte, por Dios, no nombres al maligno y usá la llave que me da acceso a la vida eterna.
-¿Esta llave? ¡Ah, no! Esta la tengo como recuerdo de como se hacía antes. Esto ya no funciona así. Ahora es con clave.
-Ni en pedo, Pedro. Ni en pedo paso yo por otro cónclave. A mí nadie me bardea. Me las piro de queruza a otra parte. Chao. ¿A qué boludo se le ocurriría suprimir el limbo, con lo bien que allí se estaría ahora?
-No has entendido, no quería decir cónclave, quería decir...
Pero Bergoglio ya no lo escuchaba. Había puesto rumbo al metaverso.

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