sábado, 27 de febrero de 2021

Educación: nueva ley, antiguas carencias.

Recién aprobada la nueva Ley de Educación, en la escuela estamos esperando su desarrollo normativo para ver cómo se concretan los cambios que introduce. Leída la filosofía de la ley, se observan los consabidos cambios curriculares, algunos ajustes en las estructuras de la Educación Primaria y de la Secundaria, la apuesta por la educación pública y otros enfoques novedosos; sin embargo, ni una sola palabra puede encontrarse acerca de otras cuestiones que tienen que ver con la gestión diaria de los colegios de Educación Infantil y Primaria. 

Todas las últimas leyes educativas han hecho hincapié en enseñanzas, evaluación, objetivos, metodologías, el peso de la Religión en la nota media, el esfuerzo, la igualdad entre hombres y mujeres, las nuevas tecnologías, los idiomas, la atención a la diversidad y un largo etcétera. Pero casi ninguna ha querido abordar una gran carencia que incide directamente en el día a día escolar, como es la dotación a los colegios de personal de administración y servicios para gestionar los servicios complementarios y otros aspectos administrativos, y de orientadores  para mejorar la respuesta educativa del alumnado con dificultades de aprendizaje y la implementación de la labor orientadora en toda la comunidad educativa.

Las carencias que viene arrastrando la escuela en estos aspectos, y que se vienen demandando desde hace tiempo, parece que, o no se quieren abordar, o no se considera oportuno abordarlas, que todo puede ser posible. Y es decepcionante observar que, ley tras ley, ninguna de ellas tiene en cuenta estos aspectos colaterales a la labor educativa, pero que están tan incardinados en la vida de los centros que su gestión supone un gran esfuerzo diario para los equipos directivos de los mismos.

La evolución de la sociedad ha hecho que a la escuela se le dote de unos servicios complementarios (comedor, aula matinal, transporte escolar) que están más pensados para la conciliación familiar y laboral de los progenitores del alumnado que para el alumnado en sí mismo. Muchas familias se decantan por uno u otro colegio para matricular a sus hijos en función de la calidad y la cantidad de los servicios complementarios que aquellos ofertan. Estos servicios exigen una ardua labor de gestión para la cual a los centros ni se les ha dotado de personal ni se piensa hacerlo a corto plazo por lo que se ve. Es como si dicha gestión viniese dada por añadidura y, por la vía de los hechos, recae sobre las espaldas de los sufridos equipos directivos. A los mismos equipos que se les exige por otra parte, y en una suerte de rizar el rizo, que sean también líderes pedagógicos de sus centros en lo tocante al aspecto curricular en todas sus variantes, como si decirlo fuese tan fácil como hacerlo: como si fuese posible abarcar todos las variantes pedagógicas y didácticas de un colegio y, además, llevar la gestión administrativa de sus servicios complementarios, la reparación de sus instalaciones, la atención telefónica, la apertura y cierre de puertas, etc., etc. En la inmensa mayoría de los casos, esos servicios complementarios han sido concedidos a empresas privadas, que contratan a monitoras para llevarlos a cabo, pero no para su gestión: solicitudes, baremación, control de la disciplina, control de menús, organización general y, sobre todo, control de pagos, recaen, cómo no, en las direcciones de los colegios, las cuales, por el mismo sueldo, tienen que hacer malabares para hacer frente a tantos frentes -y valga la redundancia- como se les abren. Eso sin entrar en la consideración de lo que más duele: tener la sensación de que la empresa del comedor o del aula matinal tiene en el director o en el secretario de cada colegio a un administrativo gratuito sin dar de alta en nómina, el cual le resuelve cuanto problema va surgiendo en esos servicios. En Educación Secundaria ni hay comedores ni hay aulas matinales, ni se les espera, pues bien dilimatada está la frontera imaginaria en la edad de los 12 años, que separa la necesidad imperiosa de conciliar y la repentina falta de ello. Lo que sí tienen en Educación Secundaria es personal de administración y servicios, aunque no haya servicios complementarios que gestionar. Todo muy coherente.

