"Las edades del hombre", pienso; ¿desde cuándo el hombre ha tenido otra edad que no haya sido la de su más tierna infancia? A pesar de los miles y miles de años que sabemos de su existencia, la evolución mental de la especie humana en general no ha pasado del pensamiento concreto, basado en el "mimeo" -mío, mío, mío-, el "yoyeo" -yo, yo, yo-, y el más recalcitrante de los egocentrismos narcisistas.
"No aprendemos nada", nos decimos cuando se repiten inexorablemente guerras, destrucción, hambrunas, corrupción, sufrimiento y demás actuaciones pueriles basadas en la concepción de estar en el mundo bajo un estatus de poder, riqueza y control de lo que es incontrolable. Imposible aprender cuando nuestro pensamiento sigue anclado en lo concreto, reacios a aceptar formas de pensamiento diferentes, incapaces de plantearnos hipótesis por nosotros mismos ni, por supuesto, llegar a conclusiones abstractas basadas en la lógica.
Nuestra incapacidad necesita de líderes que nos indiquen el camino, sin entender que la mayoría de las veces esos líderes son tan infantiles o más que nosotros, populistas, malvados, corruptos..., que nos llevarán irremediablemente a conflictos que solo existen en sus perversas mentes. Pero no sabemos predecirlo porque no tenemos la capacidad de formular hipótesis, ni siquiera a través de observar la Historia, e, irremediablemente, nos lanzamos en sus brazos huérfanos de un análisis más profundo. Por eso también abrazamos religiones que nos tranquilicen el alma, sin observar que sus doctrinas ideologizadas se esfuerzan más en inculcarnos determinados pensamientos políticos que en procurarnos el bienestar espiritual que nos prometen. Aplaudimos a reyes bribonzuelos, que perpetúan su oficio bajo el único criterio de la procreación, de vidas disipadas y moral laxa, pero que justificamos su existencia y continuidad porque alguna vez tuvieron algún que otro gran acierto, y eso nos basta para adorarles. Nos rendimos ante los ladronzuelos que nos gobiernan, porque en realidad nos gustaría ser como ellos, sin ética, sin límites, ovacionados en loor de multitud, perdonándoles sus múltiples desmanes. No importa, igual un día estamos en su lugar y podremos hacer lo mismo que ellos. Desvirtuamos la palabra libertad acomodándola a nuestros propósitos más rastreros y sonreímos ante la hombrada que nos supone tal esperpento; despreciamos la democracia acercándonos a pensamientos negacionistas, extremistas, nacionalistas, homófobos, excluyentes, peligrosamente no recomendables, porque es nuestra forma infantil de castigar lo que no nos gusta de los que con mayor o menor acierto nos gobiernan. Somos conscientes de la destrucción del planeta, pero continuamos con nuestro ostentoso sistema de vida contrario al mismo, crucificando a los que nos advierten de que así no podemos seguir y aplaudiendo a los que nos mienten afirmando que no pasa nada, sencillamente porque los últimos lo dicen más alto, gritando, con mayor violencia verbal que los que educada y científicamente nos advierten del desastre. Y esto nos gusta, nos pone, porque en realidad, también tenemos ese punto masoquista que transforma nuestro sufrimiento en placer.
Y cuando la guerra llama a nuestra puerta, nos vestimos de santurrones, lanzando eslóganes pacifistas sin ser tan siquiera conscientes de que la guerra la hemos ido provocando nosotros mismos día tras día, con nuestras simples y torpes decisiones, porque no supimos captar los mensajes que nos han ido lanzando gentes con mayor sabiduría que nosotros, gentes a las que aborrecemos porque en realidad son el espejo que nos devuelve la imagen de nuestra ignorancia. Y ahora queremos acoger a estos que huyen del horror de la guerra, porque su piel y su religión se parecen a las nuestras, pero ni siquiera nos lo planteamos con otros que escapaban de un horror parecido porque "no eran de los nuestros".
Y en lugar de lamernos las heridas y aceptar nuestra vulgaridad manifiesta, nuestra vanidad se impone, apartando a un lado a la humildad, que algo nos mejoraría como personas, y nos dedicamos a ese espectáculo barriobajero en el que se han convertido las redes sociales, donde nos erigimos expertos en todo -yo mismo lo estoy haciendo ahora-, acuchillando verbal y obscenamente a los demás por un puñado de likes, convertidos en supuestos "desfacedores" de entuertos bajo un mal entendido espíritu quijotesco. Y es que la cobardía suele ampararse en el anonimato y la frialdad que ofrecen las redes a un golpe de clic en nuestro móvil, ese invento diseñado para tenernos la mente anestesiada y la mirada baja, fija en los escasos centímetros cuadrados de una triste pantalla, que es la mejor forma de no explorar con amplitud de miras nuestro horizonte.
Ya sé que la misantropía no es la mejor de las opciones, pero a veces no hay otra salida que dejar de creer.
Y entonces me viene al recuerdo ese trozo de la canción, que no vale para solucionar nada, de cómo el maestro Drexler entiende la guerra que provoca el hombre, porque hipócritamente te ayuda a reconfortarte:
"Las edades del hombre" -vuelvo a mirar cómo ondea el pendón en la fachada del Ayuntamiento de Plasencia-. ¿Qué edades? Si solo tenemos una...
Magnífica exposición de lo que ocurre ante cualquier conflicto. Tomamos partido en función de quiénes nos gusten o quiénes nos gusten menos, según se parezcan más o menos a nuestra cultura, a nuestra forma de ver la vida o, lo que es infinitamente peor, según la manipulación mediática a la que se nos somete. Vamos de solidarios y generosos con los ucranianos refugiados que vengan a nuestro país, pero cuando fueron refugiados sirios, la inmensa mayoría de los solidarios de ahora, clamaba contra ellos. ¿ La diferencia? Piel clara versus piel morena; ojos azules vs ojos negros; cristianos vs mahometanos. Nuestra solidaridad y nuestra generosidad entienden de razas, culturas o religiones y cataloga a los seres humanos en "refugiados" o " inmigrantes", aunque la razón de sus respectivas hégiras sea exactamente la misma.
ResponderEliminarMe estomaga tanta hipocresía y tanta doble moral.
De dividir las partes del conflicto entre "los buenos" y "los malos", sin que la mayoría tenga ni puñetera idea de geopolítica, mejor ni hablamos. Ahora nos dicen que los rusos son los malos y los ucranianos los buenos y pocos se ponen a buscar en la Historia para al menos, contextualizar el conflicto. ¿ Para qué? El trabajo ya lo hacen ( a su modo) los medios de comunicación, que tienen como misión inconfesable la de manipular y desinformar. "La primera víctima de la guerra es la verdad", dijo el senador estadounidense Hiram Johnson en 1917. Y detrás de la verdad, los inocentes de ambos bandos ( población civil, soldados); nunca los señores de la guerra.
Mi apoyo a las víctimas ( no sólo a las ucranianas). Mi rechazo más absoluto a Putin, a Zelenski y a la OTAN.