martes, 21 de abril de 2020

Incoherencias alarmantes



El otro día ya no podía más y me salté el confinamiento. Mi cuerpo necesitaba salir a correr por el Parque del Río y así lo hice. El frío de las siete y media de la mañana me sentó estupendamente y mis piernas iban liberándose poco a poco del engarrotamiento de tantos días de reclusión. Sin embargo, cuando no llevaba más de la mitad del recorrido que había pensado hacer, vi a lo lejos que se acercaban en dirección contraria a la mía dos policías locales patrullando en bicicleta. Podía haber dado media vuelta y volver a casa, pero mi necesidad de ejercicio era tal, que decidí esconderme tras unos árboles al lado del camino de gravilla por donde corría. Cuando los policías llegaron a la altura de donde me encontraba pararon sus bicis y uno de ellos se dirigió a mí -me habían visto esconderme-:

-Deje de hacer el imbécil y salga de ahí detrás, por favor.

Con la multa en la mano seguí argumentando que no era justo, que todos los días los dueños de los perros salían a la calle a pasearlos y a hablar tranquilamente entre ellos y nadie les decía nada, que yo no podía contagiar ni contagiarme, pues no me había cruzado con nadie en el camino y, además, iba solo, con mascarillas y guantes. No hubo manera. Uno de ellos ya se cansó de mí y me espetó:

-Si alguien se apoyara en el árbol en el que usted se ha apoyado, ¿podría asegurarnos que no se contagiaría si usted lo estuviera?

Con los ojos como platos regresé a mi casa: o sea que me había multado no por correr en el parque, sino por apoyarme en un árbol...

Cabilando de vuelta a casa la kafkiana situación vivida me comenzó a sonar el teléfono. Era una prima lejana mía para comunicarme que su padre, tras una larga enfermedad, había fallecido. Le di mis condolencias y le dije que me gustaría asistir al funeral, pero ella zanjó el asunto enseguida:

-Primo, si somos tres hermanos y mi madre y no nos dejan asistir más que a tres. Lo hemos echado a suerte y ni siquiera yo podré ver cómo entierran a mi padre. Es por motivos de seguridad.

Esto era ya el colmo. ¿Cómo es posible que nos dejen ir a comprar a las grandes superficies a un montón de personas a la vez, chocándonos por los pasillos, poniéndonos en fila en la caja sin guardar algunas el famoso metro y medio de seguridad y no dejen a más de tres personas asistir a un sepelio? ¿Hay distintos tipos de seguridad?

Cuando llegué a casa me esperaba mi mujer para que la acompañara a llevarle la compra del día anterior a mi madre, que vive sola en un tercero sin ascensor. Me callé lo de la denuncia del parque por no escuchar sus reproches -ya me lo había advertido la noche anterior cuando se lo dije- y comencé a poner excusas para que fuese ella sola. Ella me cortó tajante:

-Yo no pienso cargar con dos bolsas pesadas subiendo y bajando tres pisos de escaleras.

Y allá que nos metimos los dos en el coche, uno delante y otro detrás, con nuestras mascarillas y guantes. Pero la mala suerte estaba claro que se cebaba conmigo ese día: llegando a la barriada en la que vive mi madre había un control de la policía que nos paró y nos multó por ir dos en el cohe sin una causa justificada. Solicité la lista de causas justificadas, pero el policía me despachó con cajas destempladas.

-¡Pero si somos marido y mujer y nos acostamos todas las noches juntos! ¿Qué problema hay en que viajemos los dos en el coche? Si uno de los dos estuviera contagiado ya nos habríamos transmitido el virus hace tiempo, ¿no le parece?

-¡Y a mí qué me cuenta! -fue la expeditiva respuesta del policía.

Pues iban dos multas. El día prometía. Le dejamos la compra a mi madre en silencio, pues no estaba el horno para bollos. Mi mujer intentó disculparse, pero yo le dije que no debía, que todo esto carecía del más mínimo sentido común. Y así, cabizbajos y rumiando lo que nos había pasado, regresamos a casa a confinarnos de nuevo.

Por hacer algo y olvidarme de los dos asuntos -y sin comentarle nada a mi mujer del primero, por supuesto- decidí abrir el correo electrónico para ver si había llegado algo a la cuenta del colegio. Pues sí: el Secretario General de Educación daba a entender en una circular dirigida a todos los centros que podíamos entregar a las familias los libros de texto que sus hijos se habían dejado en el colegio con las prisas  el trajín de la declaración del estado de alarma.

Me quedé pensativo un momento y, como hombre reflexivo que soy, me dije: pero vamos a ver, no me dejan correr solo por el parque, a mi prima no le dejan asistir al funeral de su padre porque ya van más de tres personas, a mi mujer y a mí no nos dejan ir en el coche por motivos de seguridad cuando todas las noches nos acostamos juntos, y... ¡¡¡¡¿¿¿ahora nos van a decir que podemos entregarle a más de trescientos padres el material disperso por la clase de sus hijos, uno por uno, puestos en dudosa fila y guardando una dudosa distancia de seguridad entre ellos, y contactando directamente con los miembros del Equipo Directivo???!!!! 

Mi cabreo fue tal que bajé a contárselo a mi mujer hecho un basilisco, vociferando -seguro que las pulsaciones y la tensión a cien por hora-, gesticulando, rojo como un pimiento, fuera de mí, para concluir:

-¡Esto es de una incoherencia alarmante! ¡Un estado de alarma incoherente! ¿No te alarma tanta incoherencia?

Y en el fragor de mi cabreo, que me dejó sin filtro, le conté también lo de la multa del parque.

-¡A quién se le ocurre ir a correr al parque con la que está cayendo! -fue su respuesta. Y me dejó planchado.

2 comentarios:

  1. ...estoy viendo la situación con personajes incluidos... tan real como el confinamiento mismo que estamos pasando...

    ResponderEliminar

La escuela: cronología de un engaño

A poco más de un año vista de la jubilación, hago memoria, analizo la evolución de la escuela a lo largo de los últimos treinta y cinco años...