Porque lo de los administrativos en los colegios es una historia para empezar y no terminar. Ahora se argumentará que no compensa económicamente poner administrativos en colegios rurales con no más de 70-80 alumnos, que eso es un dispendio y que no se necesitan. Cuando hace veinte o treinta años los colegios rurales tenían más de 300 alumnos se argumentó que económicamente no se podía afrontar el poner uno en cada escuela, pues no había dinero. Pero sí lo hubo para poner no uno, sino dos, en cada instituto cuando, recién asumidas las competencias en materia educativa, se incrementó la red de Secundaria y se dotó a cada I.E.S. e I.E.S.O. de personal de administración y servicios sin pestañear. Y algunos I.E.S.O., con poco más de 150 alumnos. ¿Por qué a unos se nos niega todo y a otros se les concede sin necesidad de pedirlo? Porque la Educación Infantil y Primaria, por mucho que se quiera negar, siempre ha sido y será tratada con desdén desde la administración educativa de turno y con la hipocresía propia de los que pregonan una cosa y hacen otra bien distinta: ¿cómo se puede exigir que se fomenten entre el alumnado los conceptos de equidad e igualdad cuando quien lo exige hace todo lo contrario con sus centros?

Este no es el foro de vuestra reivindicación, se nos dice cuando levantamos la voz en cualesquiera de las reuniones a las que asistimos los equipos directivos de Infantil y Primaria. ¿Nos puede alguien decir cuál es el foro para exponerla? No, no nos lo pueden decir porque ese foro ni está ni tampoco se le espera.

Y ante la falta de respuesta y, por tanto, de recursos humanos, a los equipos directivos no les queda otra que elegir entre atender lo urgente y lo importante. Y siempre se elegirá lo primero, pues lo urgente siempre viene acompañado de plazos que cumplir: resolver convocatorias, pedir menús diarios, controlar pagos antes de una determinada fecha... Y lo verdaderamente importante, lo pedagógico, siempre se quedará para atrás, engullido por la vorágine de lo urgente.

Algo parecido a lo del personal administrativo pasa con los administradores informáticos: mientras en Secundaria hay uno por cada instituto, en Primaria hay uno en cada Centro de Profesores y Recursos que atiende la friolera de entre 50 y 70 colegios, separados entre sí por más de 100 kilómetros en muchos casos, dependiendo del radio de acción de cada C.P.R. Clara discriminación que nadie sabe explicar su porqué, pero que tampoco nadie quiere ponerse manos a la obra para resolverla. Luego se nos pedirá que los cacharritos estén todos bien conectados, en funcionamiento, arregladitos y puestos a disposición de alumnado y profesorado, impolutos, y que, además, se hagan maravillas tecnológicas con ellos.

Por no hablar de la figura del Educador Social. ¿Por qué solo en Secundaria a tiempo total mientras en Primaria acude una vez cada 15 días al centro, si es que acude? ¿No hay problemas sociales que solucionar en los colegios? ¿Todos los problemas están en Secundaria?

Pero la palma de la iniquidad se la lleva la Orientación Escolar. Mientras en Educación Secundaria hay un orientador-a en cada instituto, en Infantil y Primaria solo lo vemos un día a la semana, si acaso. Cuando todos los diagnósticos de dificultades de aprendizaje o de alumnado acnee se detectan por primera vez en la escuela, son los institutos los que tienen el recurso permanente. Una justicia distributiva bastante injusta.

Podríamos hablar también de las AA.FF.CC. en horario de tarde (solo en Primaria, no en Secundaria), y que también hay que controlar, del mantenimiento de las instalaciones de los colegios, o de los conserjes (estas dos últimas cuestiones al albur del Ayuntamiento de turno, es decir, en función de la sensibilidad que tenga cada alcalde para con la escuela pública): todo un dechado también de equidad.

Las distintas administraciones educativas pueden seguir manteniendo estos graves distingos entre etapas educativas por tres principales motivos:

1.- La gestión administrativa no la realiza el grueso del magisterio, sino solo los equipos directivos, los cuales son minoría de cara a una hipotética reivindicación, la cual nunca va a ser apoyada por el resto de docentes, pues ni les va ni les viene.

2.- Nunca el magisterio fue un cuerpo ni cohesionado ni peleón: aquí cada cual hace la guerra por su cuenta y así nos va. Y, por supuesto, porque adolecemos de un estoicismo irritante: lo que nos echen. 

3.- Los sindicatos educativos tampoco hacen mucha pupa con el tema, bien porque ven que no tienen el apoyo docente suficiente, bien porque miran para otro lado ante la evidencia de que nada se puede cambiar y, por tanto, ni lo intentan.

