domingo, 17 de agosto de 2025

Politica fremit









"¡Cuán gritan esos malditos!  

  ¡Pero mal rayo me parta

   si en concluyendo la carta

   no pagan caros sus gritos!". 


Rugen en manada, impulsados por una suerte de mecanismo automático que les deben instalar al acceder al cargo. Es un rugido estentóreo, ya rutinario, en un intento de marcar estúpidamente el territorio y atraer acólitos enardecidos por la arenga vociferante. La reflexión no existe, solo el impulso irracional de rugir por encima del contrario. A veces, pero muy pocas, se deja entrever un sesgo de raciocinio incipiente, que es aplastado de inmediato por considerarse una debilidad. Las más, prevalece solo el veneno escupido con rabia sobre el contrincante. No hay descanso: la manada debe marcar el territorio para evitar que los intrusos le ganen el combate de rugidos.

Hubo un tiempo en que el bien común se tuvo en cuenta y los rugidos se atenuaban para dar paso a la conversación de cara al consenso. Hoy ya no: lo común es secundario y prima la conservación de lo particularmente provechoso para la perpetuación de lo propio, aunque el discurso de hoy sea la antítesis del de mañana: da igual, el objetivo es echarle el aliento en la nuca al enemigo y, si puede ser de manera escandalosa, mejor. Y para ello, hay vía libre del jefe de la manada para tergiversar, mentir, difamar, odiar, insultar, inventar y toda una suerte de contravalores opuestos a la moderación que supuestamente se pretende, pero que solo es una pose.

El rugido es tan ensordecedor que nos impide inferir la causa que lo provoca: unas veces es la corrupción; otras, la responsabilidad de la intervención en los desastres naturales y, las más de ellas, la banalidad más tosca, chabacana e inane que nos podamos imaginar, como la avería de un tren en medio de un campo de cereales, cuando no se nombra para mal al familiar de turno y se quedan tan panchos. Todo ello, individualmente o en forma de lista, induce indefectiblemente al vulgar rugido, sabedores de que su volumen se verá aumentado exponencialmente por la alcahuetería de las redes asociales.

Hartos de ruido, de veneno, de pamplinas varias, de mucha inacción y de personajes que creen que representar a la ciudadanía es escribir unos cuantos mensajes ocurrentes en las mencionadas redes, ¿qué se podría hacer para poner sordina a los rugidos? -nos preguntamos muchos. La respuesta no es individual, sino colectiva, y ahí radica el problema: los rugidos nos han hecho perder la capacidad de unir voluntades para hacer frente común. Los rugidos son contagiosos hasta el punto de que hemos comenzado a rugirnos los unos a los otros sin sentido y sin saber por qué -o quizá sí lo sepamos-, en una suerte de comportamiento autodestructivo que amenaza con la extinción de nuestro raciocinio, que quizá sea el propósito de los rugientes para perpetuarse como élite.

La afonía mediática sería una solución, para la cual se necesitaría un contagio colectivo poco probable. Porque en ausencia de ruido, nuestras mentes quizás volvieran a intentar siquiera poner en funcionamiento el oxidado mecanismo de la reflexión serena en pos del bien común. Mientras tanto, esperemos que nuestro maltrecho estoicismo aguante como pueda este politica fremit que, alimentada por la imbecilidad de nuestras seseras, que actúa como combustible, calcina el país más aún que los incendios.

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