martes, 28 de diciembre de 2021

Solidaridad bancaria

 

Me lo dijo mi madre el otro día: que los de los bancos no tienen vergüenza. Me lo dijo así, sin tapujos, y eso que mi madre no es muy malhablada. Me contaba que hace ya tiempo que no se podía ir a cualquier hora a sacar dinero, que a partir de las once de la mañana no te dan ni los buenos días. Y que por eso ha cogido la costumbre de ir a primeros de mes a sacar parte de la pensión en cuanto abren. Pero esto no le importa; ya está acostumbrada, aunque trastoca sus rutinas, pues antes iba cuando terminaba las tareas de la casa y ahora tiene que dejarlas a medias para ir al banco y luego volver a retomarlas. Lo que más le ha dolido de los nuevos usos y costumbres bancarios ha sido que, por primera vez en muchos años, no la han dejado ingresarle a sus nietas los cincuenta euros que cada Navidad les da como regalo. Le han dicho que tenía que hacerlo por el cajero de la entrada. Y ella, que no tiene ni tarjeta de crédito porque no se maneja con "esos aparatos del demonio", cómo narices va a saber hacer un ingreso a través del cajero. Vamos, que le han fastidiado las Navidades por no permitirle cumplir una de sus principales ilusiones. Y eso sí que no. Ha solicitado ver a la directora de la sucursal, la cual le ha confirmado la nueva política de la empresa: ingresos a terceros, a través del cajero. No obstante, le ha ofrecido la posibilidad de hacer una transferencia a cada una de sus nietas, eso sí, previo cobro de tres euros por transferencia, a lo que mi madre ha puesto el grito en el cielo y se ha ido del banco tan ofendida que me ha llamado inmediatamente para descargar su enfado contándomelo: "...Antes estaba el director de toda la vida que nos atendía a las mil maravillas. Ahora, cada dos por tres hay gente nueva que no son ni del pueblo, que ni conocemos ni nos conocen. Parece que lo hacen a propósito lo de poner gente de fuera que lo mismo les da ocho que ochenta, que con decirte "eso es lo que hay" tienen bastante..."

 

"La cosa tiene miga" - he pensado nada más terminar de hablar con mi madre. Tiene razón: no tienen vergüenza, son insolidarios y muy poco empáticos con la gente mayor. Si tuvieran un poco de lo que hay que tener, no tratarían a patadas a los ancianos que no les interesan, que son la mayoría.

 

Ahora bien, la culpa de que sigan tratándonos a patadas la tenenos nosotros, que seguimos manteniendo nuestros ahorros en el mismo banco que hace tiempo que perdió la empatía con sus clientes. No hay mejor respuesta a la insolidaridad que una retirada de fondos. A ellos les dará igual, pero igual cuando lo hagamos muchos ya no les dé tan igual.

 

En las escuelas, mucho fomento de la solidaridad, de la empatía con los demás y todas esas milongas. En la cruda realidad, los chicos y chicas que salen de las aulas tiran al río sus supuestas solidaridades y empatías -yo no me creo ni la mitad- al tiempo que cruzan el puente que los lleva a la vida adulta. Ideas y buenos propósitos que se quedan en agua de borrajas. Esos mismos chicos y chicas serán un día grandes ejecutivos de bancos y su solidaridad y su empatía las habrán dejado olvidadas en el vago rincón de la utopía.

 

No obstante, los mismos bancos que dirigirán, los que exigen al octogenario de turno hacer ingresos por el cajero a sabiendas de que no saben hacerlos, lanzarán hipócritas campañas de solidaridad para recaudar fondos para países donde han ocurrido catástrofes naturales, cuando todos sabemos que lo hacen para publicitarse bajo la bandera de la solidaridad con el objetivo de captar clientela amparándose en un infame buenismo. ¡Cómo van a ser solidarios con un lejano país de Oceanía si no son capaces de serlo con una señora de ochenta y cinco años que ha sido su clienta durante toda su vida! Su insolidaridad es palpable cuando cierran la única oficina que queda en un pueblo porque ya no les da negocio, cuando tienen en el cómputo general un montón de ganancias, ganancias obtenidas  en parte por la vergonzosa donación que el anterior gobierno les hizo para "rescatarlos", una donación que procedía también de los bolsillos de los que ahora desprecian.

 

Estoy convencido de que en el ideario de los bancos no se encuentra precisamente la solidaridad, aunque presuman de ella. Ellos pensarán que para fomentarla y llevarla a la práctica ya están los organismos públicos, como escuelas y hospitales, que se hacen cargo de esas zarandajas solidarias para con el prójimo. Los bancos también atienden a las personas, pero a un nivel mucho más elevado  y, si se quiere, mágico y, por supuesto, con una sofisticación sin par: se encargan de contar los dineros del prójimo y distraer una parte de los mismos sin que este se dé cuenta y, además, continúe satisfecho con los servicios prestados a pesar de la merma. ¿Para qué necesitan ser solidarios y empáticos con sus clientes si estos están encantados con sus servicios a pesar de los pesares?


Magia, y de  la negra, es lo que hacen, ¡qué leches de solidaridad y empatía!

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