Pero por mucho que no se nos quiera escuchar, ello no es óbice para seguir reivindicando que necesitamos leyes educativas que, además de modificar currículums, estructura de las enseñanzas, incentiven más o menos la enseñanza de idiomas y el uso de las nuevas tecnologías y un largo etcétera de cuestiones, se centren también en debatir qué modelo de escuelas queremos o necesitamos en el siglo XXI. Y si se llega al consenso de que lo que debe primar son colegios con buenos servicios complementarios para garantizar la conciliación familiar y laboral, dígase abiertamente, pero que su gestión no se lleve a cabo a costa de los maestros y maestras: habilítense los espacios y los recursos personales para ello, pero sin que todo caiga en las espaldas de los equipos directivos de turno. Si se llega a la conclusión de que la Educación Infantil y Primaria tiene lo que se merece y no se le piensa dar más, dígase también abiertamente, para que al menos tengamos conciencia del lugar que seguiremos ocupando en el sistema educativo y actuar conforme a ello. 

No obstante, para llegar a determinadas conclusiones se necesita un amplio debate, donde no se le puede hurtar la participación directa al profesorado, que es el que amasa a pie de obra y sabe bastante de la realidad diaria. Todo lo demás no serán más que leyes de sillón y despacho, ajenas al devenir diario, meros maquillajes con el sesgo ideológico del partido que  las dicte sin que cambie mucho el escenario: pretensiones del siglo XXI con mentalidad. estructuras organizativas y recursos personales del siglo XX.

3 comentarios:

  1. Esperemos que esta ley cale, que dure lo suficiente para que cale, nos deje huella y nos la creamos y no se quede solo en "pretensiones".
    Las leyes empoderan al docente porque la educación es el motor de cambio, sin duda!!!
    Comparto lo que escribes una vez más. Los principios de Igualdad, Equidad y sin barreras, si nos comparamos con la Educación Secundaria o la Universidad, para nosotros "los de la Educación Primaria", no existen.
    Confío en que tarde o temprano nos incluyan.
    Es cierto que lo urgente engulle a lo prioritario, se vive deprisa.
    Tal y como está el patio, yo creo que los docentes que sois equipos directivos tenéis que ser de altas capacidades por eso, de la concentración en la tarea y la persistencia en el trabajo a cambio de tan poco....
    Feliz semana, Manolo.
    Ánimo.

    ResponderEliminar
  2. Fabuloso tu artículo, Manolo. Muchos somos los que, a pesar de no ser miembros de equipos directivos, llevamos mucho tiempo clamando contra ese vergonzante agravio que las instituciones educativas se han empeñado en mantener, aunque no nos engañemos: no son pocos los que, sin pertenecer a esas instituciones educativas, ven con total naturalidad esa desigualdad, que alcanza niveles estratosférivos y no sólo en los aspectos que tú muy bien has reseñado, sino en muchos otros más: de carácter económico ( pago de tutoras y de complementos), horario (horario lectivo semanal, reducciones horarias por cargos, horas de permanencia)... Es tan sangrante que no hay un sólo maestro o maestra que no haya sentido la impotencia de sufrir tamaña desconsideración hacia su imprescindible rol en el sistema y hacia su trabajo e incluso su persona. Pero como muy bien dices también, no somos los maestros muy de unir nuestras fuerzas para luchar por esta causa común y, a fuerza de ejercer nuestro proverbial estoicismo, hemos dejado de ser objeto de deseo de las reivindicaciones sindicales, pues nos tienen por sumisos y se conforman con dedicarnos una ínfima parte de sus reivindicaciones. No les importamos y quien diga lo contrario, MIENTE. Hablo, como sabes, con total y absoluto conocimiento de causa. ¿ Y qué decir de nuestro padrastro, el Ministerio de Educación, y de nuestra madrastra, aquesta nuestra Consejería?
    En fin... Algunos, como tú o como yo, seguiremos siendo las voces que claman en el desierto.
    Felicidades por tu artículo, compañero.

    ResponderEliminar

La escuela: cronología de un engaño

A poco más de un año vista de la jubilación, hago memoria, analizo la evolución de la escuela a lo largo de los últimos treinta y cinco años...